Pureza triunfal
Barcelona. 17/06/26. Palau de la Música Catalana. Mendelssohn: Concierto para violín y orquesta, op. 64. Tchaikovsky: Sinfonía nº5, op. 64. Franz Schubert Filharmonia. Midori, violín. Robert Treviño, dirección.
Cualquier amante de la música clásica oriundo de la capital catalana que no conociera el Concierto para violín de Mendelssohn –el segundo en su catálogo, estrictamente hablando–, ha tenido este fin de semana la ocasión perfecta para descubrirlo ya que tanto la OBC como la Franz Schubert Filharmonia lo programaron –naturalmente, en sus respectivos auditorios–. Aunque no es excesivamente extraño que dos orquestas locales programen una misma obra el mismo día –y menos todavía una de las obras más canónicas del repertorio–, al menos sí que es algo que siempre llama moderadamente la atención.
Culminaba en el Palau de la Música la habitual gira catalana de la formación dirigida por Tomàs Grau tras su paso por Tarragona y Lleida, esta vez con el director invitado Robert Treviño, en la que ha sido el penúltimo capítulo oficial de la presente temporada, que celebra sus veinte años de trayectoria. El ex director titular de la Orquesta Sinfónica de Euskadi debutaba con la formación catalana y revisitó las dos obras del programa propuesto: un díptico formado por el ya citado Concierto para Violín y orquesta de Mendelssohn y la Sinfonía nº5 de Tchaikovsky –ambos “opus 64” en sus respectivos catálogos, por cierto–. La invitada para consumar el reto violinístico fue Midori Goto, una de las solistas más emblemáticas de Japón, y bien conocida por la FSF.

La japonesa, visiblemente inmersa en una obra que conoce en profundidad, abordó el lema temático inicial con gran sensibilidad, aunque no mostró una excesiva pulcritud en las arcadas atresilladas de los primeros compases, sensación que en cualquier caso fue disipándose a medida que la experimentada violinista se adentraba en la partitura. Se encontró cómoda con la dirección sin batuta de Treviño y llegaron a entenderse bien a pesar del escaso contacto visual mutuo, pero los resultados de una Midori intimista y quirúrgica en las dinámicas hablaron por sí solos. Firmó una cadencia bien articulada, tan prudente como audaz, en términos de espectacularidad, sin embargo, la nipona dio lo mejor de su violín en un segundo tiempo arrebatador. A pesar de ligeras desincronizaciones entre vientos y solista, la invitada refrendó un tercer tiempo de categoría con mucha precisión rítmica, especialmente en los pasajes spiccato que decoran parte del discurso solista. Respondió a la ovación con una propina de Bach: el Largo de la Tercera sonata para violín.
La lectura de Treviño de la Quinta de Tchaikovsky destiló muy buenas sensaciones hasta el punto de, quizá, sentar precedente como una de las mejores interpretaciones recientes de esta gran página sinfónica en el templo modernista. Sin partitura y muy implicado del primer al último atril, Treviño dispuso violas a su derecha, lo que quizá contribuyó a conferir peso y robustez a las líneas secundarias y a las de acompañamiento, y tanto su técnica de batuta como su exhaustiva atención a las entradas, lograron extraer lo mejor de una FSF que dio la talla en los puntos climáticos de la sinfonía, especialmente en el Valse central. Previamente destacó el Andante cantabile, en el que el invitado invocó con éxito toda la pasión tchaikovskyana del tema principal, de la mano del primer trompista, tras gestionar sin prisas el crescendo inicial, muy consciente de la arquitectura cíclica que cimenta la obra. El cuarto movimiento, en sus distintas secciones, recogió sin duda los momentos más majestuosos de la pieza, especialmente en la Andante maestoso. Director y orquesta consiguieron remarcar el carácter redentor y triunfal del tema principal y ofrecieron un final de gran fuerza y pureza, encarando a su vez un final de temporada de una FSF en plena forma.
