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 BalloMaschera sondra calavera javier del real 1

El incendio de la fe

Madrid. 03/10/20. Teatro Real. Verdi: Un ballo in maschera. Ramón Vargas (Riccardo). Sondra Radvanovsky (Amelia). George Petean (Renato). Sara Blanch (Oscar). Silvia Beltrami (Ulrica). Tomeu Bibiloni (Silvano). Daniel Giulianini (Samuel). Goderdzi Janelidze (Tom). Jorge Rodríguez-Norton (Juez / Sirviente). Coro Intermezzo. Orquesta Sinfónica de Madrid. Gianmaria Aliverta, dirección de escena. Nicola Luisotti, dirección de orquesta.

Porque una vida son muchas vidas, incendiemos nuestra fe. Creamos en nuestra resiliencia, encendamos nuestra empatía e incendiemos nuestra fe como un acto de amor vivo. Pongamos en valor, ahora más que nunca, todo aquello de lo que somos capaces como individuos, de forma personal y colectiva. Que cada uno de nosotros sea garante de una responsabilidad que, hasta ahora, a muchos ni siquiera nos había sido requerida. Pongámosla a prueba. Y en el acto común, sumemos estadios de amor, de conocimiento, de refugio y regocijo que supongan las hogueras donde avivar dicha confianza.

Actos, lo escribí respecto a su Traviata y tengo que insistir en ello, como los que realiza el Teatro Real, y cualquier teatro, cada vez que levanta el telón (¡Ay, Madrid! ¡Si pelearas en tus calles lo que tanto reivindicas en el interior de los teatros…!). Sopesémoslo: A la vida hemos venido a perderlo todo... y lo que hayamos aprendido y amado por el camino, eso que nos llevamos. No es que me encuentre enajenado por San Ignacio en su preconización de la fe cristiana. Me refiero más bien a que, cada uno de nosotros, desde las coordenadas personales desde las que partimos, podemos avivar nuestra fe también a través de la cultura, de la música, de la ópera. Porque, vuelvo a ello, se lo viene a decir también Renato a Riccardo al comienzo de Un ballo in maschera: “Alla vita che t’arride”… “A la vida que te sonríe de esperanzas y gozo llena, se encadena el destino de otros miles y miles de vidas”.

Lo de Verdi con Ballo, por cierto, fue más bien un auténtico acto de fe. Con el empresario del Teatro San Carlo de Nápoles (donde debía estrenarse su nueva ópera) presionando por tener la partitura y sin estar del todo cómodo con los cantantes que se iban poniendo sobre la mesa, el compositor renunció una vez más a musicar su idolatrado Rey Lear, de Shakespeare. Junto a su libretista (y más bien hombre de leyes) Antonio Somma, quien llegó a ser Secretario de la República de Venecia en 1849, encontró una historia de reyes y patria que llamó su atención: Gustavo III, firmada por Eugène Scribe. Que estuviese basada en hechos reales y que ya la pusieran en música autores como Auber (Le bal masqué) o Mercadante (Il Reggente)(Bellini también se vió tentado, con un finale lieto), no supuso inconveniente. No muy ducho en versos, Somma encontró la corrección de Verdi en numerosas ocasiones y se planteó firmar su parte bajo pseudónimo: con el anagrama Tommaso Anoni. El resultado del libreto, es cierto, flojea en ocasiones, con ciertas contradicciones, pero a cambio, no es menos cierto, nos regala algunas de las respuestas y frases más encendidas, más ardorosas del repertorio verdiano.

Verdi buscaba dinamismo, buscaba historia. Y buscaba, sobre todo, un personaje central que le diera juego, que no mostrase una sola cara. Él mismo lo dejó escrito: "Yo mismo me negaría hoy en día a poner en música temas como Nabucco, Foscari, etc. Presentan algunos momentos teatrales muy emocionantes, pero carecen de variedad. Todo está en el aire“. Y tanto que estaba en el aire... la censura amenazaba con echar por tierra todo su trabajo, todo su arte. "¡Pobres poetas! ¡Pobres compositores!" se lamentaba el músico. Las modificaciones exigidas fueron tantas: cambio de título, traslado de la acción a una época pre-cristiana, asesinato fuera de escena y sin armas de fuego, eliminación de la monarquía... que finalmente Verdi se llevó su estreno y su obra a Roma. No es que allí la recibieran con los brazos abiertos, pero la fe del autor consiguió que su ópera no fuese tan maltratada como en Nápoles, por aquel entonces bajo corona de los borbones. Adiós a la Suecia original y a Gustavo III como protagonista. La trama se trasladó a Boston, bajo el auspicio del conde Riccardo.

