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Un 'joven' de 81 años

La propuesta de la Fundación Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid para este programa titulado Armonías vocales se inscribe en una tradición que, lejos de ser meramente retrospectiva, sigue interrogando el presente desde la palabra cantada. 

El concierto, concebido como un recorrido por diversas formas de expresión vocal, revelaba una idea subyacente, la voz humana no solo como instrumento, sino como espacio de pensamiento musical. De hecho, articulado en torno a dos obras diferentes compuestas en un espacio de 28 años, permitía observar la evolución de la escritura musical. En la página más temprana, la relación entre texto y música responde todavía a una lógica retórica heredera del barroco y el clasicismo de claridad formal, articulación precisa y un fraseo que busca la inteligibilidad antes que la expansión expresiva. 

En contraste, la composición posterior, nos abre el campo a una subjetividad más marcada. Aquí la voz se emancipa progresivamente de la estructura para convertirse en vehículo de interioridad. No es casual que la interpretación de este repertorio requiera una “elasticidad expresiva” capaz de conjugar precisión técnica y libertad poética. 

Por eso, había cierta la intriga inicial sobre si estas cualidades emergerían en una tarde de lunes de inicio de semana madrileña. Y vaya si lo hizo. La entrada de William Christie —un “joven” de 81 años— marcó ya el tono de la velada. Paso firme, presencia sobria, gesto contenido pero elocuente. Apenas unos segundos bastaron para que el escenario quedara bajo su gravedad musical. Ese breve tránsito hasta el centro de la sala anticipaba algo esencial. No habría aquí dirección ornamental, sino construcción viva del sonido, desde lo más profundo de la propia ética musical.

A partir el primer compás, se percibió una clara voluntad de estilo por parte de la Orquesta y director, cuya lectura mostró una atención escrupulosa al equilibrio entre masa orquestal y emisión vocal, evitando el riesgo frecuente de someter la palabra al peso sinfónico. En repertorios de esta naturaleza, la tradición interpretativa ha insistido en la necesidad de “respirar con el cantante”, una premisa que aquí se cumplió con notable coherencia.

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El recorrido se iniciaba con un Wolfgang Amadeus Mozart de juventud —unas letanías compuestas cuando apenas contaba 19 años— donde ya se advierte esa tensión entre herencia y afirmación personal. El Kyrie impresionó no solo por su articulación sonora, sino por la propia fisicidad de la dirección. Las manos de Christie no marcaban simplemente el tempo, sino que dibujaban la música en el aire, delineando cada entrada con una precisión casi coreográfica. La orquesta respondió con una musicalidad atenta al detalle, especialmente en unas maderas de refinada intervención, mientras el coro —preparado por Thibaut Lenaerts— ofrecía un empaste sólido y una afinación de notable rigor.

En el Sancta MariaSong Hee Lee desplegó un canto elegante, de línea cuidada y musicalidad sincera. Más irregular resultó el empaste entre Helen Charlston y Moritz Kallenberg, cuyos timbres, sin embargo, interesantes en sí mismos, no llegaron a encontrar una consonancia plenamente orgánica. Sreten Manojlović, por su parte, sostuvo el estilo con solvencia, proyectando la voz con nobleza y adecuación estilística.

El trabajo coral mostró firmeza en el contrapunto y una integración bien calibrada con la orquesta, si bien en el Salus infirmorum cabría haber esperado una mayor contundencia expresiva. Resultó particularmente revelador el Regina angelorum, donde Christie pareció dirigir desde una dimensión casi danzada, marcando entradas con el cuerpo, “zapateando” levemente el pulso, sumergiendo a músicos y solistas en un gesto común donde la precisión y la libertad convivían con naturalidad.

En el Agnus Dei, la soprano volvió a destacar por una afinación segura, un fraseo bien sostenido y una coloratura resuelta con aparente facilidad. El registro agudo emergió firme, terso, sin vibrato innecesario, quizá no de belleza tímbrica excepcional, pero sí de una musicalidad incuestionable. Aquí, además, el equilibrio entre coro y orquesta alcanzó una calidad particularmente envidiable.

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La segunda parte del programa nos trasladó a otro horizonte estético con Joseph Haydn, en una obra de senectud donde la escritura adquiere una densidad expresiva distinta. El timbal inicial parecía anunciar ese cambio de dimensión, un claroscuro sonoro que Christie supo desentrañar con inteligencia, articulando el diálogo entre cuerdas y maderas en un tono menor que elevaba la escucha hacia una suerte de recogimiento luminoso. No se trataba de una piedad desgarrada, sino de una imploración serena, casi redentora.

En el Gloria y el Credo, la orquesta trazó con claridad el soporte del discurso coral, destacando la limpieza de la cuerda y la finura de las maderas. Helen Charlston ofreció un canto templado, de timbre profundo, aunque nuevamente el empaste con la soprano no terminó de resolverse con plena naturalidad -quizá una cuestión de armónicos, de colores que, sin ser incompatibles, no terminan de fundirse-. En cambio, la conjunción entre soprano, tenor y bajo-barítono generó momentos de verdadera cohesión expresiva.

Christie pareció inclinar la balanza hacia una grandeza elevada más que hacia el dramatismo explícito. Hay en su lectura una narrativa que se despliega casi como una danza, el pulso rítmico se articula con una flexibilidad que nunca traiciona el contrapunto, mientras las dinámicas fluyen con naturalidad y la línea melódica se mantiene siempre coherente, pulcra, dotada de sentido.

El Sanctus recuperó un empaste coral particularmente logrado, en diálogo con una cuerda que sugería más que imponía, en una suerte de economía expresiva que recordaba que, a veces, decir menos es decir mejor. El Benedictus, de impecable factura, condujo a un Agnus Dei donde la cuerda dialogó con el cuarteto vocal con precisión camerística, jugando con las dinámicas en una escucha mutua constante.

Y aún quedaba espacio para la sorpresa. Como bis, y de manera poco habitual, la interpretación del sublime motete Ave verum corpus de Mozart, que se ofreció con una espiritualidad casi íntima, de recogimiento casi litúrgico, que dejó al auditorio suspendido en un silencio denso y elocuente. La ovación, larga y sincera, condujo incluso a la repetición de uno de los números de la misa de Haydn, confirmando —si aún fuera necesario— la capacidad de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid para abordar este repertorio con solvencia y profundidad.

¿No reside precisamente en esa conjunción entre rigor, escucha y entrega la verdadera esencia de la música? La velada pareció responder afirmativamente bajo la guía de un enorme Christie, pues todo pareció encontrar su lugar en un equilibrio tan frágil como profundamente humano.

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Fotos: © Borja González