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 Rossini portrait

Rossini: El genio sin voluntad. En el 150 aniversario de la muerte del compositor

"Usted nació en otro mundo distinto al mío y, por tanto, todo su talento está siendo tomado por, es absorbido por eso, por las circunstancias de su entorno. Mis hijos miran el mundo como si viniera junto al avión. Bueno, eso es, ¿entiende? Yo recuerdo todavía que soñaba con Dédalo e Ícaro» (Glenn Gould, «Escritos criticos») Lo sustancial de este diálogo entre Arthur Rubinstein (que es quien habla en este caso) y Glenn Gould es la incapacidad - resignada pero respetuosa - del gran pianista polaco para entender el pensamiento de Gould. Incapacidad que se expresa sin ningún tipo de acritud. Y la imposibilidad de renunciar al mundo en el que nació.

Cuando Gioacchino Rossini murió en París en 1868, Wagner había escrito Das Rheingold (1852), Die Walküre (1854), Tristan und Isolde (1859) y Die Meistersinger von Nürnberg (1867), mientras que Verdi ya había dado al mundo Macbeth (1847), Rigoletto (1851), La traviata (1853) y Don Carlo (1866). A nosotros, público de hoy con unos referentes compartidos, nos hubiera gustado saber como hubiera convivido Rossini (1792-1868) con todo ello. Al público de su tiempo también, aunque los referentes tal vez fueran Les huguenots de Meyerbeer (1836) o el Faust de Gounod (1859). Pero Rossini se refugió en el silencio antes de que estas obras fueran escritas. Podemos fechar su retiro desde el año 1829, tras el estreno de Guillaume Tell.

Como una estrella del pop, a sus 37 años Rossini está empachado de gloria y, a diferencia de los autores citados -y a la par que no pocos genios del pop-, no sentía ningún impulso, ni ético, ni estético, ni existencial para seguir ampliando su catálogo en lugar de disfrutar de sus rentas. Estas fueron suficientes para sobrevivir holgadamente durante casi cuarenta años. Y ello se explica por el hecho, tal vez hoy sorprendente, de que Rossini, contemporáneo de Beethoven (1770-1827), de Schubert (1797-1828) y de Donizetti (1797-1848), era ya años antes de su retiro el compositor más famoso del mundo sin discusión y un sinónimo del genio.

Cuando volvemos hoy en dia la mirada hacia L’italiana in Algeri (1813), Il barbiere di Siviglia (1816), La cenerentola (1817) o Semiramide (1823) hay una sola cosa que no se puede cuestionar: el talento. ¿De qué talento se trataba? ¿A qué sirvió ese talento? Estas son las preguntas correctas para abordar el enigma del genio enmudecido. «Cuando afirmaba que le resultaría fácil hacer olvidar incluso las óperas de sus más grandes predecesores, e incluso el Don Giovanni de Mozart, y ello por el sólo hecho de componer una y otra vez el mismo tema a su manera, no se expresaba así en absoluto por arrogancia, sino por el instinto absolutamente seguro de aquello que el público en realidad exigía de la ópera» (Wagner, «Ópera y drama», 1851).

Rossini escribía óperas, llenaba teatros y cobraba unos buenos emolumentos  por ello. No pretendió dejar su huella en la historia ni reorientar la práctica del teatro musical como hicieran los autores citados, de Mozart a Wagner. Se crió en la «poética de lo maravilloso» tal y como Rodolfo Celletti emplea este término en su «Historia del bel canto» (1983), es decir como sinónimo de «fantástico». La poética de un Haendel, por poner un ejemplo suficientemente conocido en nuestros dias.

En una carta de Claudio Monteverdi dirigida a Alessandro Striggio en 1616, el primer gran maestro de la ópera  afirma que el canto spianato (canto llano, exento de florituras, coloraturas y ornamentaciones) es adecuado a los seres humanos, pero que para los dioses son más convenientes los trinos, las agilidades y el canto ornamentado. Desde luego Monteverdi supo usar ambos registros pero ya en el siglo XVIII los compositores de la ópera seria (Haendel a la cabeza) se lanzaron a describir un mundo «bigger than real» (más grande que la realidad, como dicen los norteamericanos). Lo que el Mozart de Milos Forman denomina («se non è vero è ben trovato») «dioses cagando mármol».

Nada en su cultura ni en su impulso personal llamaba a Rossini a describir la realidad, sea en sus aspectos sociales, sea en sus aspectos filosóficos. Pero, como reza una frase atribuida a Joan Fuster y tal vez a otros, «la política o la haces o te la hacen». Y Rossini no pudo huir de su tiempo...

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