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Robert Treviño: "Quiero situar a la Sinfónica de Euskadi en el mapa de las mejores orquestas europeas"

Coincidiendo con la clausura de su temporada 2018/2019, la segunda ya para él al frente de la Sinfónica de Euskadi, conversamos con el maestro Robert Treviño (Fort Worth-Texas, 1983), quien este año ha asumido también la titularidad de la Malmö Symphony Orchestra, en Suecia. Desde su llegada al podio de la Sinfónica de Euskadi parece cada vez más evidente que se ha operado un cambio sustancial en el rumbo de la formación vasca, que camina sin prisa pero sin pausa hacia situarse en el panorama de las principales formaciones sinfónicas europeas. Al menos, nos confiesa en esta charla, ese es el objetivo último con el que trabaja Treviño, renovado en el cargo al menos hasta 2022.

Creo que nació en Texas, en una familia con raíces mejicanas y con un apellido originario del norte de España. Una mezcla bien curiosa.

Así es. Siendo un niño tuve conocimiento de los orígenes de mi familia, procedentes de una pequeña localidad en el norte de España, llamada Treviño. Cuando vine por vez primera al País Vasco, hace tres años, en marzo de 2016, hice una escapada para conocer el lugar y debo decir que es una villa realmente hermosa.

Se cumplen ahora ya tres temporadas con usted al frente de la Sinfónica de Euskadi. ¿Qué se encontró en la orquesta cuando llegó y qué está intentando construir ahora desde su posición?

En realidad creo que lo más interesante es tener claro que esperaban de mí tanto la orquesta como el Gobierno Vasco. Esta región atraviesa un momento muy especial. Si consideramos su pasado reciente y otras variables importantes, como su población o su extensión territorial, ciertamente reducidas, comparando al menos con otras regiones de España y Europa, al menos para los estándares americanos. Desde un cierto punto de vista podría pensarse que es una región que ha intentado trazar su propio camino, y es cierto, pero son constantes y continuadas las relaciones y nexos que el País Vasco ha establecido con el exterior, a todos los niveles, especialmente en términos culturales y comerciales. Especialmente en toda esta región, entre Navarra, el sur de Francia y el País Vasco percibo una fluidez que habla de manera muy interesante de ese mirar adentro y afuera que ha marcado siempre la historia de este territorio. 

Digo esto porque cuando llegué al frente de la Sinfónica de Euskadi yo hice una declaración de intenciones que estaba muy en sintonía con esa historia. Mi proyecto no es otro que el de situar a la Sinfónica de Euskadi en el mapa de las mejores orquestas europeas. Pero no solo por una cuestión de competitividad o de reconocimiento. También por coherencia con esa historia y con ese bagaje cultural. La Sinfónica no puede ser únicamente una orquesta local, concebida para consumo interno. Entre sus misiones debe de estar la tarea de contar al exterior la cultura de esta región. Y eso es algo en lo que siempre hemos coincidido con Oriol Roch, el Director General de la orquesta y quien trabajó por mi llegada aquí. La Sinfónica de Euskadi debe ser un instrumento que abra puertas, en términos culturales. Se trata de compartir con el mundo una riqueza, una identidad, a través de la música.

¿Y cómo pretenden establecer y consolidar ese vínculo con el exterior? ¿Cómo afianzar esa proyección?

Por supuesto, esa tarea es imposible de llevar a cabo si no salimos al exterior con la orquesta. Por eso en estos últimos años hemos ido a Austria y a Alemania. Y por eso en la próxima temporada iremos a París y tenemos muchos otros más proyectos de envergadura en este sentido, para acrecentar el perfil internacional de la orquesta. Un año más, por ejemplo, hemos participado en los Premios a la Excelencia de la Fundación BBVA, con un concierto en Bilbao. Hemos colaborado con John Adams, que es un compositor de renombre internacional. También vamos a empezar con un proyecto de grabaciones, conmigo al frente. Y todo esto se enmarca en un proyecto amplio para elevar el nivel de la formación y su proyección exterior, de manera rápida y sostenida. 

