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Lucrezia Borgia ABAO 

Triunfo del belcanto en Bilbao

 
Bilbao. 22/10/2016. Palacio Euskalduna. Donizetti. Lucrezia Borgia. Elena Mosuc (Lucrezia), Celso Albelo (Gennaro), Marko Mimica (Don Alfonso), Teresa Iervolino (Orsini), Mikeldi Atxalandabaso (Rustighello), José Manuel Díaz (Gazella), Zoltan Nagy (Petrucci), Manuel de Diego (Vitellozzo), Fernando Latorre (Belverana), Germán Olvera (Astolfo y Coppiere), Jesús Álvarez (Liverotto). Coro de Ópera de Bilbao. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Dirección de escena: Francesco Belloto. Dirección Musical: José Miguel Pérez Sierra
 
El pasado sábado 22 de octubre la ABAO (Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera) inauguraba su 65 temporada con un título de Gaetano Donizetti que se escucha regularmente en los teatros pero que no llega a la calidad de obras mucho más reconocidas del mismo compositor, como Lucia de Lammermoor o la Trilogía Tudor: Lucrezia Borgia. De hecho la obra, que sí tuvo relativo éxito en la época de su estreno, cayó luego en el olvido y no se recuperó hasta los años 60 del pasado siglo cuando grandes intérpretes como Montserrat Caballé recuperaron títulos poco conocidos del belcanto. Y es que Lucrezia, que tiene su interés como partitura, carece de un libreto atractivo y coherente (por mucho que fuera escrito por un reputado libretista como Felice Romani, basándose en un drama de Victor Hugo), lleno de situaciones forzadas e increíbles, donde el amor materno se mezcla, con pocas explicaciones argumentales, con el amor más carnal y el fraternal, y sin que falte la salsa (en este caso en varias dosis) de la venganza.
 
Lo más atractivo de estas representaciones es el dúo protagonista formado por dos cantantes que ya han cosechado éxitos en sus anteriores intervenciones en las temporadas de ABAO y con este mismo repertorio: Elena Mosuc y Celso Albelo. La Lucrezia Borgia de Mosuc está bien trazada actoralmente, pasando de la madre dolida del prólogo a la mujer vengativa y de más carácter que dibuja en los dos actos siguientes. Vocalmente hay que reconocerle a la cantante rumana su dominio de la técnica, su apreciable fiato (más destacado en el prólogo), la calidad y belleza de sus coloraturas y todas las filigranas que acompañan al genuino estilo de la obra. Siempre con una voz proyectada, que saltaba sin dificultad la orquesta, se apreció un excesivo vibrato que deslució alguna de sus intervenciones, sobre todo en la escena final. Hay que reconocer el gran esfuerzo que supone sacar adelante un papel con tantas dificultades vocales y así se lo agradeció el público bilbaíno con un cerrado aplauso al final de la representación.
 
Este público, al que muchas veces se le achaca frialdad, sobre todo en las representaciones sabatinas, se rindió totalmente a la elegante, perfectamente belcantista y, sobre todo, entregadísima actuación de Celso Albelo, que debutaba en el papel de Gennaro. Albelo ha asumido totalmente el rol y dio verdaderas lecciones de cómo se debe cantar este repertorio. Si la ovación más clamorosa la recibió en un “T’amo qual s’ama un angelo” lleno de fuerza y emoción, donde un tenor de raza demuestra todas sus dotes más generosas, hay que destacar asimismo por su calidad tanto su aria de presentación en el prólogo -“Di pescatori ignobile”- como la escena de su muerte. En la primera estuvo espléndido en su control de la media voz, del canto medido y ponderado, dejando que la melodía y la voz se unan en una lección del dominio del instrumento que sorprende en un debutante en el papel. El final de su intervención, cantando acostado, con un maravilloso hilo de voz, casi susurrando pero audible hasta la última fila del Euskalduna, fue simplemente admirable. Los bravos no escasearon, ni mucho menos, en sus saludos finales.
 
