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Rhodes Peralada

¿Rhodes, el pianista?

Peralada. 11/8/17. Festival Castell de Peralada. Bach: Partita núm. 1 en si bemol mayor. Chopin: Balada núm. 4, op. 52. Bach-Busoni: Chacona en re menor. James Rhodes, piano.

Aunque no es fácil predecir por cuanto tiempo, James Rhodes es ya un nombre muy conocido cuya fama no ha dejado de crecer desde la publicación de sus descarnadas memorias que le ha llevado por salas de todo el mundo y le ha conducido a publicar un peculiar manual para piano. Muy poca gente debe haber ya que no la conozca: su historia perfectamente tejida y potencial objeto de espectáculo trabaja con material sensible y es de gran interés mediático porque en ella la música lo salva de la destrucción personal, de tal modo que a partir de entonces se propone hacerla accesible a todos. Cuando se dice “a todos”, se está utilizando un eufemismo que hace referencia a todos los que no pisan una sala de concierto ni saben nada de lo que ha ocurrido en la música durante siglos.    

Antes de decir algo de su faceta como pianista, a uno le basta pocos minutos para darse cuenta de que Rhodes es un ser inteligente y de extrema sensibilidad. Esto se pone de manifiesto en sus intervenciones entre obras regadas de bromas desenfadadas y en su propia manera de desenvolverse en el escenario, de manera cuidadosamente espontánea y sólidamente insegura. En ese ámbito su trabajo constituye una alegre reivindicación de la dimensión cultural de Bach, Chopin, de la larga tradición musical y pianística de occidente a la que una mayoría de occidentales le da la espalda. Más discutible es cuando se sienta al piano. 

Fuera de programa, el recital comenzó con la transcripción de Sgambati de la muerte de Orfeo en el Orfeo ed Euridice de Gluck. En la lectura más escrupulosa de la noche, aunque extraordinariamente lenta y reflexiva, Rhodes planteó un inicio íntimamente dramático y simbólico, ligado a la muerte, la vida y la música como tabla de salvación hija de esa larga cadena órfica. Un inicio absolutamente opuesto a la presentación del “espectáculo” en la que desde unos altavoces nos decían –exhortaban, casi exigían– que después firmaría discos y libros y que ahora debíamos aplaudir a un tal James Rhodes presentado como la última estrella de los Golden State Warriors. 

Si abordamos su trabajo desde un enfoque amplio, que procure entender la repercusión social, cultural, humana, que un peculiar “recital” de Rhodes puede tener (que es en el que se suele insistir cuando se habla de él) es comprensible la buena acogida y la potencia mediática de su historia, inspiradora cuando estamos sedientos de puntos de referencia –y algunos, lamentablemente es así, de recreo morboso–. El enfoque crítico, teniendo en cuenta todo lo que debe abordar la crítica musical, confieso que me resulta más que irrelevante, casi superfluo. Él mismo lo hace superfluo antes de tocar, desde el mismo planteamiento. Un juicio razonado, como el que ya se ha comenzado a esbozar aquí, sólo aborda un pequeño aspecto del fenómeno. Pero por encima de todo, la crítica debe ser capaz de clasificar, distinguir y discriminar los objetos que observa, lee o escucha, que es justamente lo que el “fenómeno Rhodes” parece querer liquidar. 

Sin embargo, lejos de arrinconarlo de un plumazo y olvidarlo como algunos aconsejan, lo que implica su figura debe ser atendido porque no es inocente ni culturalmente banal. Por debajo late el espíritu de nuestra época –tan difícil de captar cuando nos falta perspectiva histórica– porque lo mismo se detecta en la literatura, la música o la filosofía. Nuestra época parece proclamar constantemente: “¡es más fácil de lo que nos habían explicado!”. Exactamente es lo que hace Rhodes en sus recitales y sus libros. Sí, cualquiera puede “tocar Bach” porque tiene manos y cualquiera puede “oír Bach” porque tiene orejas. Pero evidentemente, fuera de la trampa lingüística, no es así: no cualquiera está dispuesto a recorrer el largo camino que sólo algunos, muy pocos, recorren para acercarse a hacer lo primero, y pocos dedican el siempre insuficiente tiempo, energías e interés que exige apreciar aunque sea una pequeña porción de su legado. La idea que está detrás de este reciente fenómeno mediático es que estas últimas líneas sólo las puede escribir alguien con voluntad de mantener una reducida élite social y evitar que una mayoría pueda acceder a degustar los maravillosos frutos de una dinastía atravesada por Bach, Beethoven o Chopin. La idea es peligrosa porque no descubro nada si constato que cierta divulgación lo que hace es precisamente mantener esa élite arrojándole a una mayoría sucedáneos reconfortantes. 

A partir de ello pretendidamente el pianista “lucha” contra unos estereotipos y también reproduce otros de los que está prisionera la música en los últimos años. Todo esto es secundario, porque lo esencial es que Rhodes no es revolucionario ni rompedor como se repite una y otra vez. Tocar vestido de una u otra manera hace mucho que no lo es. Al contrario, todo lo que hace y es Rhodes se amolda perfectamente a nuestra época y la tiranía contra la que se dice que lucha en la música clásica, no tiene reino ni súbditos a los que someter. 

El programa, extraordinariamente breve, se abrió con una lectura irreconocible de la Partita núm. 1 de Bach sometida a un abuso del pedal, a la que siguió la Balada de Chopin cuya intrincada retórica fue desgranada por el pianista británico con momentos de sutilidad junto a otros desdibujados, afectados por un fraseo incomprensible. Una extravagante y turbada interpretación de la conocida versión para piano que Busoni hiciera de la chacona en re menor para violín de Bach, cerró el programa. A partir de entonces se sucedieron las ovaciones de un auditorio que se mantuvo extraordinariamente silencioso y atento. La atmósfera fue emocionalmente más contenida que el propio Rhodes en su desenvoltura escénica, regalando bises con la misma facilidad, que vivieron su punto álgido en una transcripción de la pucciniana O mio babbino caro

 

 

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