La tarea que describe no es nada fácil. En realidad ninguna de las orquestas españolas, ni siquiera la Orquesta Nacional de España, tienen una proyección internacional equiparable a la que sí tienen en España las principales formaciones de Alemania, Austria, Rusia, Inglaterra o Francia.

Sí, somos conscientes de que se trata de un proyecto ambicioso. Pero estos dos últimos años hemos trabajado muy duro, de manera muy intensa, situando el listón muy alto. Yo estoy muy orgulloso del resultado que hemos conseguido en este tiempo. Lo comprobé cuando estuvimos de gira por Austria y Alemania, donde el nivel medio de las orquestas sinfónicas es altísimo. Interpretamos allí música de Mahler, un compositor muy bien conocido por el público local. La gente comentaba, sorprendida, que no sonábamos como una orquesta española. Eso pudimos leer esos días en la prensa local, donde se hacían eco de nuestros conciertos.

Estamos trabajando además con profesionales de perfil internacional, como el violinista Frank Peter Zimmerman, que colabora a menudo con las principales orquestas de medio mundo. Y directores como Juanjo Mena, que regresan no porque ésta sea una orquesta vasca sino porque ésta es una gran orquesta. Recientemente estuve de gira por Brasil y Colombia con la Orquesta Sinfónica de Amberes, y pude tratar con algunas personas de origen vasco que viven allí. Curiosamente, todos sabían del trabajo que estamos haciendo con la orquesta. Es decir, empieza a calar el esfuerzo, estamos llegando tanto al público local como al público exterior. De hecho, cada vez tenemos más invitaciones para tocar fuera. No es fácil, porque hay que encontrar la financiación y la agenda para llevarlo a cabo. Pero estamos trabajando duro para que sea posible, cada vez con mayor frecuencia. 

Tiempo y dinero, las dos variables que lo condicionan todo, también la música.

Sí, sobre todo el tiempo es importante. El dinero por descontado, no voy a descubrir lo obvio. Pero el tiempo es algo que valoramos poco. Estamos yendo muy rápido con la Sinfónica de Euskadi. Realmente el cambio ha sido muy importante en poco tiempo. Si echa un vistazo a la próxima temporada, la 2019/2020, se dará cuenta de que es una programación ambiciosa. Es una gran temporada, seguramente inviable sin ese crecimiento de los últimos dos años. Y no hablo solo de la programación de abono como tal; también hacemos óperas y tenemos un amplio programa educativo, algo en lo que estamos trabajando cada vez más por cierto. Quiero pasar cada vez más tiempo con la orquesta. No es fácil, porque tengo una agenda importante como director invitado. Pero tenemos que crecer juntos, manos a mano. También intento hablar con el Gobierno Vasco con frecuencia, es importante que sepan lo que hacemos y lo que queremos hacer, para contar con su apoyo y su respaldo. Creo que, en general, hay un gran entusiasmo ahora mismo con la proyección más inmediata de la Sinfónica de Euskadi. Yo no soy un músico fácil, especialmente como maestro titular, porque soy muy exigente, pero creo que estamos en el buen camino.

Me interesa eso de que no es un músico fácil. ¿A qué se refiere exactamente?

Estoy acostumbrado a trabajar a un nivel alto de exigencia, con grandes orquestas internacionales. Y si vine a la Sinfónica de Euskadi no era para bajar de ese nivel sino para llevar a la orquesta conmigo a ese estándar. Y ese camino por recorrer no siempre es fácil. Trabajar duro supone mucha intensidad y eso puede generar fricciones. Ahora mismo estamos afrontando el gran repertorio de una manera más o menos sistemática; al fin y al cabo es ahí donde toda gran orquesta se mide antes o después. La Sinfónica de Euskadi es una formación relativamente joven, comparada con otras orquestas españolas y europeas, desde luego que lo es. Construir una orquesta con una tradición y una identidad propias lleva tiempo, es como levantar una catedral, no se hace de la noche a la mañana, tampoco en el plazo de unas pocas décadas. Pero creo que el impulso de estos últimos años está empezando a dar sus frutos de manera evidente.

