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Tres continentes, un arte

27/01/2026. Vitoria-Gasteiz. Auditorio del Conservatorio Jesús Guridi. Obras de M. Glinka, P. I. Chaikovsky, F. Ibarrondo y M. Mussorgsky. Bomsori (violín) y Euskadiko Orkestra. Dirección musical: Ana María Patiño.

El siglo XX, ese con el que algunos nos identificamos plenamente, tiene mala fama y quizás ganada a pulso: dos guerras mundiales, el Holocausto y la bomba atómica no son, precisamente, los mejores ejemplos para revindicar una época. Pero ese siglo nos dejó, al menos en el caso del arte, bien encaminados en algunos aspectos positivos: uno de ellos, el proceso irreversible de universalización de la llamada música clásica porque ésta, de ser un fenómeno exclusivamente europeo, casi centroeuropeo diría yo, se ha transformado poco a poco en ser un fenómeno universal. Se incorporaron primero Norteamérica, posteriormente Latinoamérica y finalmente unos pocos países asiáticos, los más relevantes hasta ser hoy una realidad, quizás con la única excepción del continente africano. Y no duden que algún día también nos acompañaran en este precioso viaje de la música clásica. 

Con la llegada del siglo XXI este proceso se ha intensificado, además de coincidir con otro justo y necesario: la feminización de la música clásica a todos los ámbitos, no solo en el interpretativo. Sopranos, violinistas y pianistas existen desde hace tiempo, pero hoy ya las batutas y/o las compositoras están dejando de ser noticia por su habitual presencia. ¡Qué nadie se engañe! Quizás estos no sean procesos irreversibles, pero conviene apuntarlos en lo que de mejora global ha supuesto para el desarrollo de este arte. 

Pues bien, el quinto concierto de abono de la Euskadiko Orkestra nos ha presentado a una -insultantemente- joven directora de orquesta colombiana interpretando obras de rusos con una solista surcoreana en un pequeño auditorio vasco. ¿Cabe ejemplo más evidente de esa universalización y de esa feminización? Y, además, hemos disfrutado del concierto, que no es poco.

La estructura del programa, relativamente largo para estos tiempos -Beethoven se reiría de esta apreciación personal- era llamativa. Tres compositores del siglo XIX ruso, pertenecientes al llamado movimiento nacionalista que vivió los últimos años del siglo XIX –y, por lo tanto, los últimos años exitosos del zarismo- asumían la presencia de un compositor vasco vivo, quien puede ser considerado hoy por hoy como uno de los patriarcas de la música culta vasca. Así, con Glinka, Chaikovsky y Mussorgsky se nos aparecía el guipuzcoano Felix Ibarrondo (19439, que próximo a cumplir 83 años nos ha regalado una breve obra, de apenas siete minutos, Gernika, con la que comenzaré la reseña por aquello de destacar el estreno absoluto. 

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Siete minutos estructurados en cinco micro movimientos titulados en euskara y que sitúa el tema del famoso bombardeo de la villa foral vizcaína en un plano más sentimental, más visceral que político o reivindicativo. Cada uno de los micro movimientos se basaba en una familia de la orquesta, que asumía el protagonismo aunque no la exclusividad; así, Oihu lazgarria (Grito atroz) se fundamenta en el trabajo de la percusión; Oinazez (Aflicción) en la cuerda y, sobre todo, en la cuerda grave con la compañía del contrafagot; Zauri bizian (Herida abierta) en el metal, con protagonismo de trompeta y trombón; Gau luze iluna (Larga noche oscura) en el viento y el quinto y último, Mina eta heriotza (Dolor y muerte) en  una serie de sonidos estridentes, jugando con las tesituras más agudas de distintos instrumentos, entre otros, del flautín. Una obra que no casaba con el resto del programa, aunque supongo que se aprovechó su programación al coincidir un número similar de percusionistas con el que exige la obra de Modest Mussorgsky.

Y es que Cuadros de una exposición cerraba el concierto con sus seis percusionistas en la celebérrima orquestación de Maurice Ravel y en el que la exuberancia orquestal del autor de Boris Godunov fue límpidamente descrita por una batuta muy eficiente, la de la colombiana Ana María Patiño y donde todas las familias orquestales tuvieron la oportunidad de dejar huella. Así, los solistas de saxofón, tuba, trompeta o trompa estuvieron a un nivel digno del más sincero aplauso y quiero destacar el lamento del primero en el segundo movimiento, El viejo castillo, de gran emotividad.

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Si nos trasladamos a la primera parte del concierto, una versión vibrante y dinámica de la Obertura de Rusland y Ludmila, de Glinka, muy bien llevada por la batuta nos abrió la boca a lo que para muchos era el plato fuerte de la velada: el reconocido Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 35, de Piotr Ilich Chaikovsky donde la solista invitada, la surcoreana Bomsori nos ofreció un ejemplo de alarde técnico que nos dejó boquiabiertos. Basta con asistir a la cadencia del primer movimiento para poder atender al alto grado de virtuosismo de la violinista y su capacidad tanto de afrontar las notas más enérgicas como aquellas cargadas de poesía del segundo movimiento o las notas sobreagudas afinadas del tercer y último.

En cualquier caso, Bomsori fue capaz de provocar reacción de entusiasmo en el público vitoriano, lo que no es fácil. En sus dos bises fue original: para el primero, habilitó un cuarteto de cuerda con tres miembros de la orquesta que le siguieron con eficacia mientras que en la segunda propina busco el sosiego después de tanto alarde y energía.

Un concierto interesante, una batuta que ha merecido nuestra atención y que enseña un futuro halagüeño, una solista de empaque y capacidad técnica y un arte que, por suerte, cada vez conoce menos de las fronteras que los humanos hemos construido.

Fotos: © Juantxo Egaña