© Rafa Martín

Un itinerario espiritual

Había cierta expectación en esta mañana de domingo en Madrid, donde el calor comenzaba ya a insinuarse sin resultar todavía excesivo. A la entrada del Auditorio Nacional, mientras el público iba ocupando lentamente el vestíbulo, surgía la conversación con Alfonso Aijón —noventa y cinco años de lucidez intacta— acerca del debut de Pablo González en Ibermúsica junto a la London Symphony Orchestra – juraría que con el concierto de chelo de Elgar y la Décima de Shostakóvich - hace ya casi dos décadas. Recordábamos también aquella juventud suya, cuando acudía en patines a los ensayos, como si la música todavía pudiera vivirse con la naturalidad despreocupada de quien no necesita demostrar nada. El tiempo ha transformado aquella juventud en madurez artística, pero permanece en él una sencillez poco común. Su batuta, hoy de amplio recorrido y profundidad indiscutible, sigue conservando algo de aquella honestidad inicial.

Había además una lógica interna particularmente sutil en el programa propuesto. No solo por la presencia del coro o por la dimensión espiritual de varias de las obras, sino porque cada una abordaba el conflicto desde un lenguaje distinto. Boulanger lo hacía desde la súplica y la exaltación bíblica; Debussy desde la suspensión contemplativa y el anhelo; Chaikovski desde la lucha frontal contra una fatalidad obsesiva. Tres caminos expresivos muy diferentes que, sin embargo, acababan convergiendo en una misma necesidad de redención. Un programa de gran exigencia, tanto por la complejidad de su montaje en un número reducido de ensayos como por la densidad musical y expresiva que encierran las partituras, lo que requiere un trabajo minucioso de ensamblaje y comprensión. Por ello, resulta obligado reconocer el esfuerzo conjunto de coro, orquesta, solistas y director, que han logrado dar forma coherente a un material de enorme dificultad.

Los dos salmos de Lili Boulanger aparecieron como auténtico corazón secreto del programa. Su presencia sigue siendo infrecuente en las salas de conciertos, y quizá precisamente por ello producen una impresión tan poderosa pues conlleva la de un lenguaje que parece adelantarse a sí mismo, suspendido entre el posromanticismo francés, el impresionismo y una intensidad armónica que en ocasiones roza ya la modernidad del siglo XX. Resulta imposible escuchar estas obras sin pensar en la extraordinaria singularidad de una creadora cuya vida quedó truncada a los veinticuatro años, y que, aun así, dejó páginas de una madurez espiritual y técnica asombrosas.

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El Salmo 24, concebido como una vasta proclamación coral, surgió con una fuerza casi arquitectónica. Su estructura avanza desde la afirmación solemne hacia una expansión progresiva de carácter ceremonial, donde coro y orquesta parecen levantar un espacio sonoro de resonancias monumentales. No hay aquí intimismo religioso, sino una espiritualidad afirmativa y luminosa, casi colectiva. El coro de la OCNE, y el tenor Xabier Pascual respondieron con contundencia y claridad, proyectando el texto con una mezcla de densidad y transparencia admirable. La escritura coral de Boulanger exige empaste, precisión y una enorme capacidad para sostener tensiones armónicas cambiantes; cualidades que encontraron una respuesta sólida y musicalmente comprometida. La dirección entendió bien que esta música no funciona desde el mero efectismo sonoro. Pablo González evitó toda grandilocuencia excesiva, dejando que las masas corales y orquestales crecieran orgánicamente. Particularmente notable resultó el equilibrio entre metales y coro, siempre delicado en esta obra, así como el trabajo de las cuerdas graves, que otorgaron a la partitura una base sombría y casi litúrgica.

Muy distinto fue el clima del Salmo 129, una de las páginas más sobrecogedoras de Boulanger. Aquí la escritura se vuelve más introspectiva, más herida, construida desde un dramatismo que parece emerger lentamente desde las profundidades. La compositora organiza el discurso en grandes oleadas expresivas, alternando momentos de recogimiento casi inmóvil con expansiones de enorme intensidad emocional.

La OCNE encontró en esta obra uno de los momentos más inspirados de la noche. La cuerda sonó densa y oscura, especialmente en los pasajes de respiración lenta donde Boulanger parece detener el tiempo. Las intervenciones corales estuvieron cargadas de gravedad humana, lejos de cualquier retórica sacra convencional. González manejó admirablemente las transiciones dinámicas, permitiendo que los clímax surgieran desde dentro del tejido orquestal y no como irrupciones externas. La sensación final fue la de una música suspendida entre la desesperación y la esperanza, exactamente el mismo territorio emocional que habita, aunque desde otro lenguaje, la Quinta de Chaikovski.

En medio de ese arco apareció La doncella elegida de Debussy, obra todavía rara en programación y profundamente reveladora dentro de su catálogo. Inspirada en Rossetti, esta cantata temprana muestra a un Debussy dueño de un refinamiento tímbrico y una sensibilidad armónica absolutamente personales. La obra se mueve entre lo terrenal y lo visionario: una joven contempla desde el paraíso a su amado aún vivo, suspendida en una espera melancólica que Debussy convierte en pura atmósfera sonora.

La dirección de Pablo González fue aquí especialmente refinada. Supo evitar tanto la densidad excesiva como un impresionismo superficial, manteniendo siempre la tensión narrativa bajo una aparente ingravidez. La orquesta desplegó una paleta tímbrica de enorme sutileza: maderas delicadísimas, cuerdas vaporosas y una respiración flexible que permitió que la música fluyera con naturalidad casi líquida. Los cantantes asumieron un papel fundamental en esa suspensión poética. Las voces no fueron tratadas como elementos convencionales, sino como prolongaciones del tejido orquestal y tanto Beatriz Oleaga -mezzosoprano- como Rebeca Cardiel -soprano– no solo cumplieron, sino que demostraron contención expresiva, claridad textual y una línea de canto siempre integrada en el clima general de la obra.

