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Adriana González: "Los cantantes debemos tener siempre la mente abierta"

Si las huelgas lo permiten, la soprano guatemalteca debutará en pocos días el emblemático rol mozartiano de la Condesa de Almaviva, en Las bodas de Figaro. Será en la Opéra National de Lorraine, tras haberse alzado con el primer premio en el prestigioso Concurso Operalia y tras pasar por los Ópera Estudio de París y Zürich. Su voz ya se ha escuchado en el Teatro Real de Madrid (Elisir d'amore) y en breve participará en el Liceu (La bohème y Les contes d'Hoffmann), esperando que pueda cerrarse pronto su aparición en el Teatro de la Zarzuela. En abril se embarcará en una gira nipona con Il trittico de Puccini y antes, en marzo, publicará un nuevo álbum, dedicado a la música de Dussaut. De todo ello, de sus comienzos y sus planes de futuro, hablamos con ella.

Cuénteme, por favor, cómo fueron sus comienzos. ¿Cómo llegó la música a su vida?

Mi primera interacción con la música fue gracias a mi madre, porque a ella le encantaba escuchar ópera en casa. Aunque ahora ya no, antes en Guatemala ponían ópera en televisión y según ella, ¡esas eran las únicas horas en las que yo me estaba absolutamente quieta! (Risas). Me encantaban. Al mismo tiempo, mi tía tenía un piano en casa y empezaron a darme algunas clases, porque me gustaba sentarme a tocarlo. Fue después, en el colegio, donde pasaba todo el tiempo en la clase de música, cuando mi madre me preguntó qué iba a estudiar en la universidad. Ella tiene una maestría en Finanzas y mi padre trabajaba en la industria… así que con todo el miedo de mi corazón dije con una vocecita: música… (risas).

¿Cómo se lo tomaron?

La respuesta de mi madre, palabra a palabra, fue: “Ok, excelente, entonces tendrás que aprender a leer a primera vista y tenemos que buscarte una maestra de canto para que dejes de gritar” (más risas).

¿Cómo fueron sus estudios allí? ¿Entiendo que en Guatemala capital?

Sí, sí, yo nací y me crie en la ciudad de Guatemala, donde hay un conservatorio, de hecho. Se enseña música vocal, pero la verdad es que no quise ir ahí porque sabía que no había muy buenos maestros de canto. Fue la directora del departamento de música de mi universidad quien me recomendó a una mujer para que me diera clases particulares: Barbara Bickford, quien murió a principios de 2019. Con su fallecimiento ya no quedan profesores de canto lírico en mi país.

¿Cómo se vive la ópera en su país?

En Guatemala hay un Teatro Nacional, que tendrá unas 3.000 localidades, creo, donde se hace mucha música sinfónica y conciertos de música popular, pero una casa de ópera como tal, no tenemos. Hay una compañía de ópera que ahora mismo está tratando de hacer una ópera al año. No hay comparación con cómo hacen óperas en España. En Guatemala, si quieres vivir de la ópera es muy duro… un imposible. Para Latinoamérica, la ópera no forma parte de nuestras raíces, no nació aquí y por eso la gente no siente que forme parte de ella. Hay otros tipos de música que gustan más a la gente de aquí, por lo general: la cumbia, la salsa, el jazz incluso… ¡desgraciadamente el reggaeton! (risas).

Históricamente, además, tuvimos un accidente muy trágico. Hace tiempo, hasta 1920, había bastante música clásica y bastantes cantantes líricos, pero tuvo lugar un accidente de avión, en el que viajaba la mitad de nuestra orquesta sinfónica y la mitad del coro, además de varios solistas vocales, camino de una gira por México. Fallecieron todos y se produjo un gran hueco generacional en Guatemala del que no nos recuperamos. Ahora la realidad está cambiando. Hay muchos jóvenes interesados en cantar ópera.

¿Cómo fue el salto a Europa?

Yo lo veo como una cosa del destino. Un día, en Guatemala, un amigo me dijo que había un coro mundial de jóvenes y me animé a participar en él. Allí conocí a Iñaki Encina, un director de orquesta y pianista vasco que actualmente vive en París y quien me audicionó para hacer los solos del coro. Un año más tarde me llamó para participar en una ópera allí mismo, en París; consiguiéndome además una audición para el Ópera Estudio de la Opéra de Paris. Me cogieron y me quedé allí desde 2014 a 2017.