BalloMaschera Vargas Blanch javier del real 1

Quizá esta sea una buena oportunidad para poner sobre la mesa cómo una visión tradicionalista no tiene por qué aportar nada especialmente relevante a la ópera. Incluso al contrario. Me ha parecido entender que no era esta la producción inicialmente prevista para inaugurar la temporada del Teatro Real y que, debido al coronavirus, se ha preparado una solución de última hora con la apuesta de la Fenice de Venecia, firmada por Gianmaria Aliverta. El italiano lleva la acción hasta las inmediaciones temporales de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Ciertamente, un buen enclave cuando se toma la frase del juez que lleva a desarrollar el final del primer acto: "dell’immondo sangue de’ negri”. El director de escena crea una serie de cuadros anacrónicos, que pretenden dar una visión global, Estatua de la libertad incluida para el baile de máscaras. Como conjunto, es una propuesta que podría convencer y que no hará daño a aquellos que no esperen nada de la escena. Sin embargo, a mi entender, el primer escollo surge aquí con la inclusión forzada del racismo en la trama, cuando no tiene nada que ver con ella. El recurso del Ku Klux Klan ni siquiera es algo nuevo, ya que se lleva utilizando décadas. Es una lástima ver cómo agencias y medios generalistas acaban mezclando churros con meninas y titulan sus artículos haciendo referencia al “drama racial de Verdi”. No. Y no es un hallazgo que funcione, sino que el drama racial está tratado aquí con cierto trazo grueso, porque efectivamente no hay espacio para mayores detalles y llega incluso a enviarse mensajes peligrosos. Resulta curioso que, en escena, los únicos personajes que llevan mascarilla sean los esclavos. ¿Cuál es el mensaje? ¿Somos nosotros esclavos por llevar mascarilla? No me gusta, nada, esa idea. Fuera buscada o no.

Hay que unir a esto un cuerpo de baile profesional, cuyas coreografías se intuyen en la intención, pero que resulta desnortado y sobrecargado, una utilización de las plataformas que es imposible comprender (la escena de Ulrica es para olvidar, con unas entradas y salidas a escena del todo erradas), una iluminación muy deficiente en numerosas ocasiones y una escenografía a la que sólo hace sombra, en este escenario, la Norma de Livermore que el teatro ofreció hace cuatro años. En cualquier caso, si esta ha sido, como comentaba, una solución posterior y además en plena pandemia, el milagro sigue siendo hacer el pan con unas tortas. Y ante eso, chapó.

Con todo, quizá el mayor mal de Alivierta, sin excusa vírica de por medio, sea desdibujar la esencia, la personalidad de los protagonistas. No hay ni debe haber un solo camino para ofrecerles sobre el escenario, pero, por ejemplo, Riccardo debería dar muchísimo más juego: más frívolo o más serio en È scherzo od è follia, con amor verdadero o rancia posesión (como la de Renato, quien al menos hace ademán de suicidarse) hacia Amelia, pero el regista no parace haber apostado por nada en concreto. Se alcanza un punto en el que Amelia, que debería ser mucho más, no pasa de un ser una convidada de piedra. La acción debería girar en torno a ella, sin descuidar el protagonismo de Riccardo, obviamente, pero aquí este vértice fundamental del triángulo amoroso que sostiene el libreto pasa completamente a un segundo plano, en pro de la denuncia racial tan mal hilvanada. Un ejemplo doloroso, tratándose de Verdi, es su entrada al comienzo del segundo acto. Toda esa agitación, toda esa turbulenta carga orquestal que lleva consigo y que se refleja en un maravilloso preludio, en una senda comenzada en su llegada a la morada de Ulrica, le es sustraída y regalada a un bailarín que muere a manos de un terrateniente. Están las columnas, está la colina, el rezo de Amelia… toda la letra pequeña requerida en el estreno de la obra, en 1859, pero no está Amelia. El colmo viene cuando, en pleno dúo de amor con Riccardo, uno de los momentos verdianos más encendidos de todo su catálogo… Amelia desaparece de escena durante unos momentos… y ahí se queda Riccardo, solo, cantándole al amor. No será la única vez. Cuando el conde recibe el tiro mortal, en vez de ir a socorrerlo directamente, Amelia vuelve a perderse, esta vez detrás de la cabeza de la Estatua de la libertad. Privarle a Amelia de su propio drama, de su razón de ser en esta obra y de la psicología orquestal que le confiere Verdi, es un sinsentido.

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Precisamente, para dar vida a Amelia y ante la cancelación de Tatiana Serjan, el coliseo madrileño ha desplegado una pléyade de voces: Maria Pia Piscitelli, siempre correcta profesional; Anna Pirozzi, una apuesta segura a tenor de lo escuchado el año pasado en su Ballo de la Ópera de Oviedo; o el derroche de Saioa Hernández, en el que ha supuesto su debut en estas tablas, con una interpretación inmaculada, con todo lo bueno de las sopranos de antaño, habiendo escuchado su función del pasado 18 de septiembre. Y como colofón, como regalo, como el estallido lírico que siempre supone su voz: Sondra Radvanovsky, nombrada por Platea Magazine como la mejor soprano de la actualidad.

