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Descubrimiento y destino

Madrid. 10/03/2026. Auditorio Nacional. Obras de Mauricio Sotelo y Gustav Mahler. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Pequeños Cantores de la ORCAM. Alondra de la Parra, dirección musical. Stefan Dohr, trompa.

El programa 'Una oda a la naturaleza', presentado por la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid bajo la dirección de Alondra de la Parra en el Auditorio Nacional de Música, proponía un arco conceptual claro que no era otro que observar la naturaleza no como mero paisaje sonoro, sino como metáfora de lo humano. La velada se articulaba en torno a dos miradas muy distintas —la contemporánea y la romántica— que, sin embargo, comparten una misma intuición, la de que en el mundo actual late una forma de verdad que la música intenta traducir.

Era además una noche curiosa para ser martes lluvioso de nuevo en Madrid. Entre el público se dejaban ver figuras bien conocidas del mundo musical como Francisco LorenzoÁlvaro Guibert o el siempre inconfundible Alfonso Aijón. Había, por tanto, expectación. La sensación de asistir a un acontecimiento poco habitual, reforzada por la presencia de un estreno absoluto.

 

La naturaleza como descubrimiento: el estreno de Sotelo

La primera parte estaba dedicada al estreno absoluto de Laguna de los pájaros, una partitura concebida para trompa solista, coro infantil y juvenil, coro mixto y orquesta. La obra, encargada por la Fundación ORCAM, toma su inspiración del paraje homónimo situado en la sierra de Guadarrama y plantea un recorrido simbólico por la relación entre el ser humano y el entorno natural.

No es difícil advertir, además, una resonancia cultural más amplia: la evocación de la sierra madrileña trae inevitablemente ecos de aquella tradición intelectual que miró hacia Guadarrama como espacio de pensamiento y formación moral. La obra parece dialogar, de algún modo, con esa sensibilidad que en su día representaron Francisco Giner de los Ríos, Manuel Bartolomé Cossío y el ideario de la Institución Libre de Enseñanza: la naturaleza como lugar de conocimiento y de experiencia espiritual.

En la concepción del compositor, cada elemento posee una dimensión casi alegórica: la trompa representa el espíritu humano, el coro infantil encarna la inocencia del descubrimiento y el coro mixto —junto a la orquesta— despliega la amplitud y fuerza del mundo natural.

Como recordó la propia Alondra de la Parra desde el podio, hay algo particularmente hermoso en asistir al momento en que una obra nace, y más aún cuando lo hace de la mano de un intérprete de referencia como el trompista Stefan Dohr, solista de la Filarmónica de Berlín.

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Musicalmente, la escritura de Sotelo se articula en cinco secciones —Oh laguna…, Hacia la laguna, La tormenta, Dona Laetitia y Finale— en las que el color orquestal adquiere una importancia decisiva. El protagonismo de la trompa —instrumento históricamente asociado a la llamada, al paisaje y a la distancia— se convierte aquí en un eje expresivo que atraviesa la obra.

La interpretación de Stefan Dohr fue sencillamente extraordinaria. Afinación impoluta, sonido de una belleza plena y un fraseo de gran nobleza definieron su lectura. Además, el solista no permaneció estático: se desplazó teatralmente por distintos espacios del escenario, reforzando la dimensión casi escénica de la obra y acentuando la idea de diálogo entre el ser humano y el paisaje sonoro.

La masa coral —con los Pequeños Cantores de la ORCAM dirigidos por Ana González y el Coro de la Comunidad de Madrid bajo la dirección de Héctor Eliel Márquez— aportó una dimensión tímbrica particularmente sugestiva. El timbre infantil no se emplea aquí como mero adorno, sino como elemento estructural que introduce una luz distinta en el tejido sonoro.

La masa sonora general resultó muy lograda. En Hacia la laguna, por ejemplo, la cuerda desplegó efectos sonoros particularmente sugerentes: glissandi que evocaban el viento de montaña, con una textura casi acuática, como si la música se aproximara lentamente a la superficie del agua.

En La tormenta, la tensión dramática creció de manera evidente. La trompa siguió mostrándose inconmensurable mientras la orquesta afrontaba con encomiable esfuerzo una escritura exigente, muy trabajada en la búsqueda de una sonoridad precisa y organizada.

La dirección de Alondra de la Parra mostró un conocimiento fino de los equilibrios necesarios en una obra de estas características. Supo permitir que las texturas respiraran, evitando que la densidad orquestal ocultara el detalle de la escritura vocal y solista. El resultado fue una lectura clara y orgánica de una partitura que, más que describir la naturaleza, parece invocar su misterio.