Cuando decía que no soy un músico fácil, me refería pues a que he venido aquí para trabajar duro y muy en serio. Identifico rápidamente lo que no funciona y tengo claro enseguida cómo resolverlo. Pero esa determinación requiere una respuesta por parte de la orquesta, tanto por parte de su staff como por parte de los músicos. Desde que llegue aquí he tenido la impresión de que todos querían mejorar; nada más llegar tuve la sensación de que me habían llamado para acompañarles en un viaje en el que creían. Yo había llegado para empujarles y tirar de ellos, pero el convencimiento era previo. Y eso fue fundamental. No soy un genio, no soy el músico más talentoso del mundo, pero soy un profesional preciso y exigente. Trabajo con entusiasmo y con intensidad; eso es lo que entrego y eso es lo que exijo de quienes trabajan conmigo. Y eso en ocasiones puede resultar incómodo; lo fácil es ser flexible, relajar las exigencias y acabar haciendo las cosas sin compromiso. Si acepté venir al frente de la Sinfónica de Euskadi es porque en mi primera experiencia con los músicos me encontré a un grupo entusiasta de profesionales que querían hacer música a un gran nivel, superarse, ir más allá de donde estaban.

Estamos trabajando a un ritmo agotador, pero satisfactorio. Y sabe, está sucediendo algo extraordinario, que es el mejor síntoma de que estamos en el buen camino. Cuando los músicos reciben a directores invitados, en el transcurso de la temporada, esperan de ellos ese mismo nivel de exigencia que yo he puesto sobre la mesa desde que llegué. Cada maestro es diferente, por supuesto, y eso es lo que da sentido a las invitaciones, pero es magnífico que los músicos exijan ya de antemano esa intensidad como algo natural en su forma de hacer música. La próxima temporada tendremos a Eda de Waart, Juanjo Mena, Pinchas Steinberg… Son gente que no está en el podio para divertirse y pasar un buen rato. Son directores serios, exigentes, que esperan de nuestra orquesta la misma intensidad y compromiso que ahora nuestros músicos esperan de una batuta. Estoy orgulloso de nuestros músicos, lo puedo decir abiertamente.

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Desde la próxima temporada incorpora a su agenda una segunda orquesta como maestro titular, en la localidad sueca de Mälmo. Imagino que son dos proyectos muy distintos, con objetivos diferenciados. ¿Cómo va a compaginarlos?

En términos objetivos, el punto de partida es el mismo, en términos de compromiso y desarrollo con la música, con la partitura y con su compositor. Pero la clave que hace diferente cada proyecto son las personas y la tradición que traen consigo. Por eso hacemos volver a interpretar una y otra vez las mismas obras tiene sentido, porque no suenan igual en función de qué músicos las interpretan. Diferentes sensibilidades, diferentes capacidades técnicas… Pero en el caso de las sinfónicas de Mälmo y Euskadi, dentro de sus diversas circunstancias sociales y económicas, se trata de dos proyectos que aspiran a tener más relevancia y proyección, como le he venido comentando. Cada orquesta tiene sus retos particulares y los programas en los que hemos trabajado son ciertamente distintos.

¿Empieza a percibir el impacto de lo que están haciendo con la Sinfónica de Euskadi?

La Sinfónica de Euskadi tiene más de 7.000 abonados, una cifra increíble para la población del País Vasco. Incluso hay una lista de espera y esto habla de que algo diferente está sucediendo con la orquesta. Esto es algo que he percibido también cuando he podido trabajar en España con otras orquestas, como en Barcelona con la OBC. La gente allí me conocía ya por mi posición al frente de la Sinfónica de Euskadi. Estamos dando que hablar. 

Desde su llegada, ¿ha cambiado sustancialmente la plantilla de la orquesta?

