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El violín en el alma

Barcelona. 17/01/26. L’Auditori. Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 61 de Beethoven, Sinfonía nº4 en mi menor, op. 98 de Brahms . Sergey Khachatrian, violín. Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya. Eun Sum Kim, dirección.

Sergey Khachatryan, sin duda el violinista de referencia de Armenia de nuestra época (por si acaso, maticemos que Ara Malikian es libanés, aunque de ascendencia armenia) volvió a visitar nuestro país, y en concreto L’Auditori, audiencia con la que sorprendentemente no se reencontraba desde al parecer, su debut en 2016. Aun así, lo hizo por la puerta grande, revisitando nada más y nada menos que el siempre sorprendente Concierto para violín y orquesta op. 61 de Beethoven en un doble programa que ocupó viernes y sábado. El público no quiso perderse la ocasión y el auditorio barcelonés atardeció muy concurrido en la velada del sábado, la primera gran cita de este nuevo 2026 de la OBC, que volvió a contar con la batuta de Eun Sun Kim.

El hecho de ser uno de los conciertos para violín más programados lo convierte, inevitablemente, en un arma de doble filo: por un lado, una obra a primera vista “asequible” por la mayoría de solistas de primer nivel –en el sentido de que se trata de una partitura inmensamente difundida a todos los niveles–; por otro, una prueba de fuego que los confronta con ese mismo legado abrumador de las interpretaciones históricas que han marcado su recepción. Precisamente por ello, se trata de una partitura implacable, capaz de revelar y poner al descubierto –para bien o para mal– cada matiz técnico y expresivo del intérprete –y de su instrumento–. En definitiva, una obra maestra del repertorio interpretada por muchos, pero cuya asimilación plena y profundamente satisfactoria, no está al alcance de tantos.

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La implicación artística e interpretativa del violinista con la partitura fue absoluta, y pudo apreciarse un perfecto equilibrio entre expresividad e introspección. En su expresión facial quedaba patente la profunda significación personal de una obra que permitió su irrupción en la escena mundial, con apenas veinte años, en Nueva York, lució memorablemente en su Stradivarius. A partir de la lectura de Kim sustentada en un tempo equilibrado, el Allegro ma non troppo se desarrolló con acierto, y Kachatryan firmó una entrada impecablemente cristalina, sin abusar de la sutileza de glissando ni del rubato, verdaderamente delicado en las ascensiones del primer tema. La coreana compaginó bien los tresillos del solista con violines y violas durante el segundo tema, y el solista tampoco defraudó en afinación en las distintas yincanas cromáticas. Desarrollo y recapitulación permitieron al armenio alcanzar la casi perfección interpretativa con sutilísimas mejoras, y coronó el primer movimiento con una impecable cadenza (Kreisler) que permitió a la audiencia disfrutar de su destreza con las dobles cuerdas.

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El Larghetto se desarrolló como un bálsamo de cuerdas y el armenio demostró todo su potencial lírico en un trance absoluto, desplegando toda su gama de dinámicas suaves. Especialmente notable fue su intervención en la segunda sección y el bellísimo pequeño solo, perfectamente ensamblado con los pizzicati de la orquesta, cuidadosamente guiados por la directora desde el podio. mostró una claridad rítmica y un empaste sólido, aunque las cuerdas graves sonaron en algunos momentos algo cargadas. Kim supo mantener a raya a unas trompas muy acertadas, con el foco final regresando al solista, que culminó con un final virtuoso e irreprochable. Deleitó al público con un pedazo de su Armenia natal, ayudado por el concertino que le respaldó con un do pedal; una propina que evocaba la esencia del duduk, un instrumento folkórico. Lenta y emotiva, la música dejaba entrever, en sus melodías modales, el sufrimiento histórico de su pueblo, 

La segunda parte la ocupó una elocuente y satisfactoria Cuarta de Brahms , dirigida con decisión por una Kim mucho más animada en lo corporal que en la primera, aunque rehusó en todo momento acaparar protagonismo innecesario . La coreana extrajo lo mejor de una OBC que se adecuó bien a su estilo, y la interpretación se vio favorecida por una precisa y solvente sección de trompas, elemento primordial en la sinfonía, especialmente en los tiempos pares. Optó por tempi equilibrados, idóneos para desgajar la intrínseca relación temática entre movimientos sin perder la nobleza en los pasajes lentos, ni tampoco la bravura de los rápidos –como los feroces destellos de cuerda del cuarto–.

Su batuta enfatizó la tensión de los gestos orquestales tanto en Beethoven como en Brahms y, a juzgar por la intensidad de los vítores, el público acogió con entusiasmo el convincente regreso del solista, la directora y una OBC que deja buenas sensaciones para estos primeros compases del año

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Fotos: © May Zircus