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Ana Bolena 

Ana Bolena. Ascenso y caída de una dama

Uno de los personajes más atractivos de la historia de Inglaterra es sin duda la segunda mujer de Enrique VIII, Ana Bolena. En su corta vida se reúnen elementos tan dispares como  el amor, la ambición, la introducción del protestantismo en tierras inglesas o una trágica muerte. Todo ello ha hecho que Ana Bolena y los acontecimientos en los que se vio envuelta sean muy interesantes para los historiadores, pero también para todos aquellos que se dedican a la creación artística, incluyendo novelistas o compositores. En estas líneas nos vamos a centrar concretamente en la ópera más famosa a ella dedicada, Anna Bolena de Gaetano Donizetti, y los nexos que hay entre realidad y ficción en su libreto.

Aunque la trama de la ópera se basa en la caída de Ana ante en el enamoramiento de Enrique por una dama de la reina, Juana Seymour, es necesario poner en antecedentes a los lectores de cómo llegó una joven de noble familia, pero no directamente de sangre real, a ser la consorte del rey de Inglaterra. Enrique VIII había subido al trono a la muerte de su padre Enrique VII, pero no era el primogénito del rey. Su hermano mayor, Arturo, era el príncipe de Gales, y con ese título desposó a la hija de los Reyes Católicos, Catalina de Aragón. Ambos tenían alrededor de 15 años. A las 20 semanas de ese matrimonio el príncipe murió. Catalina declaró que era virgen, y se decidió que se casara con el nuevo heredero, Enrique, una vez fuese concedida la bula papal que permitiera a un hombre contraer matrimonio con la viuda de su hermano, algo prohibido en la época. Finalmente esta unión no tuvo lugar hasta que Enrique fue el nuevo rey, en 1509. Catalina tuvo varios hijos pero sólo sobrevivió María, que llegaría ser reina de Inglaterra. La pareja se mantuvo unida hasta 1525, cuando Enrique se enamoró de una dama de la reina, Ana Bolena.

Ana pertenecía a una conocida pero no demasiado importante familia inglesa, aunque sí estaba emparentada con influyentes personajes de la corte. Pero su ambicioso e inteligente padre, Thomas Boleyn, hizo mucho por el ascenso de su familia, y especialmente su hija. Hábil diplomático, defendió los intereses de Inglaterra en diversas cortes europeas, sobre todo la francesa. Ya a la edad de doce o trece años Ana comienza su formación como “dama” en Flandes, en la corte de la Archiduquesa Margarita de Austria. Más tarde acompañará a la hermana de Enrique VIII, María Tudor, cuando esta se case con Luis XII de Francia. La corte francesa será fundamental en su formación personal. Allí aprenderá francés, idioma que manejará desde entonces con gran soltura, se hará una mujer refinada y culta, y tendrá sus primeros contactos con las nuevas ideas protestantes que comienzan a extenderse por Europa. En 1521 Ana vuelve a Inglaterra, pues se piensa en su matrimonio con un primo para resolver un problema de sucesión en su familia. Y es que la utilización del matrimonio como parte de la estrategia política o de ascenso social forma parte fundamental de la sociedad de esta época (y de todas, me atrevería decir, hasta la aparición de los ideales románticos en el s. XIX). Lo cual no quiere decir que no hubiera matrimonios donde, además del interés, existiera amor, como será el caso del futuro enlace de Ana.