El papel travestido de Orsini, amigo íntimo de Gennaro, recayó en la mezzo Teresa Iervolino, que debutaba en las temporadas de ABAO. Desconcertó un poco su intervención del prólogo con el aria “Nella fatal di Rimini…” donde se apreció una voz de timbre oscuro, pero poco grato, con buena técnica pero poco audible, sobre todo en los conjuntos y un fiato de enorme peso. Otra cantante pareció en sus siguientes intervenciones donde sí que se demostró plenamente su calidad, su voz fue mejor proyectada, apareciendo más cálida, más redonda, con unas agilidades mucho mejor resueltas, luciéndose en el segundo acto tanto en su dúo con Gennaro como en la canzonetta “il segreto per esser felice” que parece anticipar en alguna de sus notas la verdiana canción del velo del Don Carlo. También cantaba por primera vez en ABAO el bajo-barítono Marko Mimica, en el papel de Alfonso, duque de Ferrara y esposo de Lucrezia. Con una voz de gran potencia, bien modulada y con perfecta proyección fue uno de los triunfadores de la noche con una muy bien cantada “Vieni, la mia vendetta”. Mucho más seguro en el centro y la zona alta de la tesitura que en las notas más bajas, se le augura una carrera importante a este cantante que forma parte del ensemble de la Deutsche Oper de Berlín. Estupendos todos los comprimarios, que en esta ópera son numerosos, comenzando por un Mikeldi Atxalandabaso que demostró, como siempre, sus buenas cualidades interpretativas y la calidad y proyección de su voz,  seguido por unos excelentes Germán Olvera y Fernando Latorre. Zontal Nagy, Manuel de Diego, Jesús Álvarez y José Manuel Díaz, los cuatro amigos de Gennaro, también destacaron sobre todo en sus intervenciones en el prólogo y en la fiesta de la princesa Negroni. Muy bien la parte masculina (la femenina tiene una pequeña intervención poco destacable al final de la obra) del Coro de Ópera de Bilbao, que dirige Boris Dujin. Si al principio hubo algunos desajustes entre foso y coro, estos se fueron solventando a lo largo de la representación cuajando, al final, una actuación destacable.
 
José Miguel Pérez Sierra, muy querido por el público bilbaíno, es un habitual en el podio del Euskalduna en estas últimas temporadas cuando hablamos de repertorio belcantista. El maestro español siempre destaca por ser un excelente concertante, muy pendiente de orquesta y sobre todo del escenario, dejando que música y voz fluyan sin interferencias ni divismos. Esta vez no fue distinto, si acaso se pudo apreciar una mayor demora en los momentos líricos que ralentizó un poco el ritmo de la ópera, pero sin que restara brillantez a las intervenciones de los cantantes. Respondió con calidad ya contrastada una bien conjuntada Orquesta Sinfónica de Euskadi.
 
La producción de esta Lucrezia proviene de los teatros italianos de Turín, Bérgamo y Sassari y la firma Francesco Belloto. Si la escenografía de Angelo Sala resulta adecuada, pero sin brillos, y permite unos rápidos cambios de localización y el vestuario de Cristina Aceti, ciñéndose a la época de la acción, es brillante y vistoso, hay que señalar lo errático de alguno de los planteamientos de Belloto. En una ópera con escaso sustrato psicológico el director italiano incorpora unos planteamientos que resultan a lo menos chocantes, como la más que insinuada relación más allá de lo fraternal entre Gennaro y Orsini. Además algunos movimientos escénicos como los de Rustighello y el coro en la escena nocturna del primer acto o la de los figurantes que se supone que son la guardia del Duque en ese mismo acto, que se entenderían en una ópera bufa pero que rechinan en una seria como la que se comenta. Pese a todo esto, su trabajo, en general, se puede calificar como correcto destacando la escena de la fiesta de la Negroni, muy bien resuelta.
 

 

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