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  • © A. Bofill
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Cuando la química supera la ficción

Barcelona 05/12/2015. Gran Teatro del Liceu. Donizetti: Lucia di Lammermoor. Maria José Moreno (Lucia), Ismael Jordi (Edgardo), Giorgio Caoduro (Enrico), Marko Mimica (Raimondo), Albert Casals (Arturo), Sandra Ferrández (Alisa), Jorge Rodríguez-Norton (Normanno). Dirección de escena: Damiano Michieletto. Dirección musical: Marco Armiliato.

Los llamados popularmente segundos repartos, quizás sería más elegante denominarlos alternativos, suelen ser funciones siempre gratas y llenas de sorpresas. Que el dúo protagonista fuera español, más que noticia es buen síntoma, no solo por la calidad vocal más que contrastada, sino también porque la escuela heredera del mejor canto belcantista formado en la Península sigue dando sus buenos frutos.

La soprano, granadina de nacimiento, María José Moreno recogió el guante de la última Lucia española vista en el Liceu, la también granadina Mariola Cantarero (quien cantó en el teatro de las Ramblas en el invierno del 2006). Moreno demostró madurez vocal y aplomo técnico, e hizo brillar su instrumento con arte, evidenciando un momento vocal dulce de su carrera, todavía en el recuerdo del aficionado liceísta su preciosa Hada de la Cendrillon massenetiana (Temporada 2013-2014). Con un control técnico pulido y desahogado en el registro agudo, finura en el fraseo y dominio de la messa di voce, impecable en su aria di sortita, fue sobretodo en los dúos con el Edgardo de Ismael Jordi, y con el Enrico de Giorgio Caoduro, donde la intérprete se creció con un fraseo inmaculado y una sensibilidad construída con especial atención dramática. La escena de la locura fue intachable, pese a los agudos finales del aria y la cabaletta, algo opacos, que no enturbiaron un merecido triunfo personal con una de las particelle más difíciles del repertorio. 

El jerezano Ismael Jordi no pudo tener un estreno más brillante, desde la primera nota, Jordi fue un dechado de delicadeza en la emisión, fraseo lleno de intenciones, agudos certeros y controlados, y algo fundamental para el público, una identificación total con el personaje desbordando química con la Lucia de Moreno y haciendo gala de un ángel especial en el canto que lo convirtieron en un intérprete ideal. Con un cierto aire de amante decadente y outsider, Jordi llegó pletórico a su escena final, que coronó con aplomo y seguridad. Una pareja ideal que dominó la escena y el canto para goce del público.

El barítono italiano Giorgio Caoduro (debut en el Liceu), mostró el lado más violento del personaje con agresividad en el verbo y una voz algo vacilante en el registro agudo, el timbre es grato pero tiende al cambio de color según la posición perdiendo naturalidad y homogeneidad en el canto. La caja de las sorpresas saltó con la voz del también debutante Marko Mimica. El bajo-barítono croata ofreció una voz redonda y de contundentes agudos, timbre meloso de atractivo y oscuro color muy agradable al oído pero nunca autocomplaciente y siempre atento al texto y la linea de canto. A pesar de que en el registro grave la voz pierde presencia como se vio en su escena del acto tercero, es un artista a seguir pues todavía no ha cumplido los treinta años y se vislumbra un futuro más que prometedor. Voz presente y solvencia en el Arturo de Albert Casals así como en la Alisa de la valenciana Sandra Ferrández, y sonoro Normanno del tenor Jorge Rodríguez-Norton

Son sorprendentes las prestaciones de la batuta de Marco Armiliato, quien en el debut del día anterior dirigió con más intenciones que resultados, pues la orquesta tendió al sonido grueso y brusco. En cambio, en la función presente la orquesta se ciñó mucho mejor al estilo belcantista, con dinámicas, brío y respetando mucho mejor las voces en el escenario. Se creó un hedonista Chi mi frena a pesar de los tutti en forte del finale secondo; en contrapartida supo extraer toda la pulpa de la orquestación donizettiana, anticipando el Verdi venidero en momentos como el del brindis de Arturo, o el coro D’immenso giubilo. Orquesta y coro respondieron pues a un nivel satisfactorio pero sin llegar a las cotas de la ópera anterior, un Benvenuto Cellini que pasará a la historia del Liceu.

La producción de Michieletto se olvida al momento de salir del teatro, por mucha retórica que se quiera verter en el programa de mano. El resultado es raquítico dramatúrgicamente, la escenografía no asume la metáfora de la crudeza de la historia y la correcta pero pobre imaginación lumínica no ayuda en el resultado final. Un salto al vacío sorpresivo a la verista no salva una producción. Suerte del arte escénico de una pareja protagonista que sabe hacerse atractiva tan solo con mirarse, derrochando química y arte del canto de principio a fin.

 

 

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