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La pasión depurada

Madrid. 07/03/2026. Bach: Pasión según San Juan, BWV 245. Orquesta Barroca Divino Sospiro. Nora Era Vocal Ensemble. Andreas Sholl, Rodrigo Carreto, Eunice Abranches de Aguilar. Massimo Mazzeo, dirección musical.

Hay obras que no se pueden escuchar si no se atraviesan. La Pasión según San Juan de Johann Sebastian Bach pertenece a ese puñado de partituras que trascienden la categoría de música para instalarse en la de experiencia. Confieso que quien esto escribe la idolatra, que ha soñado con escucharla bajo la batuta de Klemperer —ese sueño de catedral de granito y lentitud visionaria que sabe que no sucederá—, y que ha encontrado en la versión de Helmuth Rilling  y de Philippe Herreweghe una calidez no menos legítima. Digo todo esto porque la propuesta que el Auditorio Nacional acogió el pasado sábado era otra cosa: una lectura historicista, de formato ligero y plantilla reducida, que no aspira a la grandiosidad sino a la transparencia desde la humildad. Y que, en sus mejores momentos, la alcanzó.

Sobre el escenario, la Orquesta Barroca Divino Sospiro y el Nova Era Vocal Ensemble —dos de las formaciones portuguesas más sólidas del panorama actual— junto a un elenco de solistas que, uno a uno, demostraron estar a la altura de la empresa. Y en el centro de todo, visible, presente, cantando con el coro partitura en mano durante prácticamente toda la velada: Andreas Scholl. Seamos honestos, esto es en buena medida una gira construida en torno a su nombre y, si acaso, montada también para su propio disfrute. Scholl interviene solo en dos arias, pero se pasa el resto del concierto integrado en las vicisitudes del coro con la entrega luminosa de quien ama lo que hace hasta el último compás. Canta, marca el compás con los pies y casi danza sobre el escenario. Hay algo conmovedor en esa generosidad. Y algo revelador.

Compuesta para el Viernes Santo de 1724 e interpretada por primera vez en la Iglesia de San Nicolás de Leipzig, la Johannes-Passion es, respecto a su hermana mayor la Matthäus, una obra más concentrada, más tensa, casi violenta en sus turbas corales. Toma los capítulos 18 y 19 del Evangelio de Juan —detención, juicio ante Pilato, crucifixión, sepultura— e intercala corales luteranos y arias de meditación que interrumpen el drama para proponer la introspección. Bach, que no había cumplido aún cuarenta años, ya dominaba con maestría esa dialéctica entre narración y reflexión, entre el tumulto de la multitud y la soledad del alma creyente. La teología no es aquí ni mucho menos un mero decorado, es estructura celestial.

La apertura fue, como siempre que se escucha en buenas condiciones, un golpe en el pecho. Ese tejido de semicorcheas en los violines —perpetuo, hipnótico, implacable— sobre el que entran las flautas y los oboes en contrapunto y contratiempo, modulando con calculada tensión hasta alcanzar el sol menor donde estalla el coro inicial: Herr, unser Herrscher, "Señor, nuestro soberano". Pocos comienzos en la historia de la música tienen esa capacidad de instalar al oyente de inmediato en otro orden de realidad. Si acaso el Réquiem de Mozart.

Massimo Mazzeo, al frente de Divino Sospiro, eligió un tempo animado y un enfoque más íntimo que grandilocuente, buscando el equilibrio y cuidando los acentos con evidente voluntad de estilo. El resultado fue una lectura honesta, coherente en sus planteamientos, aunque quedó en el camino algo que una versión historicista especialmente invita a esperar: ese filo, esa acidez de la orquesta, ese punto de atrevimiento en el fraseo que convierte la transparencia en tensión y no en mera ligereza. El ajuste entre el coro y los instrumentos reclamó en algunos momentos mayor precisión, y la orquesta pareció, en ocasiones, algo más dócil de lo que la partitura exige. Como si faltara el último grado de riesgo o de viveza sonora, de volar algo más allá de la partitura. 


