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Las vivencias del pianista James Rhodes

Ha habido un apreciable ruido mediático con la publicación del libro autobiográfico que con el título de Instrumental firma el pianista británico James Rhodes, traducción del original publicado hace tres años en Inglaterra. Una polémica que viene, sobre todo, por la crudeza con la que Rhodes pone ante los ojos del lector una vida, la suya, tremendamente impactante. Rhodes sufrió de muy niño, y de manera reiterada en el tiempo, abusos sexuales por parte de su profesor de gimnasia. Esto le llevó, además de a unos problemas físicos muy duros, a un desequilibrio psicológico que le ha tenido siempre al borde del suicidio y la autodestrucción. Valientemente, creo yo, y como una especie de terapia, Rhodes desgrana todas las fases por las que ha pasado su vida hasta los 38 años, edad con la que escribe el libro. Pero entre tanto dolor que emana de esta historia personal hay una realidad que hace que todo sea más llevadero, la tabla de salvación a la que se agarra Rhodes en ese mundo en el que todo se hunde: la música.
 
El libro está estructurado en capítulos y todos comienzan con una breve introducción sobre una pieza musical que es importante para el artista, indicando la versión que más le emociona. Comienza con el aria de las Variaciones Goldberg de Mozart y también el último capítulo, como un círculo, se cierra con esta música. Son comentarios que tienen interés en cuanto a vivencia personal del artista pero que aportan poco al aficionado sobre la pieza o la obra comentada. Y de hecho en el capítulo 3, donde cuenta su particular descubrimiento de Bach, se explaya más sobre la biografía del maestro alemán apareciendo lugares comunes que los actuales estudios sobre el compositor han descartado. No importa mucho. Es tremendamente emocionante para el lector, si él también tuvo una “epifanía musical”, oír, leer, lo que sintió un joven destrozado emocional y físicamente al escuchar la chacona para violín solista BWV 1004 en el arreglo para piano de Ferruccio Busoni. Allí es donde decide ser pianista, poner todo su empeño en conseguirlo: “Y sé lo estereotipada que resulta esta afirmación, pero esa pieza se convirtió en mi refugio. Siempre que estaba angustiado (siempre que estaba despierto) se me repetía en la cabeza (...) Yo me sumergía en su interior como si fuera una especie de laberinto musical y deambulaba por él, perdido y feliz. La pieza determinó mi vida; sin ella hubiera muerto hace años, estoy convencido”.
 
Ésta es la esencia, la idea que marca el libro: la música como lugar de refugio y felicidad. Resulta increíble cómo una persona con una vida tan difícil haya sido capaz de crear una carrera pianística de nivel. Ese es otro de los ejes libro, su relación con el piano, con el estudio, con los conciertos. Su visión del mundo musical, de los críticos, de la industria, no es nada halagüeña y les hace responsable de la crisis de público. Él aboga por una relación más directa, más interactiva con las asistentes a un concierto, con programaciones más asequibles o debidamente explicadas para que todos puedan comprender, además de sentir, lo que oyen. Todo esta “popularización” es bastante discutible pero está claro que hay una tendencia en el mundo actual en muchos campos (él mismo nombra a Jamie Oliver como su ejemplo en el mundo culinario) que va por ese camino.
 
Un libro valiente, intenso, crudo a veces, siempre interesante. Una lectura que no te deja indiferente y que te hace creer, aún más, en el poder sanador de la música.
 
* Instrumental. James Rhodes. Ed. Blackie Books. 2015
 

 

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