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Mahler: la naturaleza como destino

Tras el estreno contemporáneo, el programa se cerró con la Sinfonía n.º 1 0Titán' de Gustav Mahler, una obra en la que la naturaleza no es un simple telón de fondo, sino el origen mismo del discurso musical. Antes de comenzar, Alondra de la Parra tomó el micrófono para explicar al público su deseo de abordar progresivamente el ciclo completo de las sinfonías mahlerianas. En un gesto cercano y pedagógico, invitó además al Auditorio Nacional a entonar el célebre Frère Jacques que articula el tercer movimiento. Y el público respondió con sorprendente afinación, creando un momento de complicidad poco habitual en una sala sinfónica.

Compuesta entre 1887 y 1888, la partitura pertenece a un momento en que Mahler aún se mueve entre el sinfonismo heredado de Bruckner y la narrativa literaria que impregnará toda su producción posterior. El célebre comienzo del primer movimiento -Langsam schleppend -con sus armónicos suspendidos y las llamadas lejanas de los metales, sugiere un amanecer musical: un paisaje sonoro que parece despertar lentamente antes de transformarse en marcha vital. De la Parra construyó adecuadamente la arquitectura del movimiento, aunque se percibieron algunos roces y quizá se echó en falta mayor incisividad en las maderas. En algunos momentos apareció cierto desequilibrio entre planos sonoros, acompañado de una tendencia a la lentitud y a la prudencia que terminaba afectando al discurso. Esa búsqueda muy minuciosa del detalle —muy visible en la dirección— provocaba a veces la sensación de que cada elemento quería escucharse con claridad, pero que el conjunto perdía algo de su impulso narrativo. Aun así la orquesta mostró una notable atención al detalle tímbrico, especialmente en las maderas, cuya claridad ayudó a delinear la arquitectura del movimiento.

El segundo movimiento, Kräftig bewegt, sin embargo, funcionó con mayor naturalidad. El ritmo y el carácter del ländler quedaron bien marcados, con texturas claras y un trabajo especialmente sólido en los bajos. El viento mostró aquí una sonoridad muy lograda, mientras que el segundo tema apareció tratado con delicadeza y esmero. En general, en esta lectura se percibía con frecuencia una intención clara: que todo se oyera. Pero en ocasiones esa voluntad de transparencia hacía que el todo perdiera algo de su perspectiva.

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El tercer movimiento, Feierlich und gemessen, se construyó desde un cuidado evidente del fraseo. El oboe ofreció un inicio particularmente original en la presentación del Frère Jacques, aunque quizá hubiera sido deseable una mayor distancia expresiva: más lejanía, más sobriedad vienesa, ese desamor casi seco que caracteriza el humor sombrío del Mahler finisecular. La dirección parecía buscar con insistencia ciertas aristas expresivas, algo que por momentos perjudicaba la continuidad de la línea y del discurso.

El último movimiento, Stürmisch bewegt, comenzó con una transición francamente bien lograda entre ambos movimientos. Aquí apareció una dimensión sonora más amplia, con mayor diversidad de colores, dinamismo e intención dramática. El fraseo aspiraba a proyectarse lejos, aunque no siempre alcanzaba esa melancolía profunda que en Mahler atraviesa el alma. No había, desde luego, concesión a lo sentimental o a lo cursi; más bien se percibía un canto cuidado de la cuerda, un llanto suave que nunca llegaba a convertirse en dolor desgarrado. En la reaparición del primer tema de la sinfonía se percibió cierto carácter efectista, aunque también detalles de gusto y clase. Los pianissimi resultaron delicados, casi intencionadamente sencillos y claros, como si quisieran arrojar una luz tenue sobre ese paisaje sonoro poblado de pájaros y vientos que recorre la obra.

El final, uno de los más impresionantes del repertorio sinfónico tardorromántico, encontró a la orquesta en plena expansión sonora. De la Parra condujo el crescendo final con pulso firme, logrando que la conclusión apareciera no como un mero estallido de volumen, sino como una afirmación progresiva de energía vital.

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Un arco musical coherente

Más allá del contraste estilístico, el programa reveló una afinidad profunda entre ambas obras. En Sotelo, la naturaleza aparece como espacio de contemplación y descubrimiento; en Mahler, como fuerza primordial que impulsa la vida y el destino. 

Es indudable, en cualquier caso, que la orquesta suena bajo la dirección de Alondra de la Parra y que los músicos siguen con convicción el camino expresivo que la directora propone. Esa complicidad entre podio y atriles —con una entrega absoluta por parte de la ORCAM— fue algo que el público reconoció con claridad al final del concierto. 

La velada terminó, así como comenzó: con la sensación de que la música —ya sea desde la modernidad o desde el romanticismo— sigue buscando en la naturaleza una metáfora de lo humano. Y quizá por eso este programa funcionó con tanta coherencia: porque recordaba que, incluso en la sala de conciertos, seguimos escuchando ecos de un paisaje más antiguo que nosotros mismos, que no es otro que el de la propia naturaleza.

Fotos: © David Mudarra