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Cuando la música nombra a los muertos

Madrid. 06/03/2026. Auditorio Nacional. XXIV Concierto Homenaje de la Fundación Víctimas del Terrorismo. Benjamin Britten: War Requiem, Op. 66. Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE. Miren Urbieta-Vega, soprano. Moisés Marín, tenor. Sebastià Peris, barítono. Escolanía Sinan Kay. Carlos Miguel Prieto, dirección musical.

Hay obras que no pueden programarse con ligereza. El War Requiem de Benjamin Britten pertenece a esa categoría de música que arrastra consigo el peso del mundo: el de los muertos de todas las guerras, el de las madres que lloran en latín mientras los soldados se despiden en verso. Hoy, no más que nunca, pero tan conveniente como siempre, su mensaje se antoja imprescindible. Que la Fundación Víctimas del Terrorismo lo eligiera para su vigésimo cuarto concierto homenaje dice mucho de la madurez de un ciclo que, edición tras edición, ha sabido convertir el duelo colectivo en acto cultural de primera magnitud. Tal es así que el Auditorio Nacional presentaba -con la presencia de SS.MM los Reyes de España- un lleno absoluto.

Compuesto por encargo para la inauguración de la Catedral de Coventry en 1962 - aquella nave que los bombarderos alemanes habían dejado en esqueleto veinte años antes-, el War Requiem nació como un gesto de reconciliación tan ambicioso como el edificio que lo estrenó. Britten entreteje el texto de la misa de difuntos en latín con los poemas antibelicistas de Wilfred Owen, soldado inglés muerto en el frente siete días antes del armisticio de 1918. La arquitectura es formidable: orquesta sinfónica plena, coro mixto, soprano y un conjunto de cámara que acompaña al tenor y al barítono en los poemas de Owen. Dos mundos sonoros en permanente fricción y, a la vez, en permanente diálogo: el latín de los muertos y el inglés de los que mueren mirándose a los ojos. Pocas veces encontraremos en la historia de la música una estructura más original y sin embargo ejemplarmente entrelazada y coherente con la propuesta y el mensaje que el autor propone.

Carlos Miguel Prieto llevó la dirección con gesto claro y conciso, con la autoridad serena de quien conoce el riesgo de la obra: el de que su complejidad logística aplaste su humanidad. No ocurrió del todo. El director mexicano, frente a la Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE, mantuvo el pulso narrativo y el equilibrio sonoro entre la voz y los vientos con una claridad que benefició especialmente al ensamblaje entre las dos masas sonoras. Suyo fue también el mérito de sostener ese momento en que el mundo litúrgico y el mundo poético convergen y el oyente siente que la música está hablando de algo que ha visto antes. Sin embargo, su atención a la globalidad del discurso vino en ocasiones a costa del detalle, de esa capa interior donde Britten esconde sus verdades más incómodas.

Desde el Requiem aeternam inicial se percibió dónde estaba la asignatura pendiente de la velada: la cuerda mostró una languidez que pedía más laceración, más acidez, más incisión, mientras las campanas marcaban el destino con su pulso implacable. Porque en Britten la languidez no es tristeza convencional: es la conciencia de la desgracia, el reconocimiento del error común a todas las guerras, y eso exige una cuerda sin apenas vibrato, áspera, que hiera antes de consolar. Se echó en falta ese suspiro vocal que no desciende de la melancolía, sino que se eleva desde la desesperanza. 

En el Dies irae los vientos marcaron su parte con nobleza y el coro estuvo afinado, pero le faltó agresividad, una respiración más ajustada y marcada que generara el contraste brutal con la percusión, esa crudeza manifiesta que Britten inscribe en la partitura como si fuera una herida abierta. La mordacidad, el dolor sin ornamento, la tragedia sin paño caliente: eso es el drama britteniano, y anoche se echó en falta con demasiada frecuencia.

Hubo, con todo, momentos de genuina grandeza. El Agnus Dei trajo a Miren Urbieta-Vega en estado de gracia: soprano sobrada de medios, dueña de un timbre brillante que supo modelar con contención y elegancia. Y fue precisamente en ese movimiento donde el juego entre su voz y el coro alcanzó una dimensión diferente, esa zona de la partitura que es bella de un modo que atraviesa el alma, que no explica el sufrimiento, sino que lo ilumina desde dentro. El intercambio entre ambas texturas resultó magnífico, de una luminosidad que contrastó con el resto de la velada y que quizás, por eso mismo, brilló más.

A su lado, el tenor Moisés Marín fue el soldado en el barro, el hombre que recita a Owen con la convicción de alguien que comprende que esos versos no son literatura sino testimonio. Fraseo cuidado, emisión limpia, inteligencia en el peso de cada sílaba. No es baladí porque es preciso recordar que el estreno de la obra lo hizo la pareja del compositor, Peter Pears, para quien compuso la parte del tenor pensando específicamente en la voz, el timbre y la capacidad dramática de su compañero sentimental y artístico. En ese sentido, fue una interpretación de más calado y peso específico, pero no por ello menos sentida y cuidada.

El barítono Sebastià Peris aportó el contrapunto dramático con una proyección que llenó la sala sinfónica del Auditorio Nacional con naturalidad y aplomo. Posee una voz noble que supo adecuar a lo largo de su parte sin perder además un atisbo de interpretación.

El Libera me final fue quizás el momento en que todo encontró su sitio: el crescendo se construyó con más energía que en el resto de la velada, ganando en convicción hasta convertirse en ese grito de desesperación y desesperanza que Britten concibió como colofón de su argumento moral. Fue tarde, tal vez, pero fue verdadero.

La Escolanía Sinan Kay -las voces blancas que en la partitura de Britten representan la inocencia que la guerra destroza antes de comprender qué es la guerra- cumplió con una afinación y una presencia escénica que superó lo meramente decorativo para convertirse en elemento dramático de pleno derecho.

En la sala se encontraban espectadores que habían perdido a alguien. No a un personaje histórico ni a un soldado de otra época, sino a alguien concreto, con nombre, apellidos y fecha. Para ellos, y quizás solo para ellos, el War Requiem alcanza su verdadero sentido.

Britten escribió al inicio de la partitura las últimas palabras de Owen: "My subject is War, and the pity of War. The Poetry is in the pity. All a poet can do is warn." Anoche, en Madrid, la música rozó esa promesa en los instantes más logrados, y aunque no siempre la cumplió del todo, fue, aun así, necesario estar allí.