Y mientras se resuelve esta cuestión matrimonial, Bolena entra a formar parte de las damas que acompañan a Catalina de Aragón, la esposa de Enrique. Las crónicas de la época (sobre todo informes de los embajadores extranjeros en la corte) la describen como una mujer no excesivamente bella pero con mucho encanto y, sobre todo, destacan sus grandes dotes mundanas, su cultura, su agilidad mental y, también, un genio vivo y fuerte. En esa época, alrededor de 1522, Ana mantiene una relación amorosa con Lord Percy, hijo del conde  Northumberland, y uno de los mejores partidos de Inglaterra. Aunque la diferencia de posición social y económica entre ambos enamorados era evidente, el romance continuó e incluso parece ser (y digo esto porque no hay certeza histórica de que esto ocurriera) hubo un contrato prematrimonial entre ambos que, si hubiera existido, invalidaría matrimonios posteriores de ambos. Pero los intereses políticos hicieron que la relación fracasara: el cardenal Wolsey, mano derecha de Enrique en aquella época, y el propio rey se opusieron a la unión de las dos familias que no favorecía los equilibrios nobiliarios. Al poco tiempo Percy se casó con Mary Talbot, hija de otro noble inglés. La mujer de Percy diría en 1532 que su marido le había asegurado que ese contrato prematrimonial existió, pero el propio lord lo negó solemnemente bajo juramento en 1536 cuando se cuestionaba la “virginidad” de Ana durante su juicio.

Todo cambió cuando en 1526, cuatro años después de entrar a formar parte del séquito de la reina, Enrique VIII se fija de otra manera, y parece que de forma repentina, en la dama de su esposa. La relación con Catalina era cordial pero Enrique estaba muy preocupado por no tener un legítimo heredero varón (tenía un hijo de una relación extramatrimonial). En estas circunstancias se enamora de esa dama atractiva, inteligente, alegre y de conversación aguda y ágil que es Ana Bolena. Una mujer mundana que es todo lo contrario de la pía Catalina. El romance empieza en secreto y Ana juega hábilmente sus cartas: hasta que sea su mujer no va a permitir que haya relaciones sexuales completas con Enrique, con el argumento que no quiere tener un hijo bastardo del rey. Su genio atrevido y vivo enfrentado al del también temperamental Enrique provoca alguna discusión amorosa que aviva más aún la pasión real. Acuciado por su deseo como hombre y la necesidad de tener hijos varones (para lo que él cree que necesita una mujer joven y fuerte), el rey comienza una batalla legal para librarse de la reina española. Enrique argumentó que había leído las sagradas escrituras y allí dice claramente que el hombre que yace con la viuda de su hermano merece castigo, por ejemplo no tener hijos varones. Ante esto pone en marcha toda la maquinaria diplomática inglesa para que el papa anule su matrimonio con Catalina. Esta batalla traerá importantes consecuencias  tanto políticas como religiosas (sobre todo la separación de la Iglesia de Inglaterra de la de Roma). El rey, seguro de que su voluntad debía prevalecer por encima de todo y de todos, consiguió su objetivo (en contra de la voluntad y los argumentos legales de Catalina) cuando un tribunal inglés declaró que el matrimonio con su cuñada no era legal y, por tanto, estaba oficialmente soltero. Bien asesorado por su nuevo protegido, Thomas Cromwell  (como Ana, simpatizante de los aires reformistas de Lutero), se hará cabeza de la Iglesia de su reino, disolviendo (y de paso apropiándose de sus bienes) la mayoría de las órdenes religiosas. Finalmente, con el apoyo político de Francia, y cuando Ana está evidentemente embarazada (seguramente hubo una unión legal previa) los enamorados se casan en enero de 1533.

