© Mario Wurzburger
Por los servicios prestados
Barcelona. 21/04/2026. Palau de la Música Catalana. Sondra Radvanovsky, soprano. Anthony Manoli, piano.
Sondra Radvanovsky mantiene una relación intensa y especial con Barcelona. Sus actuaciones en el Gran Teatre del Liceu durante los últimos años la han convertido en una de las cantantes más queridas y apreciadas por el respetable. Para la historia quedan, entre otras, funciones tan memorables como las de Andrea Chénier de 2018 o aquel emotivo recital junto a Piotr Beczala en plena pandemia. Sus últimas actuaciones en el teatro de Las Ramblas fueron el año 2023, pero pese a su presencia regular en ese escenario nunca había subido al del Palau de la Música para ofrecer un recital. Ese esperado momento ha llegado ahora, aunque el resultado de este reencuentro no ha sido ni mucho menos el esperado.

Antes de empezar el recital se anunció por los altavoces un resfriado de la cantante que no le impediría cantar, pero que apelaba a la comprensión del público. Quizás la preocupación y las dudas a causa de ese estado febril generaron el nerviosismo con el que salió al escenario, provocando uno de los inicios de recital más esperpénticos que uno ha presenciado. Las primeras frases de la célebre canción de Rachmaninov “Ne poy, krasavitsa” mostraron una voz descontrolada, de sonido hiriente, algo en cierto modo comprensible dada la situación. La cosa empeoró cuando la cantante se perdió a media canción, tratando de disimularlo con poca maña. Finalmente se vio obligada a parar y retomar la pieza, pero, incomprensiblemente, en lugar de volverla a cantar desde el inicio lo intentó desde la mitad, volviendo a confundirse hasta en dos ocasiones. Todo ello se podría considerar un accidente fortuito si no hubiese vuelto a suceder en la última pieza del recital, ni más ni menos que con el archiconocido “O mio babbino caro” que improvisó para cerrar el programa en lugar de la prevista “In questa reggia”.

Improvisación es la palabra que mejor resume este recital, o al menos esa fue la sensación. Un mal estado vocal es y debe ser comprensible, sea por el motivo que sea, pero no es justificable un programa tan poco trabajado. Acompañada por un atareado y cómplice Anthony Manoli al piano, Radvanovsky no apartó los ojos de la partitura durante los bloques de canciones dedicados a Bellini y a Tosti, lo cual no impidió constantes y evidentes dudas en entradas y estrofas. En general pareció una lectura a primera vista que solo levantó el vuelo en una intensa y refinada recreación de “La lontanaza”, pieza con claras referencias a I puritani.
En lo referente a las canciones, sin duda donde la soprano se mostró más convincente fue en las tres de Giuseppe Verdi, que pareció tener más integradas. Los fragmentos operísticos, sin embargo, volvieron a mostrar las limitaciones vocales de la cantante. Si la romanza de La dama de picas fue expuesta con convicción, dramatismo y apreciables momentos puntuales, “Casta diva” supuso un escollo demasiado grande, especialmente en la parte final. No sorprende pues que la cantante anunciase que era la última vez que interpretaba esa monumental aria.

Más accidentada aún fue la versión de “Tacea la notte”, de Il trovatore, en la que las cadencias de aria y cabaletta fueron apenas insinuadas. No cabe duda de que una grandísima cantante como Sondra Radvanovsky era muy consciente del desaguisado general y trató de compensarlo derrochando ese carisma y capacidad comunicativa que siempre la han caracterizado. El público lo agradeció y fue condescendiente ante tal desaguisado, valorando el esfuerzo y, sobre todo, agradeciéndole los servicios prestados durante tantos años.
Fotos: © Mario Wurzburger