¿Fue allí donde realizó sus primeros debuts?

Sí, hice Zerlina, Despina, participeé en Les Fêtes d’Hébé, de Rameau y otros papeles secundarios, tanto en Bastille como Garnier.

¿Tenía algún referente por aquel entonces?

¡Claro! Primero de todo Montserrat Caballé, que para mí siempre fue la diosa de los pianissimi y me encanta todo lo que hizo con su voz… ¡porque lo cantó y lo pudo todo! Renata Tebaldi también es un referente y actualmente, Anna Netrebko también puede serlo en ciertas cosas. Además, cuando yo estaba empezando a estudiar en Guatemala, me llegaban los discos de Angela Gheorghiu. Me encantaban sus puccinis.

Aquí en España la hemos conocido un poco más a raíz del Concurso Operalia. ¿Era el primero al que se presentaba?

El primer concurso que yo hice fue en Irlanda, donde gané el tercer premio. La verdad es que yo pensaba que, viniendo de Guatemala, no tenía ni idea de ópera y, en realidad, no sabía ni cuales eran mis capacidades reales. Así que decidí presentarme a un concurso, a este, ya en mi segundo año del Ópera Estudio de París, para ponerme a prueba. La gente se mostraba muy entusiasmada con mi voz y de hecho me ofrecieron un puesto en el Ópera Estudio de Zürich, donde fui tras París, de 2017 a 2018.

 

 

¿Fue después de Zürich cuando comenzó como solista?

Sí, estuve un año sólo porque también quería tomarme mi tiempo, pues soy joven aún y quería probar un poco lo que es el sistema “suizo-alemán” de un teatro, antes de lanzarme a una carrera por libre. Antes, me presenté a otro concurso, el Otto Edelmann, que afortunadamente gané y donde aprendí mucho. También hice el Viñas, el mismo año que Xabier Anduaga, donde quedé segunda y él, quinto. Y ahora el Operalia, que también gané.

En realidad no es el hecho de ganar el concurso, sino toda la experiencia y preparación del mismo lo que más me ha aportado. Una quiere prepararse tan bien, que evalúas todo y sí, los cantantes a veces somos perezosos (risas), pero al mismo tiempo somos personas minuciosas y perfeccionistas. Los concursos te obligan a quitarte la pereza y a perfilar el perfeccionismo.

Da la sensación de que los concursos son obligados hoy en día si uno se quiere dar a conocer.

Bueno, en cierto punto sí, es un estrés. Depende de cómo lo veas. Si lo enfocas como un: “me quiero vender, me quiero vender”… puede que te estés equivocando, aunque tampoco vamos a negar que, en cierto modo, los concursos de canto son como un mercado. Desde el punto de vista de un cantante joven, uno va ha hacer una audición, la cual tienes que pagar, también el viaje y el hotel… para llegar a cantar cinco minutos sin saber nada durante meses, hasta que te dicen que no, que han cogido a otro. Hacer eso veinte veces en dos meses, no puede ser rentable para nadie. En las audiciones uno se siente escrutado. No es que yo haya tenido malas experiencias, al contrario, la gente siempre ha sido muy amable, pero en los concursos la sensación de garantía es mayor. Tienes un jurado especializado, formado por varias personas pertenecientes a varias casas de ópera. En lugar de recorrer esas óperas, vas a un concurso, donde te escuchan todos a la vez. Un concurso es una buena plataforma para audicionar, en realidad.

Hablaba usted de los Ópera Estudio y de Montserrat Caballé quien, antes de despegar y si no me equivoco, estuvo en las compañías de las óperas de Basilea y Bremen. En cierto modo, ¿Han sustituido los Ópera Estudio a las compañías de ópera en algunos teatros?

