Con fuerza y convicción
Barcelona. 16/06/26. L’Auditori. Obras de Helena Cánovas, Mendelssohn y Bruckner. Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya. Cor Participatiu Canta amb l’OBC. Coral Sant Jordi. Adrián Moscardó, dirección (estreno). Kristine Balanas, violín. Anja Bihlmaier, dirección.
El violín volvió a ser en parte protagonista del programa presentado el pasado fin de semana en L’Auditori, con el regreso de Kristine Balanas a la Pau Casals. Anja Bihlmaier, principal directora invitada de la BBC, fue la batuta invitada de la doble velada de sábado y domingo, tanto para interpretar el Concierto para violín nº2 en mi menor, op. 64 de Mendelssohn como la Sinfonía nº 3 en re menor, WAB 103 de Bruckner –última revisión–. Antes, fue el turno del ambicioso estreno de Helena Cánovas, compositora ya de la confianza de la institución; obra para coro y orquesta llamada Domèstica maragda, basada el poemario homónimo de Gemma Casamajó Solé, textos que reflexionan “sobre la condición humana y femenina a través del imaginario doméstico”. Enmarcada en el proyecto Canta amb l’OBC, el estreno ha contado con la participación de un centenar y medio de cantantes, la mayoría no profesionales, respaldados por miembros de la Coral Sant Jordi, bajo la batuta esta vez de Adrian Moscardó.

La cantata discurrió sin sobresaltos en lo interpretativo, bastante bien contextualizada en un estilo cercano a lo que llamaríamos “tradicional”. La propuesta de Cánovas, articulada por una alternancia entre pasajes corales y salpicaduras orquestales de intensidad y texturas variadas –algunas mejor conectadas que otras– mantuvo un pulso estable y natural dentro de cierta coherencia estilística. Sin embargo, las constantes citas al famoso Preludio nº20 de Chopin, aunque bien tratadas desde el punto de vista coral, quedaron algo anecdóticas e incluso forzadas, y en definitiva esa paráfrasis pareció involuntariamente restarle trascendencia tanto al estreno en sí mismo como a la pieza de piano original. Por suerte, una última sección más etérea y abstracta –aunque con un final algo abrupto– acabó por concluir la obra con ideas algo más interesantes.
Ya con Bihlmaier en el podio, fue el turno del famoso Segundo de Mendelssohn, obra canónica del repertorio –de hecho, no sorprende demasiado que coincidiera también con la programación del Palau de la Música Catalana, que también programó dicha obra el domingo–. La violinista, que también actuó la semana pasada en formato de cámara con su hermana, la chelista Margarita Balanas, con quien comparte escenario a menudo, ofreció una lectura fresca y ágil, algo prudente eso sí, en cuanto a movimiento escénico por su embarazo. Se adentró en el célebre primer tema con arrojo, precisión, espaciando las arqueadas en tresillo y marcando articulaciones muy concretas, aunque la afinación de su izquierda, especialmente en las cotas altas del registro, y la pulcritud de su derecha fueron dos elementos siempre presentes a lo largo de una interpretación que, si no fue perfecta, se le pareció mucho. La directora supo compaginar la masa sonora de la orquesta con el protagonismo de Balanas, quien firmó una cadencia muy bien defendida antes de cerrar un primer tiempo sin fisuras.

Tampoco defraudó un segundo tiempo lleno de lirismo en el que la lituana mostró nuevamente su maestría sobre la partitura. Desde la nostalgia de la primera y última sección, hasta la intensa y oscura parte central, Balanas recorrió los distintos temas con gran coherencia discursiva, siempre con el vibrato a raya, sin excesos ni abusos de glissando. De vuelta al metrónomo rápido, el tercer tiempo extrajo otra nueva dosis de virtuosismo de la invitada, que acometió los saltarines fraseos del compositor alemán con acierto y una articulación muy cuidada. A pesar de algún ligerísimo desliz puntual en los doblajes de orquesta en el tema principal –algunas notas en staccato que doblan al solista–, el tercer acto se consumó sin problemas, tal y como se esperaba de una violinista de su talla. Regaló de propina un arreglo de Stephan Koncz sobre Walzing Matilda –canción folclórica australiana– con la ayuda del resto de cabezas de secciones de cuerda.
Del incipiente romanticismo pasamos a uno ya mucho más maduro, de la mano de uno de los grandes sinfonistas germánicos del siglo XIX. Tras la pausa, la directora mostró aquí, en la Tercera de Bruckner, un grado más de implicación, y pudo apreciarse con más detalle tanto su técnica a la batuta como su mano para la orquesta. Evitando aletargamientos, su lectura se decantó por un tempo modernamente ágil, pero suficientemente estable para que la inmensa arquitectura sinfónica de Bruckner cobrara su adecuada dimensión, espaciando bien las pausas dramáticas, y permitiendo que la nobleza misteriosa de Bruckner reluciera en un Auditori rebosante. Destacó, además, del primer tiempo, la cabalgada atresillada del tercero, con una OBC encendida que pareció cómoda con la dirección de Bihlmaier. La sección de latón, siempre determinante en el sinfonismo alemán, sopló siempre a favor de la invitada, infalible en los momentos clave, incluyendo un último tiempo muy memorable, que coronó una interpretación con fuerza y convicción.

Fotos: © May Zircus