© Michael Bode
El compositor y el intérprete
Baden-Baden. 1/4/2026. Festspielhaus. Bruch: Concierto para violín. Mahler: 5ª Sinfonía. Daniel Lozakovich, violín. Royal Concertgebouw Orchestra. Dirección: Klaus Mäkelä.
Creo que la mayor virtud que mostró el director finlandés Klaus Mäkelä es la conexión que establece con el compositor. Es una especie de “médium” que nos transmite el pensamiento del autor de la obra que interpreta a través de su batuta y de su interpretación. Esa interacción entre compositor e intérprete se pudo apreciar claramente en la lectura de la 5ª Sinfonía de Gustav Mahler interpretada dentro del primer concierto que dirige junto a la Royal Concertgebouw de Amsterdam enel Festival de Pascua de Baden-Baden de este año.
Aparte de los detalles técnicos que luego comentaré, lo que más me impresionó es cómo Mäkelä nos muestra una narración de aspectos biográficos de Mahler. Cómo cada movimiento nos encaja con un recuerdo, con un momento de la vida del compositor austriaco. Deja a un lado la narrativa propia y se adentra en buscar el “alma” de cada tiempo, de cada parte en la que se divide la sinfonía, que comienza con una remembranza de la música judía, de los funerales que Mahler vio en su Bohemia natal.
En Trauermarsch la impronta judía siempre estuvo ahí, por mucho que el compositor se convirtiera en católico para dirigir la Ópera de Viena. Y ese sustrato hebreo surge en sus obras, y se celebra, no se esconde. En el segundo movimiento el director nos muestra a un compositor lleno de contradicciones, de impulsos a veces contrarios, de un alma que sería quizá exagerado llamar atormentada pero que sí se siente en duda constante. El Scherzo es el triunfo de los recuerdos de juventud, de fiestas de domingo con la banda militar tocando valses en el quiosco del parque. Un mundo mucho más colorido que en los dos movimientos anteriores.
Para el famoso Adagietto, Mäkelä opta por alejarse de lo más almibarado y mostrarnos el bellísimo movimiento como el caminar de un hombre enamorado pero con la sabiduría (o no) que da el amor maduro. El final es un canto de esperanza, un homenaje al paisaje de su refugio veraniego en Maiernigg, en Carintia, donde componía su música lejos de la vorágine de Viena. La explosión musical y los ritmos alegres impregnan de esperanza el futuro.

¿Pero cómo consigue el director transmitir (o transmitirme a mí) esas sensaciones? Pues con una seguridad pasmosa sobre lo que quiere contar. Cada gesto, cada movimiento, es una invitación (o una orden) a la orquesta para que convierta en sonido su idea de la música de Mahler. Construye una trama donde cada tramo de la partitura tiene una lectura de tiempo distinta, acorde a la idea del director. A veces, oídas por partes, estas divisiones en los tempi puede resultar contradictorias, pero, como un puzzle, Mäkelä va uniendo piezas, va dando forma al monumento que es esta sinfonía (como todo Mahler a mi entender). Gestualmente es muy expresivo, no hay duda de lo que quiere marcar, no hay duda de sus objetivos. Hay pasión, entrega y pleno conocimiento de donde quiere llegar ¡Y cómo llega! Volviendo loco a un público totalmente entregado a su manera de ver a ese Mahler tan mágico y transparente a la vez.

Pero claro, hablamos del compositor, hablamos del director ¿y la orquesta? Mäkelä puede hipnotizar a los oyentes porque a sus órdenes tiene una orquesta magnífica, sin duda entre las tres más grandes del mundo, la del Royal Concertgebouw de Amsterdam. El sonido de este conjunto es realmente excepcional, con unas cuerdas aterciopeladas, de un color levemente más oscuro que el de otras orquestas, una madera enérgica y metódica y un apabullante metal, que en esta obra destacó especialmente. Hay buen entendimiento entre orquesta y director y este puede plasmar perfectamente sus ideas con la inteligente interpretación de los músicos, capaces de hacer que cada familia orquestal sea como un solo instrumento. Destacar el trompeta solista, de una brillantez espectacular, con un comienzo de la sinfonía único. También dio lo mejor la primera trompa, en una obra que exige mucho a este instrumento. Y podríamos seguir así con cada uno de los atriles. Simplemente, y me reparto, son mágicos.

Antes de Mahler, habíamos disfrutado de un excelente Concierto para violín de Max Bruch, con el joven Daniel Lozakovich como solista. La excelencia de este violinista sueco fue palpable desde la primera nota consiguiendo una naturalidad en su exposición poco común. Apoyado en un director que le dejó libertad en su parte, Lozakovich fue desgranando las notas de este bellísimo concierto, casi la única obra que se programa regularmente de Bruch. Un maravilloso y enloquecedor Capriccio de Paganini demostró, como propina, de lo que es capaz el violinista con el sonido de ese maravilloso stradivarius que tenía entre manos. Espectacular.
© Michael Bode