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Oedipus Aix

Pálida sombra…

Aix-en-Provence. 15/07/2016. Festival d´Aix-en-Provence. Stravinsky: Oedipus Rex. Sinfonía de los Salmos. Sir Willard White, Violeta Urmana, Joseph Kaiser y otros. Dir. de escena: Peter Sellars. Dir. musical: Esa-Pekka Salonen

Continuando la exploración de la obra de Stravinsky iniciada en 2015 poniendo en relación Iolanta de Tchaikovsky y Perséphone de Stravinsky, Peter Sellars proponía esta vez en Aix la reposición de un espectáculo creado en Los Ángeles (allí también con Salonen), que vincula el Oedipus Rex, una ópera-oratorio de Stravinsky de 1927, con su Sinfonía de los Salmos, compuesta poco después (en 1930, aunque revisada en 1948). El director de escena americano, de un tiempo a esta parte, se interesa por poner en escena, en diversos formatos, partituras que en origen son oratorios: le debemos no en vano grandes momentos en este sentido, como la Pasión según San Mateo con los Berline y Sir Simon Rattle. En este caso, el programa de mano apuntaba “puesta en escena”, aunque más bien cabría hablar de “puesta en espacio”, porque de dirección de escena como tal hay muy poco.

Personaje común y central en ambas obras, el coro, compuesto aquí por diversas formaciones corales suizas reunidas bajo la dirección de Folke Alin, es musicalmente impresionante y Sellars les dispone en un gesto orante (como supuestamente oraban los antiguos griegos), en un modo que se asemeja hoy al lenguaje de signos. El conjunto genera una impresión de extrañeza, que se alía con un lenguaje “mitológico” o “significante”, al mismo tiempo misterioso pero ciertamente repetitivo. 

Para Oedipus Rex, Sellars preferice jugar sobre el lado hierático del oratorio, reduciendo al mínimo los gestos y movimientos, concentrándo toda la acción sobre el reducido espacio del proscenio, donde Antigona recita un texto reescrito por Alain Perroux y Vincent Huguet a partir de Sófocles; al tiempo Ismene, la hermana, es aquí una bailarina que ejecuta pasos de danza. ¿Por qué no se emplea el irónico texto de Cocteau? Quizá se antoje demasiado irónico para algo tan serio como la tragedia… Elección equivocada, en todo caso, ya que resta alcance al recitado, que deviene grandilocuente y distante del drama, justamente allí donde el texto de Cocteau brillaba coligado con el texto en latín, generando un sutil juego de distancias en la obra de Stravinsky. Aquí no se buscan esas distancias, precisamente: se diría que el público tiene que ser consciente de antemano del drama que se representa, sin el más mínimo “distanciamiento brechtiano”. En tal caso hubiera sido suficiente con el texto de Sófocles, incluso en latín… Esta reescritura inútil del libreto, linda a una drama que a la postre es poco dramático, con personajes distantes y no bien caracterizados, no responde a la urgencia real de la tragedia de Edipo, que resume en sí misma la cuestión trágica, donde cada palabra es acción, donde cada palabra puede ser una terrible respuesta. 

Para dar a la acción un cuadro “primitivo”, referido a las artes de las sociedades “tradicionales”, el espacio en blanco de la escena está adornado por esculturas de resonancias neoprimitivas del artista etíope Elias Sime: es una idea puramente decorativa, que no lleva aparejada ninguna funcionalidad. El trabajo de Selllars, si es que existe un trabajo como tal, se limita a salpicar con bellos gestos e imágenes el desarrollo de la acción, generando apenas unas cuantas hermosas estampas, como el propio Edipo transfigurado en un cuadro luminoso al final de la Sinfonía de los Salmos, vista pues como transfiguración de Ediopo, para generar una continuidad entre las dos partituras. Desde un cierto punto de vista, la Sinfonía de los Salmos quizá consigue atrapar mejor la atención del espectador que en el caso del Oedipus Rex, que no consigue realizar completamente ese acercamiento al primitivismo de la tragedia y que en conjunto parece muy parco en ideas. Sellars no brilla esta vez por la intensidad y hondura de su trabajo, quizá pensando que Stravinsky y Sófocles hablan por sí solos..

Musicalmente la orquesta de Salonen, la Philharmonia Orchestra, siempre precisa y fluida, se atoja levemente falta de tensión e el Oedipus Rex, con una primera parte demasiado lineal, sin llegar a dar una impresión verosímil de esa doble naturaleza de la partitura, refinada y al mismo tiempo de una rugosidad primitiva. Las cosas funcionan mejor con la Sinfonía de los Salmos, gracias a un coro excepcional, impresionante, muy bien preparado y compuesto por tres coros suizos: Orphei Drángar, Gustav Sjökvist Chamber Choir y el Sofia Vokalenensemble. El coro es el verdadero hallazgo y triunfador de la velada.

Los solistas resultan más convincentes en conjunto que en detalle. Sir Willard White tiene ya una voz demasiado cansad para afrontar los tres papeles para bajo (Créon, Tiresias y el mensajero) mientras que el joven Joshua Stewart es un “berger” valiente. Joseph Kaiser es un Edipo de voz clara, bien impostada, sin incidentes vocales, pero de acentos monótonos y un tanto pálidos: le falta expresividad a su recreación del personaje, en una parte que requiere un solista más capaz de colorear el fraseo y dar el peso adecuado a cada palabra; de hecho, la importancia que el texto tiene en la tragedia, no se termina de reconocer aquí. Violeta Urmana, que de un tiempo a esta parte vuelve de nuevo sobre sus pasos, asumiendo otra vez roles para una mezzo-soprano, es seguramente la más convincente, si bien al voz ha perdido tersura y expresividad. Al menos, consigue dotar al texto de un sentido y un color apropiados. La parte le queda ciertamente bien, siendo en escena la única que consigue elevar la temperatura, entre un Willard White cansado y un Joseph Kaiser un tanto indiferente.

La recitación está confiada a la parte de Antigona, aquí en manos de la actriz Pauline Cheviller, para otorgar un color más personal y menos distante a la misma, y para anunciar las siguientes tragedias que afectarán a la familia de los labdácidas y a la hermana Ismene (Laurel Jenkins), que baila con elegancia, apuntando con su contribución hacia una idea de arte total en torno a la figura de Oedipus Rex.

La velada en su conjunto es una desilusión. El Oedipus Rex merecía una mayor tensión y relieve; la Sinfonía de los Salmos convence algo más, pero el resultado no está a la altura en todo caso de los nombres que componen el reparto, que parece pensado más para atraer al público que para rendir tributo a la música. Como en la caverna de Platón, sólo hemos tenido derecho a contemplar sombras.

 

 

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