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Tras ese universo suspendido, la Quinta Sinfonía de Chaikovski apareció como una irrupción de materia humana y conflicto existencial. Sin partitura, integrado en el podio y en la propia respiración de la orquesta con una naturalidad ya poco frecuente, Pablo González abordó la obra desde la contención y la confianza. No hubo gesto innecesario ni voluntad de imponerse visualmente a la música. Esperó el inicio con calma, dejando que el silencio preparara el terreno para ese Andante introductorio donde el tema del destino emerge como una sombra inevitable. Desde ahí, el paso al Allegro con anima estuvo trazado con inteligencia narrativa y el tempo resultó fluido,firme, suficientemente vivo para sostener la tensión, pero sin precipitar jamás el discurso.

La claridad estructural fue una constante del movimiento. Los vientos dialogaron con precisión sobre el entramado de las cuerdas, y el timbal, siempre presente, añadió profundidad sin caer en el exceso enfático. González mostró especial habilidad para graduar los crescendi, arrastrando a la cuerda hacia los grandes clímax sin perder nunca el control de la arquitectura general. También en las transiciones se percibió una batuta atenta al detalle con entradas sutiles de las maderas, respiraciones orgánicas y un fraseo que evitó toda rigidez académica. Había incluso algo danzable en el impulso interno de la música, una especie de movimiento latente que otorgaba vida al discurso. Quizá pudo echarse en falta un punto mayor de abandono, más voluptuosidad sonora o mayor sensación de vértigo emocional; pero sería injusto no reconocer que el primer movimiento quedó admirablemente construido y sostenido de principio a fin. 

El Andante cantabile comenzó con el siempre expuesto solo de trompa, resuelto con nobleza y serenidad. A partir de ahí, la interpretación encontró uno de sus momentos más logrados. González mantuvo la tensión en suspensión, permitiendo que el clarinete presentara el tema con delicadeza antes de que el violonchelo lo recogiera y la cuerda terminara expandiéndolo hacia un tutti de gran amplitud expresiva. Hubo un trabajo especialmente refinado en las respiraciones y en la manera de dejar crecer las frases sin apresurarlas jamás. La música avanzaba como una confidencia cada vez más intensa.

Y, sin embargo, precisamente porque el nivel alcanzado era alto, surgía también la sensación de que aún podía haberse ido más lejos. Cuando un director logra conducir al oyente hasta ese territorio emocional, se le exige inevitablemente el salto definitivo: atravesar la partitura, asumir el riesgo de romper sus propios límites y alcanzar esa herida interior que convierte una gran interpretación en algo verdaderamente inolvidable. La emoción estuvo presente, pero quizá faltó en ciertos clímax ese último grado de desgarro.

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El Valse apareció con elegancia natural, sin rastro de afectación ni sentimentalismo superficial. González dejó respirar a la orquesta y permitió que la música danzara con ligereza contenida, entendiendo bien que en Chaikovski incluso los momentos aparentemente livianos esconden siempre una sombra de melancolía. Resultó admirable el trabajo de los contrabajos y violonchelos en unos pianísimos casi irreales, así como la finura de clarinete, fagot y oboe en sus intervenciones solistas. Había profundidad en esa levedad suspendida que propone el compositor. No obstante, el movimiento dejó también cierta impresión de indefinición expresiva, como si hubiera permanecido a medio camino entre la elegancia insinuada y una mayor libertad lírica. La propuesta mantuvo siempre la compostura, pero quizá sin decidirse plenamente por una atmósfera más etérea o por una visión más incisiva del vals. 

Fue en el Finale donde dirección y orquesta alcanzaron su mayor grado de implicación. Aquí sí apareció una OCNE exigida al límite, empujada por una batuta que, sin perder nunca claridad ni naturalidad gestual, llevó a la formación hacia una sonoridad más arriesgada e incandescente. El concertino asumió un papel decisivo en ese impulso colectivo, arrastrando a la cuerda hacia un fulgor cada vez más intenso. El movimiento avanzó con determinación épica, pero sin caer en la grandilocuencia vacía. Había riesgo, tensión y una sensación constante de caminar sobre el borde mismo de la obra. Y quizá lo más admirable fue que todo ello surgiera desde un gesto aparentemente sencillo, casi sobrio, como si González entendiera que la verdadera autoridad musical no necesita exhibirse. El final, apoteósico e intrépido, terminó imponiéndose no como una celebración superficial, sino como una victoria conquistada tras el combate que el público avaló en forma de gran aplauso. 

El concierto terminó dejando la impresión de haber asistido no solo a una sucesión de obras, sino a un auténtico itinerario espiritual. Desde la plegaria de Boulanger hasta la lucha de Chaikovski, pasando por el sueño suspendido de Debussy, todo pareció hablar de la fragilidad humana frente a aquello que la supera. Y todo ello de la mano de un director alejado del star system y de las inercias del marketing musical contemporáneo, circunstancia que quizá explique que su nombre no circule con el estruendo mediático de otros colegas, pero que en nada disminuye la categoría de un músico de hondura y solvencia notables. Pablo González pertenece a esa estirpe cada vez menos visible de directores que parecen más interesados en servir a la música que en construirse alrededor de ella. Desde esa sencillez, desde una autoridad nacida del conocimiento y no del gesto exterior, recordó que la música sinfónica, cuando se aborda con inteligencia, honestidad y verdadera profundidad expresiva, todavía puede convertirse en una forma de conocimiento interior.

Fotos: © Rafa Martín