La cantante estadounidense mostró una voz luminosa, de oscuras iridiscencias (por jugar a la antinomia del libreto), con un instrumento pletórico. Registro agudo brillante, centro cálido, suntuoso y un grave más desguarnecido, si bien trabajado con suprema inteligencia. Su característico vibrato marcó la línea vocal, dechada en filigranas y recovecos cánoros, con una proyección envidiable y ciertos pasajes de incierta dicción, en pro siempre de la musicalidad. Exultante en su aria del segundo acto, escuchándose como carraspeaba antes de comenzar a cantar. Creo recordar que ella misma ha contado que padece un asma agudo. Y aquí está, jugándose la vida, como todos nosotros, pero ella más que muchos, por hacernos sentir, elevarnos, olvidarnos, refugiarnos en la música. Tras esta página inolvidable del Real, un doble o nada: el Teco io sto junto a Ramón Vargas. Juraría que estaba más que emocionada al finalizarlo. Un torrente de aplausos caía sobre ellos, en uno de los momentos de mayor arte sobre un escenario que he presenciado. Una anécdota: durante la salida de Radvanovsky, tras sus primeras frases en la escena con Ulrica, mi acompañante, que no era precisamente la primera vez que acudía a la ópera, me miraba estupefacta. Juraría que acababa de descubrir, por mucho que hubiese escuchado antes, qué es exactamente la ópera. O al menos acababa de sentir su esencia más pura y profunda. Creo que este momento vivido resume perfectamente lo que significa la voz y el arte de Radvanovsky. No termino de tener claro qué es ser una diva en 2020, pero en cualquier caso, Radvanovsky es la diva, la soprano que necesitamos en el siglo XXI. Una artista entregada al escenario y comprometida fuera de él. Cercana, natural, responsable y consciente de los tiempos que vivimos, alejada de estridencias, de formas antiguas o de declaraciones fuera de lugar.

A su lado, como comentaba, el Riccardo de Ramón Vargas. 60 años acaba de cumplir y cualquiera lo diría. Su protagonista es el Riccardo con el que cualquiera podría soñar hoy en día. La voz corresponde a la de alguien con una carrera como la suya a las espaldas. El agudo se encuentra un punto mermado, pero estamos ante un cantante entregado, exultante en su hacer, que apuesta por el todo con gran inteligencia y musicalidad. Su voz resulta siempre plena y homogénea, con un centro ardoroso y una línea vocal burbujeante de lirismo. Es lo que se espera de Riccardo y lo que hace que lo disfrutemos. Su elegancia en el decir, con un fraseo pulcro y medido, redondearon un personaje de altura, con ese dúo con Amelia, insisto, inolvidable y el aria del tercer acto, desde la corbata, como broche de oro.

Completaba el trío amoroso el lírico Renato de George Petean, con un timbre noble y contundente, de agradecido agudo y elegantes intenciones en el decir. Brillante por su parte la soprano tarraconense Sara Blanch como Oscar, al que desprende de afectación y entrega al público con honradez. Creíble en lo dramático y con facilidad en sus muchas pirotecnias y notas agudas, destacaron también las tonalidades pastel, un tanto más oscuras de su timbre, que redondearon el personaje. Cumplió con el rol de Ulrica la mezzosoprano Silvia Beltrami, quien sustituye a la madrileña María José Montiel, en una más de sus ya habituales cancelaciones. La cantante italiana, si bien no posee la voz ideal para el personaje, quien se adentra en el registro más grave en numerosas ocasiones, supo desenvolverlo con inteligencia.

Muy bien todos los comprimarios, desde un correcto Goderdzi Janelidze como Tom, al sonorísimo y contundendente Samuel de Daniel Giulianini, pasando por el juvenil y timbrado Juez (y Sirviente) de Jorge Rodríguez-Norton y el excelente Silvano de Tomeu Bibiloni.

Desde el foso, imprimía vida a la partitura un esmerado Nicola Luisotti, recalcando esos extremos, esos contrastes tan buscados por Verdi en este Ballo. Bastante moroso el Preludio del primer acto, aunque no aletargado, y tenso, vivo, el del segundo acto. Con algún desajuste con el escenario, imagino que ante tanto transcurrir de cantantes, en general el maestro italiano hizo por cuidar de los artistas que tenía enfrente, al mismo tiempo que insuflaba color y fuerza a los compases verdianos. Admirable, generoso y rozando lo extraordinario el coro, con un Andrés Máspero al frente que hace días nos daba una lección a todos. Tras la "Gala joven" que preparó el teatro el pasado día 18 de septiembre, artistas y equipo se hacían un selfie desde el escenario, mostrando todo el teatro y su público. Todos juntos y abrazados. Máspero permanecía a cierta distancia y con su mascarilla, con la misma que sale a saludar al final de cada función. Por cierto, no me voy a cansar nunca de escribirlo: ¿Por qué tiene que ser la mujer quien vaya a buscar al director de orquesta en los saludos? Con la inteligencia que se le presupone a un director de orquesta... ¿no saben salir ellos solos, como el resto, al escenario?

Demos ejemplo, nuevos ejemplos, creemos nuevas realidades ante los tiempos que cambian. Querámonos. Protejámonos. Incendiemos nuestra fe.

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Fotos: Javier del Real.

 

 

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