Argerich_Dutoit_Ibermusica26_a.jpg© Rafa Martín | Ibermúsica 

Los ochenta son los nuevos treinta 

La velada de Ibermúsica con la Orchestra della Svizzera Italiana se inscribió en esa rara categoría de conciertos en los que la expectativa no es un elemento añadido, sino casi el punto de partida. En el centro, la presencia magnética de Martha Argerich, figura que pertenece ya no tanto a una generación como a la propia historia viva del piano, y la dirección de Charles Dutoit, que desde su sola aparición —sin podio— parecía ya enunciar una declaración de intenciones.

El programa, inteligentemente construido, permitió escuchar a la orquesta en dos planos complementarios: el sinfónico puro y el diálogo concertante, articulados en torno a tres universos bien diferenciados: la delicadeza narrativa de Maurice Ravel, el clasicismo en tensión de Ludwig v. Beethoven y la pulsión lírica de Felix Mendelssohn.

Permítanme añadir —con cierto atrevimiento— algunas líneas a las palabras que mi admirado Jordi Maddaleno dedicó a esta misma velada, con idénticos intérpretes y programa, el pasado lunes en Barcelona. Al fin y al cabo, Barcelona y Madrid no dejan de ser vasos comunicantes: dos miradas distintas, sí, pero profundamente complementarias sobre una misma experiencia musical.

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La primera de las obrasMa mère, l’Oye de Ravel, ofreció a la formación suiza la oportunidad de mostrar un sonido de gran claridad estructural desde un planteamiento que huía deliberadamente de lo grandilocuente. Dutoit, prescindiendo del podio, pareció buscar una atmósfera más íntima, casi de música de cámara, como si quisiera reducir la distancia entre gesto y sonido. El fraseo se construyó desde la belleza intrínseca de la partitura, desde un cuidado extremo de la batuta que permitió que, sin forzar, la orquesta creciera de pronto y se hiciera “grande”.

Los planos sonoros se edificaron desde la escucha, desde una delicadeza compartida entre los músicos que hacía de cada intervención un gesto significativo. La idea de Ravel se desentrañó con sentido: la historia no solo se sugería, se oía, se vivía y, por momentos, se relataba. Había un camino claro, trazado por Dutoit, que no era otro que la búsqueda de la belleza del sonido sin perder nunca la línea ni el discurso. Su propuesta —casi una forma de socialismo musical— cuidó a todos los grupos instrumentales, otorgando voz y responsabilidad a cada sección.

Así, lo que en esencia son pequeñas piezas adquirió una dimensión mayor, tal y como probablemente Ravel imaginó: miniaturas que, miradas con esta profundidad, se expanden sin perder su esencia. El final fue especialmente revelador en este sentido: magistral en la construcción del arco global, atento al detalle sin perder la visión del conjunto. No hubo grandilocuencia, sino una sinceridad musical absoluta, y sobre todo, una sensación de equilibrio, de dejar que la música suceda sin imponerle un gesto externo.

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Pero era inevitable que el centro gravitatorio de la noche fuera el Concierto para piano n.º 1 en Do Mayor, op. 15 de Beethoven. Y ahí apareció Argerich.

No tanto como una solista que “entra” en escena, sino como alguien que ya habita la música antes de que esta comience. Lo extraordinario en ella -y quizá ahí radique el secreto de su permanencia- es que no hay gesto retrospectivo, no hay nostalgia en su manera de tocar. No se escucha a una leyenda: se escucha a una música en presente.

Desde los primeros compases, su sonido se impuso no por volumen, sino por densidad expresiva. Hay en su toque una mezcla muy poco frecuente de impulso y control, de espontaneidad y lucidez. Cada frase parece nacer en el instante, pero está construida con una lógica interna implacable.

En el Allegro con brio, quizá se echó en falta por parte de la orquesta algo más de firmeza inicial, mayor contraste -menos ligereza para un Beethoven que, aun temprano, ya es plenamente Beethoven- Pero la entrada del piano disipó cualquier duda: clara, contundente, decidida, natural, cantada. Bellísima. Es Marta. Argerich. A sus 84 años.

Ella se balancea con la orquesta, modela un fraseo casi marmóreo, con un sonido que oscila entre lo aterciopelado y lo contundente. Las escalas fluyen con una naturalidad desconcertante; las notas parecen caer de sus dedos sin esfuerzo. Hay en ella tal cantidad de musicalidad innata que desborda, que incluso abruma.