No he despedido a nadie. Algunas personas han dejado la formación, pero ha sido de manera muy natural, en una transición lógica y fruto del compromiso de todos. Por ejemplo, algunos músicos se iban a retirar y han adelantado un año su jubilación. Pero no, yo no entré aquí para cambiar la orquesta a base de cambiar sus músicos. Obviamente, hay algunas plazas que hemos abierto a audiciones y durante estos años podríamos decir que entre el 30 y 35 por ciento de la plantilla ha cambiado, respecto a los músicos que había cuando empecé. Es un cambio importante. Yo he estado presente en cada ronda de cada audición y he sido muy estricto con el procedimiento. Todas nuestras audiciones son ciegas y no permito el más mínimo contacto entre los candidatos y quienes deciden al respecto. No nos importan la edad, el género, la nacionalidad… tan solo buscamos a los mejores músicos entre los que se presentan. Cada una de las incorporaciones desde que estoy aquí ha sido decidida por unanimidad. Por tanto, hablamos de un sistema muy estricto y soy consciente de que quizá no demasiado habitual. A menudo pesan más factores externos pero yo solo quiero trabajar con músicos que tengan claro que están aquí por su excelencia profesional, no por recomendaciones o influencias de terceros. Creo que este es además el sistema más justo para todos. Por supuesto, eso no quita para que tengamos en cuenta factores como el género, una variable cada vez más presente por fortuna en el mundo de la clásica. Tendremos cada vez más mujeres directoras invitadas en nuestra programación, como Mei-Ann Chen el año próximo. Y también estamos en contacto con compositoras para algunos encargos, además de las solistas con las que colaboramos regularmente en nuestros conciertos. Pero insisto: forman parte de nuestro proyecto porque son grandes profesionales, no por el mero hecho de ser mujeres. Sabe, soy perfectamente consciente de mi condición masculina como director, en un mundo mayoritariamente manejado por hombres. Pero procedo de una familia humilde y he tenido siempre presente el enorme esfuerzo que hizo mi entorno para que yo pudiera formarme como músico. Por tanto, no tenga la menor duda de que voy a trabajar para reducir cualquier desigualdad que vea en mi entorno, desde la Sinfónica de Euskadi. 

Tienen supongo importantes proyectos sociales, en este sentido.

Desde un punto de vista social, estamos ampliando nuestra acción, colaborando con el Musikene por un lado y también con una academia propia para instrumentistas. La idea es clara: abrir las puertas de la Sinfónica de Euskadi tanto como sea posible, pero siempre con la calidad como criterio básico y principal. En Londres, donde imparto clases, he tenido siempre muy clara una idea: si hay algo que no funciona, si hay algo que funciona de manera injusta, no se trata de cambiar el resultado final sino el origen, la causa que da lugar a eso que no nos gusta. Por eso tenemos que trabajar con la confianza de que los resultados llegarán, aunque aun no los veamos. Y como institución, como Sinfónica de Euskadi y como Gobierno Vasco, tenemos esa responsabilidad de invertir en el futuro, aunque no se vean los resultados hasta dentro de veinte o treinta años.

En términos de repertorio, es evidente su apuesta por el gran repertorio alemán (Mahler, Bruckner), también la música del siglo XX y de manera muy especial la nueva composición. En este sentido es buen ejemplo su proyecto Elkano.

Sí, cada orquesta y cada público determina unas elecciones particulares en materia de repertorio. Quizá me equivoque, pero en España hay bastante conservadurismo con el repertorio. Y no lo digo como una crítica sino como un hecho más o menos objetivo. Mi intención es cambiar algo este panorama, por ejemplo con experiencias como la del concierto inaugural de la temporada 18/19, con Passacaglia de Webern, Hilarriak de Lazkano y la Sinfonía no. 2 de Sibelius. La pieza de Lazkano, de veinte minutos de duración, no era fácil para el oyente. Digamos que no es el tipo de música que escucharías mientras cocinas un plato de pasta (risas). Pero tampoco la Novena de Mahler es la música que escucharías mientras tomas un vino con tu familia… supongo (risas). Quiero decir con esto que busco el balance entre composiciones que supongan una experiencia más radical para el oyente y otras que más convencionales, donde pueda reconocerse más fácilmente. Tampoco el Passacaglia de Webern es una pieza habitual par abrir una temporada, pero con esas dos obras al final al público local encontrarse con Sibelius le pareció algo casi familiar, algo impensable seguramente unos años atrás.

