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Dalton Baldwin 

Una tarde con Dalton Baldwin

En el imaginario colectivo de los aficionados a la canción, el dúo formado por Gérard Souzay y Dalton Baldwin ocupa un lugar importante; treinta años de colaboración son muchos y es imposible pensar en el barítono con otro pianista (aunque los hubiera) y habiendo acompañado Baldwin a otros muchos cantantes, su nombre está unido al de Souzay. Esta semana, los días 15 y 16 de febrero, el pianista ha estado en Barcelona dando una masterclass, organizada por Liceu Cambra, en el Conservatori del Liceu. Tras asistir como oyente a una de las sesiones del curso, tiene la amabilidad de concederme unos minutos antes del concierto que lo cerraba.

Durante tres horas, Dalton Baldwin recibe a cinco dúos o cantantes, y al acabar el tiempo previsto aún subirá al escenario una cantante más a la que ha pedido que acuda para repasar algún punto de una de las canciones que prepara. En total, escuchamos sus consejos sobre una docena de piezas, entre lieder y mélodies. Se sienta muy cerca del piano y escucha la primera interpretación de cada canción dando algún consejo al pianista en susurros para no interrumpir al cantante. Después empieza el trabajo. Corrige con amabilidad, pero con insistencia, y hace repetir una y otra vez cuando los intérpretes no consiguen reproducir lo que les está pidiendo. Cuando se refiere a tiempos o fraseos, sólo sugiere:  "Hay cantantes que cantan los dos primeros versos de Gute Nacht sin respirar entre ellos, si crees que puedes hacerlo, el efecto es muy bonito", O bien: "Si te sientes cómodo, prueba a cantar esto un poco más rápido". Sólo una vez deja de lado la sugerencia, dirigiéndose a la pianista: "Yo también había tocado esto así, pero Nadia Boulanger me dijo que era de esta otra manera". Como comentamos con otros asistentes más tarde, en ese momento tomamos consciencia de que Dalton Baldwin es historia viva: Nadia Boulanger, que había sido alumna de Gabriel Fauré, nos dice cómo ha de sonar En sourdine.

Baldwin corrige a menudo la pronunciación de los cantantes, y les invita también a utilizar la fonética a su favor, sacando ventaja de sus posibilidades expresivas: si, en medio de una tormenta, cantas "Die kalten Winden", aprovecha la dureza de ese sonido inicial de "kalten" para reforzar la imagen del viento golpeando tu cara. Le pregunto más tarde al pianista por su insistencia en esos detalles y me dice que son fundamentales: "En Schubert y Fauré, en el lied y la mélodie en general, la poesía es el 50%; esas consonantes son muy importantes y es difícil destacarlas, por eso les insisto. "La palabra süß ["dulce", en alemán], por ejemplo, es una caricia, sólo se puede cantar en piano."

Al preguntarle por otros pequeños grandes detalles que recomiende a sus estudiantes se queda unos instantes pensando y luego sonríe: "Ser sincero. La sinceridad es muy importante, y el público la reconoce. Lo que importa es la emoción que sale de dentro, no el exterior." ¿Es más importante la sinceridad que la belleza del canto? "Posiblemente. Maria Callas, por ejemplo, a veces su voz no era bella, pero lo que ella decía era increíble. No basta con la belleza de la voz o el canto, se necesita el alma, la comunicación de las emociones."

A sus ochenta y seis años, Dalton Baldwin despliega una energía sorprendente: se levanta y se sienta una y otra vez, se mueve por el escenario a zancadas, guía a los cantantes en los pasajes más intensos simulando que toca el violín. Además, se mete a todo el mundo en el bolsillo con su cordialidad y su expresividad, que le llevan a felicitar a un dúo por su interpretación lanzándoles numerosos besos con la mano desde el piano. Cuando una pianista se indispone, la sustituye y acompaña al alumno en sus tres canciones (y yo, que nunca pude escucharlo en un recital, registro como un tesoro ese momento).

Como vemos, Baldwin sigue en activo y muy activo, y se dedica sobre todo trabajar la canción con jóvenes cantantes y pianistas. Cuando le pregunto por esos músicos jóvenes con los que trabaja, y por si el lied  tiene futuro, su mirada se ensombrece: "No es seguro. Veinte años atrás sí, pero ahora es otra época. El público ha cambiado, sus valores también, todo ha cambiado. Hay voces y pianistas excelentes, pero el público ahora quiere grandes espectáculos, no música de cámara; las cosas más refinadas son más difíciles, ya no interesan. ¡Lástima! "

