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la del manojo alvarez iniesta javier del real 1

Y SU VOZ SE HIZO MEMORIA

Madrid. 10/11/20. Teatro de la Zarzuela. Sorozábal: La del manojo de rosas. Ruth Iniesta (Ascensión). Carlos Álvarez (Joaquín). Ángel Ruiz (Espasa). Vicenç Esteve (Ricardo). Sylvia Parejo (Clarita). David Pérez Bayona (Capó). Milagros Martín (Mariana). Enrique Baquerizo (Daniel). César Sánchez (Pedro). Eduardo Carranza (El inglés). Coro del Teatro de la Zarzuela. Miembros de la Orquesta de la Comunidad de Madrid. Emilio Sagi, dirección de escena. Guillermo García Calvo, dirección musical.

La de anoche, y el resto de noches que se han programado durante este mes de noviembre en el Teatro de la Zarzuela, podría calificarse, por encima de todo, como una noche de emociones. De muchos, seguramente innumerables recuerdos. Por quiénes y por cómo se han dado cita sobre el escenario. Por la situación y el momento vivido, que marca cada acontecimiento y agudiza el ingenio de quien persiste. Y también, primero de todo, por los sabores, la memoria que despierta y el futuro que nos hace imaginar una música como la de Sorozábal y una historia como La del manojo de rosas.

La del manojo nace en un momento de eclosión en nuestro país (1934), de punto álgido, o al menos en un camino hacia la modernización cultural y social,  construida por la Segunda República y que pronto se vería ensombrecida por décadas de barbarie con la llegada de la Dictadura. Estamos en los años en que el jazz cruza nuestras fronteras, con las primeras tiendas de discos dedicadas al género y la apertura de los primeros clubs, acogiendo actuaciones de mitos como Bill Coleman y Josephine Baker. Donde miramos hacia Francia y México, buscando referentes. Hacia fuera, en general. Sólo desde Argentina, en 1934, nos llegan canciones y tangos que calarían hondo entre nosotros, Gardel mediante: Volver, El día que me quieras, Mi Buenos Aires querido, o Cambalache (vuelvan a escuchar la letra de esta última, por favor). Y por supuesto, también el afianzamiento del cine como el no va más del entretenimiento, con producciones propias que empiezan a crecer en número (incluyendo ese mismo año una versión de La verbena de La Paloma con gigantes de la zarzuela como Sélica Pérez Carpio y Miguel Ligero) y nuevas salas de visionado en las principales ciudades.

Entre todo este ambiente de apertura, externalización y, al mismo tiempo, de revolución interior, Pablo Sorozábal vuelve, de alguna manera, a la tradición. Lo hace a través del sainete; eso sí, con aires completamente fieles y actuales a su propia actualidad. Así, La del manojo se convertiría en el que quizá sea el último gran canto del cisne del género, sin dejar de pasar por alto el excelentísimo catálogo del compositor, último gran nombre del género junto a Moreno-Torroba, antes de sumergirnos (ahogarnos) en la frívola revista, el cine como nuevo divertimento popular y, ya por último, la llegada de la televisión en los años cincuenta. Lo de Sorozábal aquí es un encendido homenaje a ese Madrid tradicional, de barrio, cercano, que parece empezar a escapársenos ya de las manos, con esa ficticia “Plaza Delquevenga”, que el Ayuntamiento de Madrid siempre tarda en hacer real, ahí mismo en la entrada del Teatro de la Zarzuela. De hecho, no lo olvidemos, el título de la obra se desprende de La revoltosa, de Chapí, cuando Felipe le canta a Mari-Pepa, casi cuarenta años antes, aquello de:

La de los claveles dobles,
la del manojo de rosas,
la de la falda de céfiro
y el pañuelo de crespón:
la que iría a la verbena
cogidita de mi brazo...
¡eres tú!... ¡porque te quiero,
chula de mi corazón!

