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El poso de la veteranía

Madrid. 11/02/2019. Auditorio Nacional. XXIV Ciclo de grandes intérpretes de la Fundación Scherzo. Obras de Chopin: Nocturnos nº 1 y 2, op.62; Polonaise nº 5, op. 44; Berceuse, op.57; Scherzo nº 3, op.39. Debussy: Preludios, Libro I. Maurizio Pollini, piano

La Fundación Scherzo presentaba a un pianista que, por categoría y trayectoria, ocupa con letras de oro un lugar de honor en la historia de la interpretación: Maurizio Pollini. La fría tarde madrileña parecía invitar a los asistentes al concierto en el Auditorio a buscar una pausa confortable en sus quehaceres diarios al calor de unas notas que minutos después saldrían del Steinway-Fabbrini, el piano que suele acompañar al maestro en sus giras. Los  prolegómenos se presentaban cargados de simbolismo: rostros expectantes, corrillos de melómanos a la vieja usanza –los pollinianos dando por descontado una velada inolvidable y los dudosos afilando su “sabiduría musical” y esperando el concierto de Kissin del día siguiente–, un programa complejo donde los haya, con dos autores -Chopin y Debusssy- muy admirados por el artista italiano y con los que se siente a gusto para transmitir una línea, su línea, argumental que explique la evolución de su pianismo y, por último, un ambiente de intimismo y emoción, creado desde la sencillez de una sala a oscuras y la blancura de dos cenitales, testigos del binomio solista-instrumento.

A nadie se le escapa que el Pollini actual no es el Pollini de antes: el paso de los años, los problemas de salud, su agilidad técnica venida a menos –afirmaba en una reciente entrevista que sólo estudia unas tres o cuatro horas diarias–, su concepción, quizás más acentuada que nunca, de un arte pianístico alejado de la filosofía actual... Pero en él queda ese maravilloso poso de la veteranía, del “gusto”, de las pausas, de los rubatos, de la búsqueda de atmósferas exprimiendo todas y cada una de las capacidades técnicas del piano hasta sacarle todo su jugo –una melómana a mi lado lo tildó como “parece que deshuesa al piano sin límite”– Y eso es lo que aún sorprende. Así lo mostró en la primera parte, enteramente dedicada a Chopin, destacando Berceuse, una canción de cuna con variaciones compuesta en 1843, con la que alcanzó el momento más bello y cristalino de la noche, arrancando los primeros bravo del publico que llenaba la sala. Previamente, había iniciado el recital con los dos Nocturnos, op. 62, destacando, del primero, la preciosa melodía con la mano izquierda junto a la suavidad del largo trino en la derecha y transmitiendo, en el segundo, cierta incomodidad y confusión en el desarrollo, resuelto finalmente con altas dosis de sentimiento y experiencia. También el comienzo de la Polonesa, op.44 mostró a un Pollini sin la garra de antaño, necesaria para afrontar un tema tan marcial y altivo como este, lo que sí consiguió en la repetición del mismo tras la sorpresiva mazurka que Chopin intercala en la parte central de la partitura. Es el Scherzo, op.39, escrito en 1839 en su etapa en Valldemosa, una obra coral, cuasi mística. Con una estructura inédita en los scherzos, refleja el diálogo entre una energía desbocada, casi lisztiana, y los ecos del Chopin más melancólico –arpegios en cascada que destilaron emoción– llegando a una exigente coda final que el veterano pianista resolvió con oficio antes de afrontar el primer libro de los Preludes de Debussy, con el que monopolizó la segunda parte del programa.

Hay una auténtica devoción por parte del compositor francés hacia el genio polaco y esto se ve claramente reflejado en el devenir de estas piezas, llenas de intimismo, imágenes, misterio, estructuras libres, juegos, costumbrismo…Y así lo quiso explicar el intérprete, sin aspavientos ni histrionismos, recorriendo el teclado blanquinegro con rigor y sencillez al mismo tiempo, con una mano izquierda prodigiosa –como en La fille aux cheveux de lin o en Les sons et les parfums tournent dans l’air du soiry– y un buen control del pedal, aunque, en ocasiones, algo falto de esa bruma y calma que Debussy dibuja en sus pentagramas como en Danseuses de Delphes o Des pas sur la neige. Los preludes son música creada desde la madurez del autor, desde su amor y respeto por el arte, la literatura, los viajes, las amistades, los misterios… Es ahí donde pretende llevarte y así lo recreó Pollini quien me sumergió en el desenfado mediterráneo de Les collines d’Anacapri, en la raíz popular española de La sérénade interrompue o en los nuevos aires de la música norteamericana de principios del XX de Minstrels… En Voiles y Le vent dans la plaine consiguió describir un viaje de ida y vuelta, algo atropellado por momentos, a mundos oníricos, repletos de misterio, aunque la sobriedad y el control llegaron de la mano de La Cathédrale engloutie, con los impactantes acordes (campanas) que Debussy hace resonar desde el fondo de los abismos con la intención de lanzar a los cuatro vientos su mensaje como creador. Una sobriedad y un control con los que el maestro quiso también “tañer” un mensaje, su mensaje, con claro sabor a despedida de un respetuoso público, el madrileño, que acabó entregado al arte de este “genio” milanés. ¡GRAZIE maestro Pollini!

Foto: Priska Ketterer / Lucerne Festival 2017.

 

 

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