Durante la clase hemos vivido otro momento especial que comparto porque creo que muchos lectores lo hubieran sentido igual. A menudo, Dalton Baldwin dobla al pianista para ayudarle, tocando en el espacio que queda libre en el teclado. Lo hace también con En sourdine, y en ese instante suena en mi cabeza su versión con Gérard Souzay que tantas veces he escuchado en disco, mi versión. Al comentarselo al pianista, sonríe y suspira con nostalgia: "Hace casi setenta años que nos conocimos con Gérard" (¿Setenta años? ¿Cómo es posible? De nuevo, historia viva). "Me encontré con él en París, cuando fui a estudiar con Nadia Boulanger, la famosa profesora. Vinimos a Barcelona en el 55, creo. Recuerdo que fue durante la grabación de Souzay con Victoria de los Ángeles de Pelléas et Mélisande. Escuchar a Victoria cantar cada día Mélisande, ¡aquello era belleza! ¡Belleza interior, exacto! [se lleva la mano al corazón] Su sinceridad, su sensibilidad por las palabras, por la música... Belleza, belleza!" 

Dalton Baldwin sigue recordando aquella época, con una sonrisa en los labios: "También está la grabación con Teresa Berganza, otra gran artista. ¿Sabes? Una vez un manager me dijo que venía de Barcelona y había escuchado una jovez soprano, ¡qué voz tan bella! Era Montserrat Caballé. Me dijo que tenía que hacer algo en Nueva York, lo que fuera, y me dio su fotografía y su biografía. Se la di a un gran empresario en Nueva York, y cuando mi amiga Marilyn Horne se puso enferma y no pudo cantar Lucrezia Borgia, le dije: ¡este es el repertorio de Montserrat Caballé! Cantó divinamente, y lo que vino después, ya lo sabemos... Las voces catalanas son excepcionales, realmente. Carreras, Conchita Badia... ¡qué gran artista! La conocí la primera vez que vine a Barcelona. ¡Ella había estrenado las Canciones amatorias de Granados! Aquí hay una tradición muy especial, muy sensible, por la música francesa, por la italiana, por la voz. Hay una tradición maravillosa en Cataluña, muy diferente del resto de España. ¿Conoces a Joan-Martín Royo? Fue mi alumno. Empezó a los dieciséis años, cada día venía a escuchar mis clases, no fallaba nunca. ¡Qué artista tan sensible, es increíble! [Ríe] Por supuesto, ya no me necesita, ahora sólo soy una especie de padre musical. Tengo muchas personas muy queridas aquí. [Suspira] Lástima que Victoria de los Ángeles ya no esté..."

El pianista parece sentirse muy a a gusto Barcelona, y no parece que sea un comentario amable a una pregunta que no he hecho. Recuerda las numerosas ocasiones en que ha estado aquí, y su último recital, en el Palau de la Música, con Jessye Norman: "Hicimos la Shéhérazade de Ravel. Me interesé mucho también por la música catalana...  Toldrà, por ejemplo. ¡Toldrà es el Hugo Wolf español! Sus colores, su sensibilidad... es muy especial, muy personal."

El tiempo apremia y volvemos al presente. Faltan sólo unos minutos para que empiece el concierto final de la masterclass. En él participan, interpretando alguna de las canciones que han preparado, Elsa Vitória y Judit Muñoz (sopranos), Alberto Vilas Boas (tenor), Quim Cornet, Juan Laborería, Ferran Albrich y Josep Ramon Cleves (barítonos), Salina Aleksandrova y Helena Ressurreiçao (mezzosopranos), Leila Lok, Lucía Vañó, Christian Camino y Enric Roda (pianistas), así como el repertorista del Conservatori del Liceu Claudio Suzin. El nivel es bueno y, por lo que escuchamos, los alumnos han hecho un buen trabajo. El profesor ejerce también de productor organizando entradas y salidas de los músicos, les felicita a todos, susurra algo con complicidad a algunos...  Entre los intérpretes, destacan especialmente el dúo de cantantes Elsa Vitória y Alberto Vilas Boas, a los que Dalton Baldwin pide que tras Nur wer die Sehnsucht kennt (Schubert) y In der Nacht (Schumann), canten también el tercer lied que habían preparado el día anterior, Wiegenlied am Lager eines kranken Kindes (de nuevo Schumann), y Ferran Albrich, que canta Verborgenheit (Wolf) y Toujours (Fauré).

Al acabar el recital, Dalton Baldwin se dirige a los asistentes explicando que todo ha sido muy bonito pero muy triste (haciendo reir a todo el mundo con su "soooo sad") y quiere despedirse con otra cosa, una canción catalana que le ha pedido a Ferran Albrich. Al hilo de sus palabras un rato antes, espero escuchar a Toldrà y, efectivamente, la canción que cierra las dos jornadas de masterclass es Aquarel·la del Montseny.

 

 

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