Creo que la propuesta es aun más radical para la próxima temporada, precisamente con el concierto inaugural.

Sí, así es. Sabe, de alguna manera he querido convertir el concierto inaugural en una encerrona (risas). Sabemos que el público vendrá, porque es el primer concierto de la temporada, con su director titular, etc. Digamos que es un evento atractivo en sí mismo. De modo que, ¿por qué no aprovechar la ocasión para plantear algo distinto? Se que estoy jugando con la confianza de nuestro público, pero se trata de eso precisamente, de lograr que se dejen arrastrar allá donde quizá no hubieran ido por sus propios medios. Sabe, el público de la Sinfónica de Euskadi lleva ya tiempo viéndome en los comercios locales, en los restaurantes y bares, etc. La gente me reconoce cada vez más a menudo por la calle. Empiezo a formar parte de su mundo, percibo su confianza. Mi trabajo es muy parecido al de un cocinero de vanguardia (risas). En serio, para poder experimentar primero hay que demostrar que se manejan bien los platos clásicos, la tradición. Una vez que el público confía, es posible arriesgarse juntos a ir más allá. Y cuidado, algo muy importante: no pretendo que a todo el mundo le guste cada pieza que interpretemos. No se trata de eso; se trata de conocer y respetar incluso aquello que no forma parte de nuestros gustos particulares. La música tiene también ese cometido. 

Un concierto a ciegas, digamos, sin programa anunciado de antemano.

Sí, eso es. Es algo así como la prueba definitiva de confianza entre el público y la orquesta. Haremos un concierto del que no se conocerán los detalles hasta llegar a la sala de conciertos. Esto ha despertado ya una gran curiosidad y entusiasmo. Sabe, tengo mi agenda cerrada casi al milímetro para los próximos tres años. Esta profesión es, cada vez más, un entorno tremendamente calculado, en el que todo se anticipa al extremo. Y eso depara cosas magníficas, pero nos está robando también cierta excitación, cierta capacidad de reacción y sorpresa. Quiero recuperar esa idea, hoy olvidada, de que la música es un especie de rebelión contra el silencio. Y para eso hay que plantearse instantes en los que las reglas salten por los aires. La creación como tal es algo que hemos olvidado, convirtiendo los conciertos en una suerte de repetición previsible y rígida, algo que de vez en cuando conviene sacudir un poco.

 

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¿Están trabajando para recuperar música vasca del pasado?

Sí, hemos hecho algunas experiencias, pero debo admitir que por lo general mi foco de atención está más en el futuro que en el pasado. Por descontado, respeto y valoro la historia, su herencia. Mi trabajo es inconcebible sin ese bagaje. Pero nuestra orquesta está ahora en un momento de proyección y eso prioriza proyectos como Elkano, que no dejan de ser otra cosa que una invitación a contar desde la música qué es hoy el País Vasco, como sociedad, como cultura, etc. He pasado mucho tiempo en los archivos conociendo la música vasca de tiempo atrás y tengo la impresión, bastante cierta, de que lo que pasaba en el mundo llegaba siempre aquí con cierto retraso, en términos musicales. Por eso ahora tenemos que tomar la iniciativa e ir un paso por delante, desde la creación. Y eso no significa en modo alguno negar el pasado o dejar de mirarlo. En absoluto, todo lo contrario; se trata de incorporarlo a un relato contemporáneo y ese es quizá el mejor reto que podemos intentar abordar desde la música.

