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Che farò senza Cecilia?

Barcelona. 25/11/2025. Palau de la Música Catalana. Orfeo ed Euridice, de Ch, W. Gluck. Cecilia Bartoli, Orfeo. Melissa Petit, Euridice y Amor. Il Canto di Orfeo. Les Musiciens du Prince-Monaco. Gianluca Capuano, director.

Cecila Bartoli ha regresado al Palau de la Música Catalana, auditorio que ha frecuentado a lo largo de su extraordinaria carrera y en el que ha ofrecido conciertos inolvidables. En esta ocasión no lo ha hecho con un recital sino con la versión de concierto semi escenificada de Orfeo ed Euridice de Christoph Willibald Gluck. Una producción procedente de la Ópera de Monte-Carlo, de la que la insigne cantante es actualmente directora artística, con la participación de Les Musiciens du Prince-Monaco, formación creada por ella misma. Es decir, un espectáculo creado ad hoc por y para la mezzo italiana que ya hace tiempo que participa casi exclusivamente en sus propias producciones. Un lujo que solo figuras de la talla y trayectoria de Bartoli pueden permitirse.

En esta ocasión la versión de esta bellísima y trascendental ópera se ha ofrecido en una versión nada habitual. La primera de ellas la estrenó Gluck en Viena en 1762, anticipando las teorías reformistas que el compositor y el libretista Raniero de Calzabigi acabarían por teorizar en la posterior Alceste. Estas dos creaciones constituyeron el principio del fin de la opera seria de espíritu barroco, una sentencia que se confirmaría con la adaptación francesa, Orphée et Eurydice de 1774. Pero entre estas dos versiones, que son las que habitualmente se interpretan, Gluck hizo una tercera que se estrenó en Parma en 1769 en la que el personaje protagonista no era contralto como en la primera ni tenor como en la parisina sino soprano. Esta versión alternativa, una auténtica rareza, ha sido la escogida por Bartoli y sus huestes para esta producción que estos días se verá también en Madrid y Sevilla.

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Les Musiciens du Prince-Monaco, bajo la batuta de su titular Franco Capuano, ofrecieron una lectura plena de contrastes y carga dramática de una partitura compleja a nivel estilístico, pues parte del universo barroco para abrir las puertas a un clasicismo que, en algunos momentos, parece insinuar ya un romanticismo incipiente. No en balde, no solo evidentemente Mozart, sino rasgos del primer Beethoven o incluso Mendelssohn se pueden intuir en esta partitura visionaria. Todas y cada una de las secciones de Les Musiciens du Prince-Monaco rayaron a gran nivel, con destacadas contribuciones solistas a cargo de Pier Luigi Fabretti (oboe) y el flautista Jean-Marc Goujon. Una prestación orquestal de gran nivel como lo fue también la del coro Il Canto di Orfeo dirigido por Jacopo Facchini, empastado, de bello color y gran expresividad en cada una de sus trascendentales intervenciones. Además, como es habitual en este tipo de propuestas semi escenificadas, tuvo que participar en el apartado teatral, por más básico y genérico que este fuera, y lo hizo con eficacia.

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La soprano Mélissa Petit asumió los roles de Euridice y Amor de manera impecable, con una voz lírica no muy amplia aunque de bello color, buena línea de canto y expresivos acentos tanto en los recitativos como en el dúo con Orfeo “Vieni, appaga il tuo consorte” y en su única aria “Che fiero momento”.

Pero, sin duda, el reclamo de la velada era Cecilia Bartoli cuya presencia, una vez más, fue suficiente para llenar el aforo del Palau. No es necesario, a estas alturas, glosar la carrera de una cantante que pasará a la historia por méritos propios. Su carisma escénico, virtuosismo vocal, expresividad interpretativa, rigor estilístico y trabajo musicológico, más allá de gustos, filias y fobias, constituye un hito que la ha convertido en una de las figuras más influyentes y poderosas del panorama operístico del siglo XXI. Además, pese algunas excepciones, siempre ha seleccionado con mucho cuidado su repertorio, sobre todo en escena. Seguramente por eso ha escogido la versión de Parma para esta producción de Orfeo ed Euridice que se adecúa más a una vocalidad fronteriza entre mezzo y soprano en la que siempre se ha sentido más cómoda.

Eso no esconde, de todos modos, un desgaste vocal que se ha ido acentuando en los últimos años. Queda la gran artista, sin duda, pero el instrumento ha perdido lustre, vigor, brillantez y se han acentuado los sonidos artificiosos, así como un vibrato excesivo y permanente. Quien tuvo retuvo y la diva regaló frases y acentos de gran clase, pero en conjunto su Orfeo conmovió más a las Furias que a este oyente. Tampoco contribuyó a ello la sorprendente elección de un tempo vivacissimo en “Che farò senza Euridice” que, aunque pueda ser justificable dramáticamente, distorsionó de manera inevitable un momento de deseada comunión con la admirada Cecilia Bartoli.

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Fotos: © Toni Bofill