Jordi Roch Schubertiada 

¡Fantàstic!

Obituario en memoria de Jordi Roch

Muy de tanto en tanto surgen personas visionarias que, a través de su energía, sabiduría y generosidad, consiguen transformar la realidad. Ese, sin duda, ha sido el caso de Jordi Roch, que nos acaba de abandonar dejando recuerdo imperecedero y un legado incalculable. La vida musical de los últimos sesenta años en Catalunya, España e incluso en Europa no sería la misma sin su tenacidad y búsqueda permanente de la excelencia, uno de los conceptos, este último, que más asociamos con su persona aquellos que tuvimos la fortuna de conocerlo, trabajar y colaborar con él. Médico de profesión, su otra pasión fue siempre la música y durante su larga vida se dedicó a promoverla con pasión, ahínco y éxito desde todos los ámbitos. 

En una Barcelona culturalmente aún aturdida por los estragos de la posguerra, Jordi Roch se reveló como figura clave en la reactivación de la vida musical de la ciudad impulsando la creación de la Orquestra Ciutat de Barcelona (con Antoni Ros-Marbà al mando), heredera de la Orquestra Municipal de Barcelona fundada por su amigo Eduard Toldrà (como también lo fueron Frederic Mompou, Xavier Montsalvatge y tantos otros) que se acabaría convirtiendo en la actual Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya. Paralelamente impulsó el Festival Internacional de Música de Barcelona, a través del cual consiguió situar la capital catalana en el panorama internacional atrayendo de nuevo a las figuras más destacadas del momento. 

De aquella época, Jordi Roch contaba, con su capacidad comunicativa única, batallitas inolvidables. Como cuando, después de un recital en Barcelona y la posterior cena, su idolatrado Anton Dermota se animó a cantar en el salón del hotel, a altas horas de la madrugada, un inolvidable Dichterliebe de cabo a rabo. También el frustrante e incómodo recital de Fischer-Dieskau en un Palau de la Música semivacío o las dificultades que tuvo para introducir a una joven y prometedora cantante en su pequeño Volkswagen. Su nombre, Jessye Norman. Todo ello lo consiguió con pocos medios, “un pal i una espardenya” como diría él, sin duda gracias a esa capacidad de seducción única que mantuvo durante toda su vida. 

Entre 1957 y 1963 fue presidente de Joventuts Musicals de Barcelona para pasar, a continuación, a dirigir Juventudes Musicales de España durante más de cincuenta años. Su labor al frente de esa institución ha marcado de manera trascendental la vida musical española, dando la oportunidad de iniciar su carrera a lo más destacado de las últimas generaciones no solo de intérpretes, sino también de compositores y gestores musicales de nuestro país. Porque si hay que destacar algo de Jordi Roch, por encima de todo, era un inusual y extraordinario instinto para detectar el talento. Esa sensibilidad artística y capacidad organizativa le fue reconocida en Europa, donde acabó presidiendo el Consejo Internacional de Música de la Unesco, organismo a través del cual impulsó las primeras grandes orquestas juveniles, modelo afortunadamente imitado que ha influido decisivamente en la proliferación y esplendor de este tipo de formaciones.

Este bagaje, entre otras muchas cosas que este sucinto y sentido homenaje no puede abarcar, bastaría para dar a entender la importancia del personaje. Pero falta la joya de la corona. Jordi Roch fue un “senyor de Barcelona”, pero por encima de todo se sentía profundamente ampurdanés. En su amado Cadaqués pasó gran parte de su vida y durante su infancia tuvo contacto con Josep Pla, a quien admiraba profundamente y con quien compartía ciertos rasgos de personalidad. Ese sentido del humor cargado de retranca o el interés auténtico por la vida de las personas que le rodeaban, ya fuese el pescador que saludaba cada mañana o el más prestigioso pianista. Por su casa de Cadaqués, siempre abierta y acogedora, desfiló lo más granado de la música y la cultura e incluso coincidieron figuras como Sergiu Celibidache y John Cage. Cualquiera pagaría por asistir a ese encuentro, pero seguro que no fue tan interesante como la narración surrealista del episodio que hacía el Dr. Roch. 

En esa casa se fraguó la creación del Festival de Cadaqués que inauguró, en 1970, el gran Jean-Pierre Rampal. Una experiencia sin la cual no hubiese cristalizado su último y gran proyecto: la Schubertíada a Vilabertran. A estas alturas no es necesario glosar el nivel de excelencia de uno de los festivales de referencia en nuestro país y más allá de nuestras fronteras en el campo del Lied y la música de cámara. Pero Jordi Roch no se conformó con atraer a esa pequeña población ampurdanesa a los solistas y conjuntos de cámara más destacados del momento a nivel internacional. Quiso ir más allá, que la presencia de estos no constituyese el sueño de una noche de verano, sino que realmente dejase huella. No cabe duda de que, una vez más, lo consiguió. El extraordinario nivel de calidad alcanzado en los últimos años por un buen puñado de formaciones de cámara de nuestro país no hubiese sido posible sin su apoyo incondicional al Cuarteto Casals desde sus inicios. Y qué decir de la vitalidad actual del Lied, género que amó y potenció sin descanso. Cada vez hay más cantantes españoles jóvenes que se atreven y destacan en un repertorio antes lejano que parecía vetado. 

Finalmente queda el hombre. Su esposa y sus siete hijos difícilmente podrán llenar el vacío que deja su ausencia. Tampoco todos los que tuvimos el privilegio de compartir tiempo con él. Brillante siempre, a menudo tozudo, con un carisma desbordante, exigente y generoso, inteligente y tierno, de ideas firmes, pero siempre dialogante, sin duda gran seductor. Es imposible hacer un retrato completo de una personalidad tan completa y compleja como la de Jordi Roch. Quizás el adjetivo más adecuado para definirlo sea esa exclamación que lanzaba con brillo en los ojos cuando algo le entusiasmaba: “¡Fantàstic!”