Por eso, con el proyecto Elkano, dije lo mismo a todos los compositores invitados: por favor, no escribáis la música que se espera de vosotros, no seáis previsibles; no quiero que respondáis a ninguna expectativa, sentiros libres para hacer algo nuevo y genuino. Y sin limitaciones de ningún tipo: con la duración que deseen para sus piezas y con la plantilla orquestal que estimen oportuna, dentro de un margen muy amplio. Incluso la inspiración misma, el viaje de Elkano como tal, puede ser una inspiración pero no tiene porque estar reflejado de manera directa en sus composiciones. Quiero que la Sinfónica de Euskadi sea, en este sentido, como el Guggenheim, poniendo nuestras paredes al servicio de la creación, sin consignas ni restricciones. 

En línea con esto creo que no existe a día de hoy algo parecido a una escuela vasca de composición. Y tampoco pretendo que el proyecto Elkano sea algo así como una foto fija de ello. Quiero que seamos capaces de ofrecer al mundo un conjunto de músicas que les apelen, que les interesen, de modo que el País Vasco sea reconocido como un foco de creación, pero no necesariamente como una escuela con rasgos previsibles. Eso no le interesa a nadie. El objetivo último es que haya gente en el mundo que desee venir al País Vasco a formarse, después de escuchar lo que estamos creando aquí.

¿Qué destacará de los conciertos que integran la próxima temporada de la Sinfónica de Euskadi?

El primero es el más excitante y difícil de todos, como le acabo de contar (risas). Bromas apartes la idea general que anima la programación son los viajes, de muchos tipos. Desde el viaje concreto de Elcano, como inspiración histórica, hasta el viaje que todos hacemos, hacia la muerte. Y por supuesto nuestro propio viaje como orquesta, durante estos años. En este sentido hay una obra emblemática, que quizá lo resume todo de manera ideal: Das Lied von der Erde de Gustav Mahler, una obra, en realidad una más de sus sinfonías, que trata sobre el futuro, la muerte, la incertidumbre, el amor, la alegría… Con esta obra precisamente viajaremos a París en enero de 2020, al Teatro Champs-Elysées, donde llevaremos también música de Ravel, un compositor francés con raíces vascas. Será el debut de la orquesta en París, en ocasión de un acontecimiento muy especial.

Durante toda esta charla viene marcando su discurso una fuerte conciencia de la singularidad cultural del País Vasco, pero a nadie se le oculta que el pasado más reciente de este territorio ha estado marcado por enormes discrepancias políticas, incluso por la violencia. ¿Cómo se maneja esto desde su posición en la Sinfónica de Euskadi?

Los “ismos”, en general, son complicados de manejar. No pretendo evitarlos, están ahí. Pero creo que desde la música tenemos siempre un cometido muy universal. La Sinfónica de Euskadi es una orquesta nacional, podríamos decir, de eso no hay duda. Es una orquesta vasca, orgullosa de ser vasca, con el cometido de llevar el nombre de el País Vasco por el mundo. Pero no verá nunca ni un gramo de política como tal en mi trabajo o en mi discurso. Creo que mi labor es precisamente la de elaborar una propuesta de futuro, que abra perspectivas.

Sabe, la música lo es todo y nada al mismo tiempo. A menudo las personas  buscamos respuestas absolutas, definitivas. Pero si la música nos ha enseñado algo es que ese tipo de respuestas ciertamente no existen. La música de hecho no da respuestas. Simplemente te devuelve transformado lo que le entregas. Y depende por tanto de nosotros decidir lo que queremos ser a través de la música. La música da mucho oxígeno, abre la mente y las perspectivas. Fue increíble hace unos meses vernos en Alemania, haciendo música de un compositor austríaco, con una orquesta vasca, integrada por músicos de todo el mundo y dirigida por un maestro norteamericano, de raíces mexicanas y con un nombre de origen vasco. Esa diversidad es la mayor riqueza que tenemos. La música nos ayuda pues a vernos tan parecidos precisamente porque somos tan distintos.

 

 

 

 

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