Ana ha triunfado, por fin es reina de Inglaterra. Pero el parto no depara un varón, como todos casi daban por seguro, sino una hija, la futura Isabel I. El rey está evidentemente contrariado, uno de sus objetivos al desposar a la Bolena no se ha conseguido. Tampoco el segundo embarazo de Ana llega término. Este fracaso en dar un heredero unido al carácter vivo e irascible de la reina empieza a molestar al rey. Enrique es un hombre que cree que todos las desgracias que puedan llegarle es porque los otros han hecho algo mal, él siempre tiene justificación para sus actos. La posición de Ana se tambalea. Ella se justifica ante su cuñada quejándose de la impotencia del rey, algo que éste no le perdonará el futuro. Enrique tiene claro que la culpa de no tener hijos es de Ana, imposible que sea por un problema fisiológico del rey de Inglaterra. Por entonces se fija en una dama de la reina, Juana Seymour. La historia se va a repetir. Juana es todo lo contrario de Ana Bolena: es tímida, recatada, casi podríamos decir que monjil, incluso rechaza los primeros requiebros del rey, un hombre casado. Enrique se ve atraído por esta candidez, por esa defensa de su honor, tan en contraste con la personalidad y la fuerza de carácter de la Bolena y además, los Seymour, otra familia de corte, tienen fama de tener muchos hijos. La maquinaria anti-Bolena, sus muchos enemigos entre las familias más nobles, se pone en marcha; su suerte está echada. Se forma un comité secreto formado, entre otros, por familiares directos de Ana. Se arresta a un músico y poeta de la corte, Mark Smeaton, acusándole de ser amante de la reina. Seguramente bajo tortura, confiesa que es cierto. Se arresta también a otros caballeros por amores con la reina, entre ellos Henry Norris y el propio hermano de la Bolena, lord Rochford. El 2 de mayo de 1536 se detiene a Ana y se la lleva a la Torre de Londres bajo la acusación de adulterio, incesto y conspiración para matar al rey.

El juicio fue una farsa con el único objetivo de dejar el campo libre al rey para un nuevo matrimonio con su angelical Juana. Veintiséis pares de Inglaterra juzgaron a los dos hermanos Bolena, entre ellos su propio tío o el suegro de Lord Rochford, y también lord Percy, el antiguo enamorado de la reina, aunque éste alegó una enfermedad y no estuvo presente en el veredicto final. De nada sirvió que Ana se defendiera y tanto ella como su hermano negaran las acusaciones. Ambos fueron condenados a muerte, como lo fueron los otros nobles acusados o Smeaton. El parlamento deshizo la boda real y Ana fue ejecutada el 19 de mayo. El 30 del mismo mes, Enrique VIII y Juana Seymour eran ya marido y mujer.

¿Cómo adaptó estos hechos históricos Felice Romani (que bebió principalmente de dos fuentes literarias: Enrico VIII ossia Anna Bolena de Ippolito Pindemonte y Anna Bolena de Alessandro Pepoli), para el libreto de la Anna Bolena de Donizetti?  Pues sobre todo buscó crear un ambiente romántico y caballeresco tan del gusto del público de la primera mitad del s. XIX. Ana es dibujada como la abnegada esposa, víctima de un malvado complot para eliminarla y dejar el campo libre para el matrimonio de Enrique y Juana. Aunque recuerda con cariño su relación con Percy (y evoca los momentos felices con él en la indispensable escena de locura que forma parte del final de la obra) siente, que aunque su relación ha sido infeliz, es la reina de Enrique. Juana aparece bastante bien retratada aunque es bastante dudoso que tuviera ningún remordimiento por la desaparición de su rival; simplemente, y empujada por su ambiciosa familia, quería la seguridad de un matrimonio para tener relaciones sexuales con el monarca (de hecho fue la única de sus esposas que le dió un hijo varón. Pocos días después murió por complicaciones postparto). Por supuesto es totalmente inventada la intervención de Percy en la acción, aunque sí parece bastante verídico que hubiera un compromiso previo al matrimonio con Enrique entre Ana y él, y, por supuesto, en la realidad no murió ejecutado como consecuencia de estos amores. Suerte que sí corrió en cambio Rochefort (nombre italianizado del título del hermano de la reina), aunque nada se insinúa en la ópera de la acusación de incesto. El retrato de Enrique quizá sea el más exacto: un hombre que impone su voluntad por encima de todo, aunque en el libreto se le otorga la coartada para sus actos del contrato matrimonial entre Bolena y Percy. También la figura de Smeaton se acerca mucho a la realidad histórica: efectivamente delató intencionadamente a la reina, de la que estaba, con bastante seguridad enamorado.

Pero lo que interesa al libretista y al compositor es ese cruce a cuatro de amoríos y deseos, de traiciones y amistades. Una vez más realidad y ficción se mezclan para inmortalizar unas figuras históricas que toman mayor realce a la luz de la música.

 

 

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