Lo que puedo decirle es que, definitivamente, los Ópera Estudio me ayudaron mucho, en el sentido de que estuve rodeada de buenos coaches y maestros que me sabían guiar. Por ejemplo: Mimì de La Bohème. Es un rol que adoro y que al mismo tiempo tengo muchísimo respeto. Yo he querido cantarla desde siempre y mis maestros me decían: “Sí, pero todavía no”. Ahora la cantaré la temporada que viene en el Liceu de Barcelona. Con la edad, hay muchas cosas que se entienden mejor. Con el desarrollo técnico y el desarrollo físico, mejoras el desarrollo psicológico del personaje. Los Ópera Estudio siempre me cuidaron y me enseñaron. Desde los roles secundarios puedes observar de cerca los roles primarios, aprendiendo mucho, mientras tienes tiempo para analizar qué quieres y qué no quieres. Fue una etapa donde pude procesar muy bien cuáles eran mis objetivos artísticos y vocales.

Siento su voz muy lírica, ¿Cómo la siente usted?

Yo creo que sí, que soy una soprano lírica joven, que esta debutando en los roles de Mimì, Micaela, Liù, Contessa… y que son roles que me van a acompañar durante los próximos cinco años, asumiendo las responsabilidades que conllevan. Creo ser una cantante muy consciente del cuidado y la responsabilidad que ha de llevar un artista vocal, personal y artísticamente para con los demás también. Ya no es por lo que debo cuidarme, sino por lo que quiero entregar, tanto al público como a mis colegas sobre el escenario.

Ahora mismo, cuando sale al escenario pues, ¿Qué es eso que quiere entregar?

Pues… por los roles que hago, lo que yo quiero es que la gente sienta. Que el público sea empático a mi personaje. Ahora mismo, preparando Contessa en Las bodas de Figaro, estoy siendo muy consciente de cómo ella es muy capaz de hacer a alguien sentir, tanto con el Dove sono, como con el Porgi amor, que es aún más triste, en una plegaria abierta. No es que ella sea triste todo el tiempo, es una mujer joven, fuerte, que decide luchar por el amor. A lo largo de la ópera se aprecia todo ese desarrollo y al final de la obra perdona al Conte. Es una mujer decidida. Si el público puede sentir y escuchar eso… entonces trabajo bien hecho, ¡creo yo!

Usted ya ha trabajado con directores escénicos como Hermann, Tcherniakov, Warlikowski, Michieletto, además de Sagi, Pelly… ¿Cómo ve la escena?

Mi experiencia personal es que cuando cualquiera de ellos te ayuda a hacer tu trabajo mejor, entonces es cuando puedes disfrutarlo mejor. Con Emilio Sagi tuve mi mejor experiencia de “cómo no ser yo”. Él quería una Corinna muy diferente a como yo la había pensado inicialmente. Fue un trabajo extraordinario y muy dinámico de cómo abrirme yo misma a otra concepción. Lo pase muy, muy bien. Cuando un director escénico tiene ese amor con la partitura, tiene un compromiso con la música, el gusto es total. Es facilísimo trabajar con ellos. Lo importante es que los cantantes debemos tener siempre la mente abierta a ver las otras caras de la música. A adaptarnos, a saber escuchar qué han visto ellos que quizá nosotros aún no habíamos visto. En este trabajo he venido a aprender, siempre. Si estuviera todo el rato enfadándome, mejor no trabajaría de cantante.

Hablaba usted antes de metas y objetivos. ¿Podría decirme una meta para mañana, una para dentro de un año y otra para dentro de diez?

La meta para mañana es seguir descubriendo Contessa, porque es un rol que voy a hacer mucho en los siguientes años, en varios teatros diferentes. Quiero seguir buscando sus recovecos, analizando su personalidad, la partitura… descubriendo cómo puedo darle vida con mi voz. A medio plazo, un objetivo sería el nuevo disco que vamos a sacar con Iñaki, de música francesa. Saldrá a la venta en marzo y a principios de este 2020 lo cantaremos mucho, dando a conocer las obras preciosas de Dussaut que recoge el disco. Al mismo tiempo, cuidar los roles que vienen, que son Contessa en Frankfurt, además de la Mimì que le comentaba y Giulietta en Les contes d’Hofmann. ¡Estas dos últimas en el Liceu!

¿Y a diez años? Quizá sea un imposible pensarlo…

No, qué va, es algo muy fácil: ¡seguir cantando! (risas)

Foto: Marine Cessat-Bégle.

 

 

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