© Antoni Bofill 

La indomable

Barcelona. 16/03/2026. Auditori de Barcelona. Ciclo Bcn Clàssics.  M. Ravel: Suite Ma more l’Oye. L. Van Beethoven: Concierto para piano núm. 1 en Do mayor, op. 15. F. Mendelssohn: Sinfonía núm. 4 en La mayor, op. 90 (Italiana”). Martha Argerich, piano. Orchestra della Svizzera italiana. Charles Dutoit, dirección musical.

Con su legendaria melena gris, su escueta figura pero siempre expresiva y carismática, la decana del piano mundial, Martha Argerich volvió a asombrar con su sonido puro, cristalino y luminoso, con una naturalidad, técnica y facilidad envidiable a sus admirables ochenta y cuatro años.

Compareció Argerich arropada por una orquesta de sonido sedoso y homogéneo, la más que competente Orchestra della Svizzera italiana, y junto con el director suizo Charles Dutoit, ex marido de la pianista argentina y en forma a sus ochenta y nueve años. Formación y batuta correspondieron al genio de Argerich con finura y empatía para seguir la estela del temperamento de una pianista que sigue siendo un alma libre e indomable.

A modo de entrante volátil y atmosférico, el concierto comenzó con una lectura de la Suite de Ma mère l’Oye, de Maurice Ravel, donde Dutoit incidió en la ensoñación mágica de la obra. Secciones flexibles, sonido algodonado y preciosismo en las intervenciones solistas de flautas, flautín, oboe y clarinete, en un conjunto sonoro más impresionista que teatral.

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Pero fue con la entrada de Argerich, ovacionada en su aparición en el escenario como se reconoce a las grandes, donde el concierto tuvo su clímax. La presencia de Argericha era la razón de un Auditori a rebosar para disfrutar de una pianista que ya forma parte de las leyendas de la historia de la interpretación del s.XX.

Dutoit afiló los tempi con Beethoven, aligeró las dinámicas y dejó aflorar el espíritu protorevolucionario de la música del compositor de Bonn, para dar la entrada al piano. La inalterable capacidad virtuosística de Argerich se mostró desde las primeras notas, en un Allegro con brio donde escalas, arpegios y lucidez de sonido se mezclaron con el discurso orquestal de manera alquímica. La espontaneidad de los motivos, la profundidad de la digitación de Argerich y su contagiosa naturalidad, auparon el movimiento que se precipitó en un discurso lleno de frescura y lirismo. Con una cadenza y coda que fueron borbotones de luz hecha sonido, se dio paso a un Largo donde Argerich volvió a estremecer.

Construyó el movimiento en un alarde de tempo suspendido en armonías que trascendieron los poco más de diez minutos que dura el movimiento. El discurso musical se volvió trascendencia y contemplación reflexiva, el fraseo acariciante, una mezcla entre seducción y elegante picardía brotó en el diálogo orquesta-solista, con un resultado hipnótico. La claridad expositiva, el aroma mozartiano y la expresión beethoviniana se fusionaron en una catarsis sonora imborrable.

El Rondo. Allegro scherzando fue el final triunfante del piano y su voz teatral en el entramado de tensiones estructurales y expresivas del movimiento. Pletórica, Martha Argerich volvió a mostrarse como un personalidad pianística abrumadora y siempre asombrosa.

Las ovaciones y cariño del público la volvieron a sentar al piano para un regalo en forma de propina. Su también característico Scarlatti de la sonata Kk141, un caballo de batalla ganador que interpreta como nadie, indómita y libre.

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La segunda parte del concierto tuvo una interpretación, algo precipitada al inicio, de la icónica “sinfonia italiana” de Mendelssohn, donde Dutoit y la orquesta quisieron seguir con la llama ígnea que Argerich había dejado en el escenario. 

El Allegro vivace se presentó con sonido proteico y un tiempo relampagueante, en una fina linea entre atropellamiento y el abismo impulsivo. La Orchestra della Svizzera italiana respondió con dinamismo y energía entre unas secciones bien empastadas, de cuerdas de sonido frondoso y unos vientos que dibujaron las sinestesias paisajísticas de la partitura. 

El caracter ostinato del Andante con moto se presentó con holgura expresiva desde una maderas sin mácula, mientras que en el Con moto moderato resaltó el trabajo de las trompas en su cometido bucólico y naturalista, con un elegante gesto de Dutoit en la búsqueda de la ligereza y claridad de los tempi

El siempre empático Saltarello. Presto final, cerró con vibrante ritmo y atención a los colores para una lectura final de innegable calidad orquestal en una interpretación, con todo, a la estela inalcanzable de esa diva de las teclas llamada Martha Argerich.

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Fotos: © Antoni Bofill