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El otro Vivaldi

16/11/2025. Oviedo. Teatro Campoamor. Antonio Vivaldi: Orlando furioso.  Evelyn Ramírez (contralto, Orlando), Jone Martínez (soprano, Angelica), Shakèd Bar (mezzosoprano, Alcina), Cesar San Martín (barítono, Astolfo), Maria Zoi (contralto, Bradamante), Serena Pérez (mezzosoprano, Medoro)  y Arnaud Gluck (contratenor, Ruggiero. Coro Titular de la Ópera de Oviedo. Orquesta Oviedo Filarmonía. Dirección escénica: Fabio Ceresa. Dirección musical. Aarón Zapico. 

Hagan memoria para encontrar dentro de su más recóndita memoria la última vez que pudieron disfrutar de una función operística escenificada de Antonio Vivaldi y lo más probable es que tengan que reconocer que o bien no se acuerdan o, sencillamente, ello nunca ha ocurrido, como es mi caso personal. Porque aunque en las últimas décadas ha habido una explosión de grupos estables especializados en la música barroca que han ofrecido óperas de Vivaldi las más de las funciones son en versión concertante o, en el mejor de los casos, semi-escenificadas; pero en el Real, en el Liceu, en Les Arts o en la Maestranza (porque de Bilbao, ni hablamos) la presencia de este grande de la música instrumental brilla por su ausencia desde hace… 

También hay que reconocer que con el despertar de la ópera barroca y aunque fuera más tarde que otros compositores, se redescubrió al Vivaldi teatral y, poco a poco, paso a paso, parece que comienza a normalizarse la programación de sus óperas. Cada vez es más frecuente poder acceder a grabaciones –oficiales o no- de sus títulos y ya vamos asumiendo que hay vida más allá de Las cuatro estaciones. Bienvenida sea esta tendencia.

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Por todo lo expuesto, que la Ópera de Oviedo haya apostado por Orlando furioso es, simplemente, digno de reconocimiento. Nos podrá gustar o interesar más o menos la ópera barroca, su estética y sus peculiares criterios dramáticos –porque la ópera barroca tiene su lenguaje propio, hay que aceptarla como es y hay disfrutarla en base a sus normas de construcción y desarrollo- pero objetivamente la decisión de Ópera de Oviedo es valiente y necesaria.

Normalmente estas obras son ofrecidas por grupos especializados, lo que en este caso se ha cumplido solo en parte. Alguno de los cantantes e instrumentistas lo pueden ser, además de la batuta pero el grueso de la Oviedo Filarmonía supongo que era el grupo habitual asumiendo hacer llegar al oyente el singular color, ritmo y acentos de la música barroca. Y quiero decir que precisamente aquí radicó, en mi modesta opinión, el principal escollo de la noche: que si bien en las arias más íntimas o en los recitativos se guardó el imprescindible equilibrio entre foso y escenario –con un papel relevante del bajo continuo- con el tutti orquestal las voces no llegaban. Pongo por caso el aria de presentación del mismo Orlando o, aun más flagrante, la misma del personaje de Medoro.

El mencionado bajo continuo lo formaban David Palanca (clave), Guillermo L. Cañal (violonchelo) y Pablo Zapico (tiorba) y su trabajo fue enorme, lo mejor de la noche. El grupo orquestal no llegó a transmitir con el mismo acierto –sin que ello suponga mayor crítica- el color barroco, los acentos propios del estilo dramático de la época, más allá de algunos momentos hermosos. Aarón Zapico trató de conseguirlos pero, fundamentalmente en el acto I, no pudo conseguir ese equilibrio entre cantantes e instrumentistas.

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Por lo que a las voces se refiere, la contralto chilena Evelyn Ramírez encarnó al protagonista con una voz adecuada en timbre pero no suficiente en volumen, sobre todo en las notas graves. Eso sí, demostró capacidad de superación y nos ofreció un acto III más que solvente. La vizcaína Jone Martínez fue la voz mejor emitida, la que mejor llegó hasta la platea; con capacidad técnica para la coloratura, dando a su personaje importante dimensión. Es una cantante todoterreno y lo mismo responde de forma adecuada en la ópera barroca que en un estreno absoluto de estética transgesora. 

No le anduvo a la zaga Shakèd Bar (Alcina), que además de cantar con gusto y volumen supo dotar a su personaje de ese punto de crueldad, de maldad gratuita que desprende. La griega Maria Zoi dio a su Bradamante cierta relevancia mientras que el madrileño Cesar San Martín (Astolfo) enseñó la voz más amplia y aunque es un barítono y no un bajo pasó los graves con suficiencia y mostró un gusto exquisito en sus frases. La asturiana Serena Pérez tuvo problemas importantes para hacerse oír frente al muro de la orquesta y solo al final de la ópera, en el dúo con Angelica pudimos disfrutar de su voz. Finalmente, el contratenor Arnaud Gluck (Ruggiero) pecó de cierta languidez en sus dos arias aunque aportaba una presencia escénica impecable. El Coro Titular de la Ópera de Oviedo dijo sus escasas frases con nitidez y solvencia.

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La puesta en escena, proveniente de La Fenice, de Venecia en coproducción con el Festival della Valle d’Itria de Martina Franca y responsabilidad última de Fabio Ceresa es de una sencillez que abruma. En realidad tenemos dos cuerpos escalonados: en primer plano un puente que se abre desde la mitad creando un espacio pequeño; detrás una concha que recoge el trono de Alcina y que se convierte también en una masa similar a la de un planeta, alrededor del cual se desarrolla toda la acción. Ello solo cambia en el acto III, al desaparecer dicha concha y abrirse el escenario. La escenografía incluye un mitológico animal alado manipulado por actores que dio empaque a la escena.

En definitiva, una sesión interesante porque poder escuchar el Vivaldi operístico es interesante. Oviedo ha arriesgado mucho al programar un título que, no nos engañemos, no es “fácil”. El resultado, sin ser un gran éxito, ha supuesto un espaldarazo a la apuesta. Me alegro por ello y por ellos.

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Fotos: © Iván Martínez