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Un Werther a ras de suelo

Bilbao. 20/01/2026. Temporada de Ópera de la ABAO. Palacio Euskalduna. J. Massenet: Werther. Lucía Iglesias (Sophie), Annalisa Stroppa (Charlotte) Celso Albelo (Werther) Ángel Ódena (Albert), Enric Martínez-Castignani (Le Bailli), y otros. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Leioa Kantika Korala. Dirección Escena: Rosetta Cucchi. Dirección Musical: Carlo Montanaro.  

Werther es poesía y dramatismo y no solo porque Werther es un poeta y terminará suicidándose sino porque la ópera se circunscribe dentro del periodo musical del romanticismo más exacerbado, casi hiperbólico. Y además porque la poesía en sí misma está presente, muy presente en el desarrollo dramático de la obra. Werther recoge el tomo que recoge la literatura de Ossian y canta ese momento tan excelso que es Pourquoi me réveiller? Werther y Charlotte han compartido, en el desarrollo de su amor secreto, la poesía como elemento de cohesión entre dos personas que por aquello de los convencionalismos de la época no pueden ni tocarse.

E inicio así mi reseña porque al término de la segunda función de las cuatro previstas del tercer título de la 74ª temporada de la ABAO la sensación que me inundó fue, precisamente, la de la falta de poesía en el planteamiento general. Al final de la primera parte, tras los dos primeros actos, la tibieza del público bilbaíno fue clamorosa, con apenas veinte segundos de aplausos de cortesía. Al final de la función la respuesta fue más intensa aunque muy lejos de otras que en esta misma temporada hemos podido vivir. Y si Werther no nos emociona, si nos deja indiferentes, algo serio ha ocurrido.

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Y es que este Werther no ha alzado el vuelo y bien que lo siento. Su protagonista principal, Celso Albelo, ha vuelto a mostrar sus virtudes y sus cada vez más evidentes limitaciones. Aún guarda la voz para agudos poderosos y timbrados, aún tiene frases de muy buen gusto pero la voz ha perdido brillantez, esmalte y en el caso que nos ocupa, hay que añadir una pronunciación del francés bastante elemental. Toda la primera parte fue anodina y me quedó bastante claro que en la famosa página arriba citada del acto III echó el resto para lograr cierta aprobación del público, cosa que consiguió.

Annalisa Stroppa tiene una voz hermosa, no es muy grande pero es de bello color y cierta intensidad dramática. La lectura de las cartas del acto III fue quizás el momento más emotivo de la velada y ello hay que agradecérselo. En el acto I, recluida al fondo de la casa familiar su voz no salía y era difícilmente perceptible. En cualquier caso pocas dudas quedan para reconocer que fue la mejor intérprete de la noche. Ángel Ódena, dueño de una voz grande y rocosa, parecía poco adecuado para un papel como el de Albert, bastante elemental en el aspecto dramático. Supo servir al personaje y acentuar sus frases de despecho con autoridad.

La joven gallega Lucía Iglesias nos presentó una pizpireta Sophie de hermosa voz, que nos regaló en el final del acto II un diminuendo glorioso. El Euskalduna y sus enormes dimensiones flaco favor le hicieron dependiendo de su colocación en el escenario pero, en cualquier caso, considero que es una soprano a seguir en el futuro. En el resto de los papeles, episódicos y sin trascendencia en el drama, muy bien Josu Cabrero como un sonoro y eficaz Schmidt, más que suficiente José Manuel Díaz como su colega de juergas Johann y menos eficaz el Bailli de Enric Martínez-Castignani. Suficientes Martín Barcelona y Olga Revuelta en sus breves partes.

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La batuta de Carlo Montanaro sacó de la Bilbao Orkestra Sinfonikoa todo el color dramático en los preludios a los actos impares, así como en la transición al acto final, aunque en el aspecto de la poesía que sobrevuela toda la ópera podrían ponerse más objeciones. Recientemente la ABAO ha decidido que la BOS sea la orquesta “titular” de la temporada operística bilbaína y en este aspecto esta función sirvió para corroborar lo acertado de la decisión.

La puesta en escena de Rosetta Cucchi juega, precisamente, con un elemento tan poético como el sueño. Un butacón rojo está omnipresente durante toda la función, a la derecha del espectador y la ópera se inicia y se cierra con Werther en él. Dos actores doblan a Werther y Charlotte y durante los cuatro actos vemos el sueño del poeta, sus anhelos, imaginando la primera relación con la joven, su matrimonio, la llegada de hijos y en el cuarto acto, unos Werther y Charlotte ya ancianos transcurriendo en unión el final de una larga vida. Este es el sueño de Werther; la realidad es otra muy distinta, aquella que transcurre sin que el joven pueda aprehender lo que no es sino simple fantasía.

La casa en la que el alcalde y su prole conviven constriñe en cierta forma el desarrollo de la acción y “secuestra” algunas voces. Y llamativo el hecho de que Charlotte lleve un vestido mientras esté llena debida e ilusión mientras que en la segunda parte viste traje y pantalón, cuando tiene que hacer frente a lo inevitable. Es la de Cucchi una propuesta interesante aunque no muy innovadora.

Preocupante lo de la asistencia del público; en la platea había muchos huecos y hablamos -quizás no sea esto sino simple reiteración porque estamos con la temporada de Bilbao- de un título popular, pero ABAO tiene un problema serio con la asistencia de público. Y me resultó muy llamativo que en mi privilegiado entorno varios espectadores abandonaran el Euskalduna tras el único descanso. Veremos que ocurre el próximo mes con el cuarto título de la temporara, Maria Stuarda, de Donizetti.

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Fotos: © E. Moreno Esquibel