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Cosi Wiesbaden

Bueno, bonito y barato

Wiesbaden. 13/05/2016. Staatstheater. Mozart: Così fan tutte. Julia Lezhneva (Fiordiligi), Silvia Hauer (Dorabella), Ioan Hotea (Ferrando), Christopher Bolduc (Guglielmo), Daniela Fally (Despina), William Shimell (Don Alfonso). Dir. escena: Uwe Eric Laufenberg. Dir. musical: Konrad Junghänel.

¿Es posible un Così fan tutte estimable con un equipo de cantantes discreto, con una versión musical poco estimulante y con una producción de bajo coste? Contra toda previsión, me temo que sí es posible, porque a veces se da el caso extraordinario de que menos es más. Estrenada en 2015, la producción de Uwe Eric Laufenberg -a la sazón director artístico del Staatstheater de Wiesbaden y responsable escénico del Parsifal que se estrena este año en Bayreuth- trabaja con un código ya explorado en otras ocasiones pero que funciona singularmente bien en un teatro de tan pequeñas dimensiones. Me refiero a la idea de convertir el propio teatro en el escenario mismo de la representación, sin introducirse en todo caso en un juego metateatral sesudo. 

Sin escenografía, la caja está planteada como una grada de butacas, con cinco filas habilitadas para el público, donde se acomodan Fiordiligi y Dorabella desde el principio de la función. Lo mismo sucede con la primera fila del patio de butacas, donde se sientan Ferrando, Guglielmo y Don Alfonso. Uno de los palcos laterales está reservado para Despina, vestida como si se tratase de una acomodadora de la sala. Toda la representación se desarrolla así entre la pasarela habilitada en torno al foso y el pequeño espacio que queda en el escenario, delante de ese graderío de butacas, donde también se dispone el foso, camuflado como si fuese parte del público. 

Así las cosas, desde esta absoluta economía de medios, esta “comedia en forma de tragedia” -como bien se apunta en el programa de mano- transcurre sin mucho más aliciente dramático, pero con una dirección de actores chispeante y ocurrente, haciendo de la necesidad virtud, sin enmascarar con pretenciosidad una propuesta que aspira simple y llanamente -y no es poco- a hacer teatro a partir de unos personajes y una música que no requieren mayor aderezo. 

Del cuarteto vocal seguramente la voz más respetable fue la de la joven mezzosoprano Silvia Hauer, de un apreciable color -oscuro pero luminoso-, administrada con gusto, con un fraseo medido y desenvuelta en escena. Modestos pero mucho más que cumplidores, el tenor Ioan Hotea como Ferrando y el barítono Christopher Bolduc como Guglielmo convencieron a base de entrega, cómplices con la producción y buscando dar lo mejor de sí mismos en todo momento. Se trata de voces jóvenes, con lo bueno y lo menos bueno que ello implica: 

La voz de Julia Lezhneva es muy particular. Por momentos parece de hecho que estemos ante una mezzosoprano, dada la cortedad de su emisión en el agudo. La voz compadece entubada, resuelta de forma desigual, si acaso con cierta habilidad para las agilidades. Su Fiordiligi tuvo desenvoltura escénica, más de la esperada, y una general soltura a la hora de resolver la línea de canto mozartiana, aunque con un fiato no siempre bien regulado y con las citadas limitaciones en el tercio agudo, donde falta un apoyo más firme, más resolución técnica en suma. No es, a priori, la intérprete ideal para esta exigente parte. Curiosamente convenció más en el "Per pietà" que en el "Come scoglio".

Pasados ya sus años de mayor gloria -llegó a ser el Don Giovanni de Muti allá por 1990- William Shimel repetía su cáustico y sinuoso Don Alfonso, que algunos recordarán de cuando lo recreó en Aix-en-Provence. Su personaje es puro sarcasmo, hecho más de gestos y acentos que de un canto propiamente dicho, aunque abusando las más de las veces del recitado,casi del musitado incluso. El personaje está dibujado con un dominio evidente aunque los medios vocales no acompañan ya con soltura. Daniela Fally, que nunca me ha terminado de convencer desenvolviéndose en papeles de lírico ligera de más esplendor como Zerbinetta, resultó sin embargo una estupenda Despina, con un registro cómico muy bien llevado.

Una de las principales virtudes de un director musical estriba en ser consciente de dónde puede llegar con el material con el que cuenta en el foso. Me temo que Konrad Junghänel no era consciente de las limitaciones de su orquesta, a la que fatigó con tiempos y dinámicas un tanto extremos. Entre tanto hubo hallazgos, momentos en los que todo cuadraba, como puntuales destellos, pero fueron más a menudo los problemas de concertación, sobre todo teniendo en cuenta la singular circunstancia que propicia la producción, con los cantantes perdiendo a menudo la referencia visual de su batuta. 

En todo caso, para tratarse al fin y al cabo de una representación en un teatro de provincias, la función colmó con más que suficiencia las expectativas, ofreciendo un Così ciertamente más estimable que algunos que se presentan con mayor pompa en teatros de más solera y presupuesto -el que vimos no hace tanto en el Liceo, sin ir más lejos-.

 

 

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