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CuartetoCasals Molina Visuals 

La música como segunda piel

Barcelona. 6/11/2016. Auditori. Kurtág: Six moments musicaux para cuarteto de cuerda, op. 44. Mendelssohn: Cuarteto de cuerda núm. 6 en fa menor, op. 80. Brahms: Sexteto de cuerda núm. 2 en sol mayor, op. 36. Cuarteto Casals y 2 miembros del Cuarteto Belcea (Krzysztof Chorzelski y Antoine Lederlin). 

Resulta difícil decir algo más del Cuarteto Casals. Los que han podido escucharlo en un concierto –muchísimos ya en esta historia que suma veinte años– saben a qué me refiero. No es reciente; hace tiempo que se han consolidado como la referencia nacional y como una formación destacada a nivel internacional, y todos los parámetros que se pueden controlar en el trabajo de cuarteto no sólo los controlan, sino que están puestos al servicio de un instrumento de sonido compacto, flexible y poliédrico. 

Cambiando el orden de la primera parte, el programa comenzaba con un reto de interés: los Six moments musicaux del húngaro György Kurtág. Su música –que nace en el mismo substrato que la de György Ligeti pero dibuja una trayectoria muy divergente– consigue una gran concentración expresiva a través de una organicidad que se alimenta de sí misma. Este amante de la concisión y el espacio cambrístico desde su primer Cuarteto de cuerda (1961) consigue proyectar atmósferas contrastantes con convincentes dosis dramáticas si el intérprete se sabe sumergir en ese delicado juego interno que plantea. Con una interpretación madurada y exigente en los detalles, el cuarteto lo logró. En el primero de los seis (“Invocatio”) se pudo escuchar ese equilibrio tan maravilloso como frágil que Kurtág demanda del conjunto, antes de que brillara el lirismo generoso del violonchelo de Arnau Tomàs en “Footfalls” y se alcanzara la excelencia en el quinto de los momentos (“Rappel des oiseaux”), un arduo diálogo de armónicos sobre un desfiladero de silencios que fue solventado con pasmosa seguridad, antes de ofrecer un último (“Les adieux”) de cuidado matiz sonoro. 

El Cuarteto de cuerda op. 80 de Felix Mendelssohn tiene el eco de la muerte de su hermana Fanny y el preludio de su propia muerte. De construcción muy cercana al segundo Quinteto de cuerda, aquí el tono es más oscuro y doloroso, y en esto encuentra mayor filiación con el Trio con piano en do menor, dos años anterior a este cuarteto. Aquí el discurso es sin embargo agitado desde la tormenta romántica del primer movimiento, pero en él se filtran repentinos pasajes meditativos; un desafío técnico pero también expresivo, al que respondió el cuarteto no sólo con virtuosismo sino con reflexiva capacidad narrativa, arrastrados por una precisa y vigorosa Vera Martínez-Mehner en el primer violín y un disciplinado e inteligente Abel Tomàs en el segundo. Quizás algo rápido en ciertos momentos del Allegro assai, el juego de contrastes y la cuidada amalgama sonora no obstante nunca se resintió, con un magnífico trabajo de Jonathan Brown dotando de estabilidad al conjunto con gran sobriedad en los momentos de relieve, y culminó en un Finale antológico.  

Como Kurtág y Mendelssohn, Brahms confió el corazón de su obra a la precisión del lenguaje instrumental camerístico. Su Sexteto de cuerda op. 36 es una de las joyas de su producción, muy exigente técnicamente y donde dicha exigencia está al servicio de riqueza en el color y los motivos contrastantes. Al Cuarteto Casals se unieron los dos miembros del Cuarteto Belcea: la pulcritud y claridad de los seis logró una versión fiel a la gama de colores brahmsiana y con articulada nitidez para transmitir las transformaciones y relaciones temáticas que se agitan en la genial partitura del compositor alemán. Más allá del rotundo resultado global, destacó el fraseo y la calidez del atractivo sonido del violín de Martínez-Mehner, así como la nitidez del violonchelista francés Antoine Lederlin. La sintonía entre los seis fue de menos a más, y llegó a culminar en un Poco adagio memorable, antes de abordar una lectura exultante en el brioso final, sin descuidar la notable elegancia de estilo y nobleza de sonido. A la calidez y ovación que ya están acostumbrados a recibir respondieron con un bis alejado de la trascendencia que había dominado el programa; el famoso Minuetto del Quinteto en mi mayor de Boccherini. Fue Abel Tomás quien lo anunció como primer violín, liderando desde un arco barroco una ponderada versión contenida en el vibrato.   

Si algo caracteriza la sensación que a uno le queda, es que esta formación navega en profundidad toda partitura que aborda; pero el lenguaje que navegan (ya sea el de Kurtág, Mendelssohn, Brahms o bien Schubert o Shostakovich como han hecho con éxito en otras ocasiones) es ya una segunda piel en ellos; la segunda piel de un cuerpo sonoro que late acompasado y cuya versatilidad y expresión está construida sobre un sólido andamiaje técnico. Sí, son veinte años, pero estamos en los inicios de los mejores años que dará este cuarteto.

 

 

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