El Nova Era Vocal Ensemble, dirigido por João Barros, resolvió con tenacidad los momentos más exigentes, a pesar de la juventud general de las voces. Los corales luteranos —ese hilo de piedad comunitaria que Bach teje a lo largo de toda la obra— sonaron con homogeneidad y templanza; las turbas, en cambio, exhibieron algo de falta de la energía y la ferocidad dramática que el texto evangélico demanda cuando la multitud clama por la crucifixión. Fue además una apuesta inteligente la de teatralizar la obra mediante la entrada y salida de los cantantes según su intervención dramática: un gesto que, sin convertir el concierto en escena, ayudó a mantener la línea narrativa enhebrada a lo largo de las dos horas, recordándonos que esta música cuenta una historia y que esa historia tiene cuerpo.

Entre los solistas, el tenor Rodrigo Carreto asumió la parte del Evangelista con una dicción impecable y una capacidad narrativa que sostuvo la tensión del relato durante las casi dos horas de música. ¿Hubo exceso en los acentos y algo de exuberancia de teatralidad en el fraseo? Posiblemente, pero se trata de un papel ingrato en su exigencia continuada —el evangelista habla casi sin descanso, conduciendo la acción dramática con el recitativo como única arma— y Carreto lo resolvió con inteligencia, honestidad y voz bien timbrada.

La soprano Eunice Abranches de Aguiar desplegó en sus arias una musicalidad refinada y una línea de canto de genuina delicadeza. Lucas Mandilo, en el papel de Jesús, sorprendió gratamente por su voz de bello timbre, con la gravedad serena que el papel demanda. Aun así, pareciera que no se creyera su voz, por la dubitativa presencia escénica.  Hugo Oliveira, como Pilato, confirmó su autoridad vocal y serenidad interpretativa. 

 

Pero la noche era, inevitablemente, de Andreas Scholl. A sus cincuenta y ocho años, el contratenor alemán sigue siendo una de las voces más reconocibles del panorama internacional. No porque se haya conservado en formol, sino porque ha sabido que la madurez vocal puede —y debe— convivir con la honestidad interpretativa. Su timbre, ese color entre viola da gamba y oboe que difícilmente se confunde con ningún otro, conserva su pureza de ataque, aunque añade ahora una densidad expresiva que solo dan las décadas de reflexión sobre un repertorio. Es ist vollbracht —todo está consumado—, el aria de contralto del segundo acto fue el momento culminante de la velada: Scholl la condujo desde la resignación más honda hasta el destello de gloria que Bach inscribe en su parte central, con una economía de medios que resultó más devastadora que cualquier exceso emocional. No hay ornamento gratuito en su canto. Hay convicción. Y sabiduría vocal allá donde por edad no luce como antes y sin embargo embriaga como siempre.

Solo el final dejó una sensación de menor plenitud. El coral conclusivo —Ach Herr, lass dein lieb Engelein— es pura poesía teológica, una súplica de descanso y alabanza que Bach construye en ese contrapunto coral donde las voces se entrelazan como un legado espiritual que se entrega al silencio. No es un final triunfal: es un rezo. Una declamación desde la conciencia del misterio, un implorar desde la belleza. Y en esta ocasión quedó algo lánguido, como si la energía acumulada durante la velada se hubiera disuelto antes de alcanzar ese último recogimiento que la música pide. Porque el rezo, cuando es verdadero, también tiene intensidad serena y profunda. Y Bach lo sabía.

Fue, aun con sus muchos matices, una noche en que la música sacra barroca justificó su existencia fuera del templo para el que fue concebida. Porque en manos de estos intérpretes, la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional se convirtió durante unas horas en algo que no es exactamente una iglesia, pero que tampoco es solo una sala de conciertos. Es ese espacio intermedio donde Bach, cuando se lo permitimos, todavía vive. Porque, ¿acaso se puede vivir sin él?