
Cuando la palabra es la que canta
Madrid. 15/03/2026. Teatro Real. J. B. Lully: Armide. Stéphanie d’Oustrac, Armide. Cyril Auvity, Renaud. Tomislav Lavoie, Hidraot/Ubalde. Marie Pervost, La sabiduría/Phenice/Mélisse. Victoire Bunel, La gloria/ Sidonie/Lucinde. Timothee Varon, El odio/Artemidore. David Tricou, Un amante afortunado. Igor Bouin, Aronte. Virginie Thomas, una ninfa. Jeannette Lefort, una pastora. Le Poéme Harmonique. Vincent Dumestre, dirección.
“Los franceses no tienen música y no pueden tenerla” esto es lo que escribió Jean-Jacques Rousseau en su Lettre sur la musique française en el año 1753, y con esto criticaba especialmente el estilo operístico iniciado por Jean-Baptiste Lully que, según él, estaba demasiado ligado al idioma francés y carecía de verdadera melodía. Es un momento donde había un debate muy fuerte en Francia y unos defendían la tradición francesa instaurada por Lully y Rameau, y otros como Rousseau, estaban claramente del lado italiano, criticando la rigidez -según ellos- del recitativo, la excesiva importancia del texto, y la falta de melodías largas y cantabiles.
Es a partir de 1672, en el momento que Luis XIV crea l’ Académie royale de musique bajo la dirección de Lully con el fin de representar ópera francesa, cuando quedan definidos los rasgos característicos de la tragédie lyrique a la que pertenece Armide distinguiéndose decididamente de la ópera italiana con unas características muy propias, como ser un espectáculo eminentemente cortesano, el uso de la obertura francesa tripartita, la organización en cinco actos más un prólogo (frente a los tres italianos), rechazo del timbre de castrato con preferencia por la voz de haute-contre, importancia de los números de ballet, búsqueda de la verosimilitud vocal a través del uso del recitativo, unión de escenas (con frecuente uso de notas de paso en el bajo continuo para unir una escena con otra) o predominio del legato y claridad en la dicción adaptándose al idioma francés.
Es una “reforma” que influirá definitivamente en el desarrollo de la ópera francesa posterior que anticipa claramente a la iniciada por Glück, compositor que admiraba claramente a Lully y que incluso utilizó el mismo libreto de Philippe Quinault de la Armide de Lully para componer su ópera Armida. Berlioz también destacó la capacidad de Lully considerando que tenía un instinto teatral extraordinario; y esa claridad, declamación natural y relación estrecha entre palabra y música fue algo que incluso Claude Debussy valoró positivamente pudiéndose sentir ese precedente en su Pelleas et Melisande.

Le poème harmonique dirigidos por Vincent Dumestre han vuelto al Teatro Real después de presentarse hace tres años con un extraordinario Coronis de Sebastian Duron, obra que habían llevado a varios teatros de Francia y que -siendo bastante coetánea de Armide- sale muy bien parada en el recuerdo frente a la francesa; algún teatro español haría bien en reprogramarla. Tanto el coro como la orquesta demostraron un dominio claro del estilo, destacando especialmente en la difícil gestión de la constante variación de tempi y los cambios de ritmo ternario a binario (y viceversa). La imparable concatenación de hemiolias, tan característica de esta tragédie lyrique, podría convertirse en auténticas trampas si no se ejecuta con precisión, pero ambos conjuntos lograron superarlas con soltura y musicalidad. Dumestre demostró dominar la obra y consiguió emanar fluidez uniendo los diversos episodios llevando a buen puerto la partitura aunque con un cierto abuso en ocasiones de sonidos hinchados un tanto artificialmente.
Stéphanie d’Oustrac regresaba al Teatro Real tras cantar Carmen en 2017 para hacerse cargo de la protagonista de Armide, y lo hizo con una emisión un punto tirante y no del todo “morbida” pero supo mantener una actitud muy actoral durante todo su exigente cometido destacando en su psicólogo monólogo del segundo acto cuando la hechicera encuentra dormido a su enemigo Renaud y tiene la oportunidad de matarlo pero se establece una lucha interna entre el odio, el deber y el amor.

El contrapunto lo dio Cyril Auvity como enemigo de Armide pero al mismo tiempo objeto de su amor, cantando el personaje de Renaud. El tenor francés, con tendencia a la nasalidad, cantó muy en estilo haciendo de haute-contre y destacó en su Bella escena del sueño, mientras que David Tricou, también tenor, sobresalió cantando como caballero danés y un amante afortunado. Sonoros y efectivos Tomislav Lavoie y Timothée Varon cantando diversos personajes con voces graves; y cumplidoras Marie Perbost y Victoire Buñuel soprano y mezzo respectivamente. Igor Bouin, Virginio Thomas y Jeannette Lefort cantaron el resto de personajes menores con adecuada corrección.
Con esta Armide, sumada a otras producciones de los últimos años, se cubre parcialmente el vacío que existía en la programación del Teatro Real respecto a la ópera francesa de los siglos XVII y XVIII. Queda, sin embargo, pendiente atender el mismo periodo de obra escénica española, donde autores como Nebra siguen todavía ausentes, un espacio que al Teatro Real le corresponde explorar y con el que, seguro si lo hiciese, obtendría muchos éxitos. Veremos.
