
La mano desnuda
Barcelona. 28/02/26. L’Auditori. Obras de Berlioz y Ravel. Anna Vinnitskaya, piano. Orquestra Simfònica i Nacional de Catalunya. Louis Langrée, dirección.
Anna Vinnitskaya rubricó en L’Auditori el último fin de semana de febrero uno de los capítulos más relevantes de la presente temporada pianística. Hasta en tres ocasiones consecutivas, el público barcelonés pudo escuchar a la pianista rusa en su paso por las dos grandes salas del recinto: la primera, el jueves, en formato solista, con obras de Ravel, Scriabin, Brahms y Rajmáninov; y las otras dos en viernes y sábado —la última es la que ocupa la presente crítica– ya junto a la OBC, para interpretar el peculiar Concierto para mano izquierda de Ravel. Vinnitskaya es una artista que lleva deslumbrando al gran público desde, al menos, 2007, cuando se alzó con el primer premio del Concurso Reina Elisabeth; el impulso definitivo a una proyección internacional que la ha llevado a las salas más prestigiosas del mundo.
En las veladas sinfónicas de viernes y sábado el programa se completó con Hector Berlioz, en concreto, con la obertura de su abandonada ópera Les francs-juges y la colosal Sinfonía fantástica, Op. 14, partitura singular por su concepción programática. Una propuesta de obras naturalmente muy diferentes en envergadura, pero representativas del primer Berlioz, y hasta cierto punto, vinculadas entre sí, ya que parte del material de aquella ópera “perdida” se reutilizó en la sinfonía. El doublet francés contó pues con la oportuna dirección del maestro Louis Langrée, director del Opéra-Comique de París, que en esta ocasión ocupó el podio de Morlot.
Lo que en su origen pudo parecer otro encargo nacido de la adversidad –una obra dedicada a un pianista que perdió el brazo derecho en la Primera Guerra Mundial–, ha acabado por revelarse como un prodigio de concentración pianística, y en el más célebre de los conciertos de piano para una mano. Podría pensarse de hecho, que una sola mano implica la mitad del trabajo, aunque resultaría más bien lo contrario. La aparente limitación se convierte en un desafío amplificado, tanto técnico, como interpretativo, el cual se suma a un nada desdeñable esfuerzo muscular; retos que, en cualquier caso, Vinnitskaya pareció tener bien a raya.

La rusa irrumpió en el mar de graves inicial con tesón y fuerza, y pronto la izquierda escaló en la jerarquía orquestal hasta dominar el discurso, firmando un gran despliegue técnico en la cadenza, que dejó entrever una perfecta concatenación de planos sonoros. Especialmente acertada fue la gestión del pedal, aspecto decisivo –y aquí más que nunca– para equilibrar adecuadamente las resonancias en estos registros particularmente graves.
Recorrió la partitura sin la necesidad de “anclarse” a la banqueta (o al piano) con la mano inactiva, confiándole cierta libertad corporal, y en cuanto a lo importante, lo musical, se mostró conectada a la orquesta gracias a un director muy atento a los puntos de unión, si bien algún enlace entre piano y orquesta sí que resultó levemente dilatado. El festín orquestal se sirvió a lo grande, y la invitada afrontó el virtuosismo con arrojo y pasión, culminando en un final de rotunda contundencia. Una delicada Pavane pour une infante défunte puso el broche raveliano final a los aplausos del primer ecuador.

Antes de Ravel, Langrée se adentró en la pequeña y poco difundida obertura de Les francs-juges con firme pulso y equilibrio en los crescendi, y la sección de cuerda encaró el Allegro Assai en plena forma; un “vermut orquestal” que se desarrolló satisfactoriamente y sin sorpresas. Su lectura de la Sinfonía fantástica, que cerró la velada, fue la de alguien habituado a sostener grandes arquitecturas musicales —como las operísticas—. Durante sesenta minutos el rigor, los finales de frase cuidados, las pausas bien calibradas y una gestualidad exhaustiva y enérgica fueron las constantes vitales de una sinfonía muy viva.
El francés ahondó en las pasiones del compositor en un primer tiempo cargado de drama, iniciado por una densa sección de cuerda que recorrió los distintos elementos temáticos con naturalidad. En particular, el tema de la amada —la llamada idée fixe— fluyó con delicadeza y cuidando adecuadamente su retórica, especialmente en la flauta, y sin subrayados innecesarios. Brilló el vals del segundo tiempo, alternando entre dirigir con batuta y sin, en función del carácter del pasaje, tras el incandescente tremolo de los primeros compases. La escena campestre se desplegó con el espacio y la respiración necesarios, con especial relieve en el evocador diálogo entre el corno inglés y el oboe offstage.
El director se mostró especialmente activo en el podio ya con toda la pirotecnia orquestal desplegada, encarando el colosal aquelarre final con la máxima energía. Particularmente contundentes fueron los pasajes del Dies irae, donde la orquesta ofreció su versión más entregada, dentro de un planteamiento que siempre pensó a lo grande y que entusiasmó a la mayoría del público, cerrando una velada memorable.
Fotos: © May Zircus