Al mismo tiempo, Manojo supone también para Sorozábal una reafirmación de sí mismo tras títulos como Katiuska y Adiós a la bohemia (después llegarían La tabernera del puerto o Black el payaso). Y una consagración, ya digo, al tiempo que la vio nacer. Sus protagonistas siguen siendo gente del barrio: una florista, un mecánico, un camarero y una manicura… con una historia de amor que ya no atiende a antiguos clichés del Romanticismo. Sin exageraciones ni equivocaciones en lo que debe ser una relación: una exaltación de la libertad individual y sumándole, por parte de los autores, una reivindicación social. Con contínuas referencias: desde el por entonces Presidente de la República: Lerroux, hasta la inminente Segunda Guerra Mundial, pasando por el Ateneo Feminista (presidida la Asociación Femenina de Educación Cívica por la aún negada María Lejárraga... ¡qué país tan ciego el nuestro, incluso en 2020!). En un Estado que ese mismo año viviría la Revolución del 34, un movimiento inducido por los partidos de izquierda y sindicatos en pro de la clase obrera, Ascensión, personaje protagonista de La del manojo que por encima de todo quiere ser libre, en unos tiempos que se encaminaban hacia ello, con el sufragio femenino regulado tan sólo dos años antes, llega a decir:  “Que la ropa del obrero se hizo para trabajar, y no debe un señorito mancharla para conquistar” (ecos que resuenan viendo como hoy en día, la acomodada ultraderecha española proclama todo tipo de mentiras para embaucar a la clase media y empobrecida de nuestro país).

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Esa Ascensión ha sido encarnada en esta ocasión por la soprano Ruth Iniesta, quien ya cantó el personaje secundario de Clarita, con esta mima producción y un éxito atronador, hace casi una década. Ya lo decía al principio de estas reflexiones: funciones con muchos recuerdos y emociones. Y es que esta ya mítica producción de Emilio Sagi cumple ahora 30 años desde la primera vez que alzó el telón en la Zarzuela.  De 1990 a 2000, a excepción de 1993, 2001 y 2002, ha estado rodando, por España y otros países, durante nada menos que 16 años seguidos. Es una visión la suya que sigue siendo fresca, actual, al mismo tiempo que muy respetuosa con el original (que estrenó el tío del director, Luis Sagi-Vela), con personajes cerrados, completos y con suficientes capas para hacérnoslos más que creíbles. Sagi, ya lo he dicho en otras ocasiones, baila. Baila visualmente con la música que suena en este título, que es mucha y variada, gracias también a la estupenda coreografía del ya desaparecido Goyo Montero. No sólo eso. La escena del ovetense respira, vive, que es lo que necesita la Plaza Delquevenga y todo Madrid, reflejando esa ciudad abierta, dinámica y acogedora que somos o deberíamos ser. Cuando la realidad flaquea, el Madrid de Sagi es un buen sitio donde refugiarse. Con su salida al escenario en los saludos finales, el público reonoció toda esta labor, poniéndose en pie.

Esta visión de La del manojo de rosas es ya, pues, historia (viva) de la zarzuela. ¿Cuándo algo pasa a ser histórico? ¿Cuándo se consagra un artista? ¿Cuándo trasciende su arte? Bueno, podríamos entrar en debates y dicotomías, hablar de grandes gestas, de cambios radicales, de golpes emocionales a gran escala social... y no. Para mí, la respuesta a estas preguntas es clara: cuando su trabajo, su arte, se hace memoria. De quien sea. Cuando, en este caso, la escena de Sagi, el texto de Ramos y Carreño, la música de Sorozábal quedan en la memoria de un sólo espectador, ese mensaje ya ha trascendido. Hace siete años, decía, en la temporada 2013-2014, La del manojo se subió de nuevo al escenario del Teatro de la Zarzuela. Fue entonces cuando, podríamos decir, la carrera lírica de Ruth Iniesta despuntó, logrando un reconocimiento que desde entonces no ha dejado de crecer, en una carrera ascendente. No hace falta tener la fama de Caruso, Callas o Pavarotti para que la voz de un cantante cale en quien escucha. En mis sensaciones personales, aun con todo lo que uno escucha, en aquellas funciones la voz de Iniesta quedó marcada dentro de mí. Personalísima, teatralísima, de una calidad mayúscula, sentí que me encontraba ante una artista de pies a cabeza. Y su voz se hizo memoria. Toda la música es o puede ser disfrutable, toda ella nos puede llevar a nuevos caminos o paisajes, pero en pocas ocasiones el oficio, el saber hacer, el arte de un artista marca los recuerdos de quien escucha.

