© Javier del Real

BohemiEs XXI

Madrid. Teatro de la Zarzuela. A. Vives: Bohemios. Lucia Beltrán, Cossette. Francisco Cruz, Roberto. Yulietta Quevedo, Roberta. Enrique Monteoliva, Victor. Marta Esteban Ferrera, Juana. Catalina Geyer, Cecilia. Julia Cervera Marsó, Pelagia. Alonso Gabarrús, Marcelo. Tony Iniesta, Luz de Bohemia. Nacho Zorrilla, Girard. Pablo Martinez Gil, Cameramen. Laura Pulido Pariño, crew. Músicos de la Joven Orquesta Nacional de España. Julio Cesar Picos, dirección musical. Nicola Beller Carbone, dirección de escena. Nando López, adaptación del libreto.

 
¿Quienes serían la bohemia del siglo XXI? Esta es la pregunta que se han hecho los que han pergeñado el presente montaje de la zarzuelaBohemios del Maestro Vives para el proyecto Zarza. Y para ello Nando López ha realizado una versión del libreto y Nicola Beller Carbone una dirección de escena que se han adaptado muy bien a esa pregunta, con ingenio y buenos mensajes. El fin de dicho proyecto trata de acercar la zarzuela a nuevas generaciones, y así lo ha cumplido con creces al haber llenado todas las representaciones con adolescentes que se han acercado al genero por primera vez.
 
En esta producción, Bohemios, se presenta de forma ágil y actualizada, pero sin traicionar el espíritu romántico de la obra ni su dimensión emocional. Todo ese idealismo, ese conflicto entre ilusión y realidad, esa idea de la juventud como territorio de pasión, sueños y desengaños, queda intacta en el proyecto aunque sea trasladada a nuestro días. En esta adaptación, la bohemia deja de ser exclusivamente la del artista romántico del París finisecular para convertirse en una metáfora de la precariedad y de la búsqueda de la identidad.
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El proyecto Zarza tiene como elemento distintivo elencos jóvenes, y en Bohemios esto resulta especialmente pertinente, la obra habla precisamente de juventud, aspiraciones y sacrificios. Se aprecia frescura, naturalidad y una menor afectación, y no se evita exponer conflictos muy actuales como el acoso y el abuso de poder, el cambio climático, la exclusión social o la homofobia. Hay que destacar también y aplaudir el adecuado subrayado escénico en los momentos musicales cumbre, como ocurre en el famoso coro o en el poético final. El espectáculo se hace ágil y ameno y así lo certificó el cálido aplauso del público y -lo que es mejor- aunque de manera un tanto naif, se consigue sacudir alguna que otra conciencia y comprobar que se puede actualizar de forma inteligente y efectiva. Muy buena idea el coloquio posterior con el público, donde, aparte de algún rancio exabrupto, emocionaron mensajes de personas de edad avanzada pero con perspectivas abiertas: ni la actualización o no de una obra es sinónimo de calidad, y la edad no determina apertura de miras, y así quedó demostrado en esta representación.
 
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Musicalmente, la partitura de Vives se conserva íntegra, y Julio César Picos -también director- ha realizado un arreglo para pequeña orquesta que funciona estupendamente. La partitura se escuchó, a pesar de la lógica limitación orquestal, con especial riqueza tímbrica, a lo que contribuyeron los componentes de la Joven Orquesta Nacional de España que tocaron con una calidad sobresaliente y que hicieron olvidar en muchas ocasiones la falta de una orquesta sinfónica. A destacar el intermedio instrumental: muy bien perfilado, pujante y contrastado de acentuación.
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El elenco joven sostiene la función con entrega encomiable, consiguiendo una verdadera fuerza de conjunto donde la energía coral transmite esa sensación de comunidad que la producción reivindica. Destacar los protagonistas, en este caso Lucía Beltrán como Cossette, de voz fácil y precisa; y Francisco Cruz como Roberto, con timbre de bello color y cantando con notable efusividad. Tony Iniestasupo sacar buen partido de su personaje bombón llamado Luz de Bohemia, y todos los demás componentes tuvieron un apropiado desempeño: Yulietta Quevedo, Enrique Monteoliva, Marta Esteban Ferrera, Catalina Geyer, Julian Cervera, Alonso Gabarrús, Nacho Zorrilla, Pablo Martinez Gil y Laura Pulido Patiño. 
 
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En el París de fin de siglo, los bohemios eran jóvenes idealistas que vivían al margen de las normas y a quienes la sociedad miraba con desdén, considerándolos excéntricos o provocadores. Hoy, más de un siglo después, esos bohemios podrían ser jóvenes centennials que siguen queriendo cambiar el mundo, que cuestionan el lenguaje, que se nombran en femenino o con “e” -“chiques”- y que por ello siguen siendo observados con incomprensión, aunque lo que molesta no es la “e” sino el cambio. No pasa nada, la historia siempre empieza con los que se atreven.

Fotos: © Javier del Real