En el Largo, el tiempo pareció suspenderse. El uso del pedal fue magistral: resonancia plena, pero nunca turbia; un legato que invitaba a la rendición. El diálogo con las maderas alcanzó una ternura desarmante, de esas que no se construyen, sino que simplemente suceden.

El Rondo. Allegro scherzando fue, en cambio, puro pulso vital: trepidante, ágil, lleno de complicidades. El “tico tico” rítmico, marcado y sugerente, articuló un verdadero juego entre orquesta y solista. Argerich escucha -y ve- a la orquesta, se integra en ella como si fuera una madera más, un viento más. Su magnetismo no nace del gesto, sino de una frescura que parece incompatible con cualquier cálculo. La transición final, de una belleza inmensa, dejó una sensación de cierre orgánico, inevitable. Porque donde Argerich sigue siendo irrepetible es en el riesgo. En esa ligera inestabilidad buscada que convierte cada interpretación en algo irrepetible. Hay momentos en los que parece que la música va a desbordarse, a ir más allá de sus márgenes, y sin embargo todo encuentra su lugar. Ese filo -esa tensión entre control y abandono- es lo que la mantiene en una dimensión distinta.

La orquesta lejos de limitarse a acompañar supo integrarse en ese discurso, escuchando y reaccionando con inteligencia. Hubo un verdadero diálogo, no siempre perfecto —y ahí reside también su verdad—, pero sí profundamente musical.

La propina, la Sonata K.141 en re menor,  de Domenico Scarlatti, fue casi una confidencia: resuelta con la autoridad de quien ha vivido toda una vida en el teclado, transitando de lo apabullante a la naturalidad más desnuda.

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La segunda parte del concierto nos llevó a la Sinfonía núm. 4 en La mayor, op. 90 (Italiana”) de Mendelssohn, donde la orquesta volvió a mostrarse como un organismo dúctil, aunque no exento de matices.

El Allegro vivace arrancó con energía, pero se echó en falta un mayor contraste en los planos dinámicos. Aun así, Dutoit mantuvo un fraseo cuidado, con una afinación y empaste notables en una orquesta de dimensiones contenidas. El contrapunto apareció bien delineado, si bien podría haberse afinado más en la precisión de los acentos. La batuta sostuvo con inteligencia los crescendi, devolviendo siempre el protagonismo al tema principal.

En el Andante con moto, más “moto” que “andante”, Dutoit dibujó con la mano izquierda los contornos del discurso, perfilando los temas con claridad. Sin embargo, la estructura, aun bien construida pareció necesitar un punto más de definición interna. La partitura estaba “amueblada” pero faltaba el calor del hogar.  El sonido, en todo caso, permaneció cuidado, y las texturas respetaron el sentido profundo de la partitura.

El Con moto moderato trajo consigo un cambio de densidad expresiva. De pronto, la música adquirió mayor carga emocional: los trinos de las cuerdas vibraron con nitidez, los acentos dotaron de intención al fraseo. Los temas se expusieron y entrelazaron con ligazón, destacando unas trompas delicadas y un fagot especialmente elocuente que anunciaba el giro al tono menor. Hubo una lógica de pregunta y respuesta que encontró su resolución en un empaste final de la cuerda verdaderamente logrado.

El Saltarello. Presto cerró la obra con impulso y precisión. El concertino y la viola principal firmaron intervenciones de gran calidad, con un golpe de arco certero, enérgico sin agresividad. El timbal, lejos de limitarse al sostén rítmico, marcó el pulso mendelssohniano de la vida:  la de un joven de 89 años -con la vitalidad de quien desafía el tiempo – que condujo a la orquesta desde una empatía palpable, como si aún buscara, en cada gesto, ese lugar donde la música deja de ser interpretación para convertirse en experiencia compartida.

Al final, más allá del éxito evidente, quedó la impresión de haber asistido a algo que trasciende la mera ejecución. Desde ahí surge la melancolía de la certeza, la que nos muestra que no nos quedan muchas más oportunidades de vivir con ellos - y a través de ellos - esa manera de hacer y ser música. Porque Argerich —y, en otra medida, también Dutoit— no representan solo una forma de crear música, sino una manera de estar en ella: desde la escucha, desde el riesgo, desde una verdad que no necesita imponerse.

Y eso, a estas alturas, no es solo admirable. Es, sencillamente, necesario.

Fotos: © Rafa Martín | Ibermúsica