Ahora, Iniesta pasa de Clarita a Ascensión, tras haber debutado papeles tan emblemáticos como Violetta de La traviata por el camino. De las camelias a las rosas, la cantante zaragozana sigue erigiendo personajes redondos, intachables en lo dramático y muy disfrutables en lo vocal. Su voz se muestra aquí con un centro trabajado y generoso, redondeado y cálido, con una romanza de No corté más que una rosa delicada, honesta, sutil, emocionante. Y aún más: personal, con matices propios a pesar de que el papel cuenta con auténticas referencias: Pilar Lorengar en los estudios o, sin ir más lejos, Milagros Martín, quien cantó como Ascensión en el estreno de esta producción y que en estas funciones realiza un cameo de lujo, como Mariana, la madre de Joaquín.

El mecánico no es otro que Carlos Álvarez, figura imprescindible de la lírica internacional y quien debutó este, su primer papel protagonista, hace también 30 años, con esta producción. Álvarez, quien sigue cantando en la tonalidad original su personaje, simple y llanamente arrasó. De voz plena, pletórica, de timbre ancho y generoso, regaló un Madrileña bonita de órdago, inolvidable, que levantó una larguísima ovación por la que tuvo que salir a saludar tras varios minutos de aplausos y peticiones de bis, que por unas razones u otras, no concedió. Divertido y totalmente verosímil en los diálogos, así como en el pasodoble con Ascensión, o en el chotis con el aviador, la sensación frente al barítono malagueño sigue siendo siempre la misma: privilegio. Con Iniesta, aplaudidísimos en Hace tiempo que vengo al taller, concluyeron con una habanera final de ensueño, en uno de esos momentos que hasta la lámpara del teatro se emociona.

Entre los personajes secundarios, uno de los papeles más queridos por el público: el hiperbólico Espasa. Aquí, siendo imposible no rememorar al grandísimo Luis Varela, su alargada sombra cede el testigo a Ángel Ruiz, ya conocido en el Teatro y quien consigue hacer suyo al camarero. Con su estilo propio, que ya hemos podido ver en otros títulos como ¡24 horas mintiendo! o La gatita blanca, los chistes y exageraciones fluyen y consiguen su efecto, en el difícil arte de hacer reír. Por su parte Vicenç Esteve supone una garantía como Ricardo, de grato timbre, nasalizado en el tercio superior y con estupenda predisposición en lo dramático. Disfrutables igualmente el Capó de David Pérez Bayona y la Clarita de Sylvia Parejo. Siempre en pro de la obra, Parejo, quien destaca en sus trabajos en el teatro musical y quien ha participado en varias entregas del Proyecto Zarza de la Zarzuela, adoleció un tanto, sin embargo, de tablas líricas en las partes cantadas. Mencionar por último entre el reparto a Enrique Baquerizo como Don Daniel y César Sánchez como Don Pedro, con sendas admirables carreras en su haber. 

Excelente en sus breves intervenciones el Coro del Teatro de la Zarzuela, cuyo ahora director, Antonio Fauró, también cantó como "el del mantecao" en el estreno de esta producción. Y de auténtico orfebre debo calificar el trabajo de Guillermo García Calvo al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid... o de miembros de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, debería decir, en una formación que ha tenido que ser mermada ante la imposibilidad de cumplir con las distancias de seguridad en el inamovible foso de la calle Jovellanos. Un quinteto de cuerda, arpa, vientos y percusión han dado vida de forma extraordinaria a lo que sucedía sobre el escenario, con un cuidadoso trabajo de planos sonoros y superposiciones de los diferentes instrumentos, donde un solo violín puede resultar mucho más intrusivo (en la misma romanza de Ascensión, por ejemplo), que toda una sección. García Calvo es un maestro, no hay duda. Cuidadísimo además el trabajo solista de cada atril, con una trompeta acertada y un clarinete admirable, tan imprescindible en esta partitura. Y no tiene que ser fácil, supongo, situarse ante una orquesta disminuida prácticamente a la mínima expresión, pero nada de lo que estamos viviendo es fácil. Con todo, apuesto a que muchos no dirían que el foso se encuentra ante esta situación, a tenor de lo escuchado. Aquí no hay más que aplaudir.

Aplaudir y vivir, que lo explica el propio Emilio Sagi en esta conversación grabada por el Teatro de la Zarzuela sobre la obra: "Es la vida. Esta zarzuela lo que tiene es vida. Es un canto a la vida, a la alegría de vivir". Vida, que nos hace mucha falta.

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Fotos: Javier del Real.

 

 

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