© David Ruano
Segundas nupcias
Barcelona. 7/06/2026. Gran Teatre del Liceu. W. A. Mozart: Le nozze di Figaro. Alejandro Baliñas (Figaro), Anna Prohaska (Susanna), Samuel Hasselhorn (Il Conte Almaviva), Anett Fritsch (Contessa Almaviva), Mercedes Gancedo (Cherubino), Mireia Pintó (Marcellina), Alejandro López (Bartolo), Roger Padullés (Basilio), Moisés Marín (Don Curzio), Lucía García (Barbarina), Luís López Navarro (Antonio). Marta Pazos, dirección de escena. Orquestra i Cor del Gran Teatre del Liceu.
No cabe duda de que estas funciones de Le nozze di Figaro, una coproducción entre el Gran Teatre del Liceu y el Auditorio de Tenerife que se acaba de estrenar en Barcelona, serán recordadas, para bien o para mal, como las Nozze del pastel. La puesta en escena de Marta Pazos de la genial ópera mozartiana ha hecho correr ríos de tinta y ha provocado (nunca mejor dicho) posiciones encontradas. Especialmente entre una crítica que, en líneas generales, ha valorado negativamente la propuesta y un público que, a tenor de lo visto en la segunda y tercera función, la acepta, si no con gran entusiasmo, de manera más calurosa. Una controversia hasta cierto punto comprensiva teniendo en cuenta que, más allá de coartadas intelectuales, la producción se caracteriza por la banalización del contenido ideológico de la obra, pero se digiere tan bien como una mousse de fresa. En estas páginas se dio ya una detallada descripción y opinión de esta y de la función del estreno con el cast titular. Toca ahora, por tanto, repasar y hacer balance del reparto alternativo que asumirá hasta siete representaciones de las catorce programadas.
Es necesario y merecido iniciar este análisis por el magnífico Figaro de Alejandro Baliñas. El joven bajo gallego está protagonizando una carrera meteórica y ya ha llamado la atención de los más importantes teatros y festivales europeos, más aún tras su primer premio en el prestigioso concurso Neue Stimmen de 2024. No es sorprendente pues a un instrumento de indudable calidad, perfectamente controlado y proyectado, se unen una notable presencia escénica y buena línea de canto. Hay algún margen de mejora en algunos aspectos estilísticos que, con el tiempo, seguro que acabará de pulir. Su primer Figaro en el Liceu fue poderoso, con una voz de timbre cálido y aterciopelado que llenó sin dificultad una sala como la del coliseo barcelonés. Existen en la actualidad pocos bass baryton con las facultades y la proyección de Baliñas, por lo que no cabe duda de que estamos, si no hay accidentes, ante los albores de una extraordinaria carrera.

La soprano Anna Prohaska ha perdido, de manera un tanto prematura, el frescor vocal que poseía en los inicios de su carrera. Sus recientes visitas a Barcelona, concretamente al Palau de la Música, ya habían dejado esa sensación. Su instrumento ha perdido armónicos y suena demasiado metálico, algo estridente por momentos. Ello, sin embargo, no fue obstáculo para que, desde un punto de vista interpretativo, firmase una buena Susanna. De hecho, se convirtió en el eje sobre el que se articuló la acción escénica gracias a su dinamismo, vis cómica y buen hacer teatral. También, y muy especialmente, por su dominio de los recitativos, siempre precisos e intencionados que en algunas escenas, sobre todo en el toma y daca con Annet Fritsch, fueron una auténtica delicia. Responsable en buena parte de ello fue la magnífica labor de Rodrigo de Vera al teclado, impecable y fantasioso durante toda la velada.
Samuel Hasselhorn es un magnífico liederista, probablemente uno de los mejores de la actualidad. Su voz, de barítono lírico, es rica en colores y su manejo técnico es sólido, como demostró en la impecable ejecución de su aria “Vedrò mentr’io sospiro”. A diferencia, sin embargo, de Alejandro Baliñas, la proyección es limitada y el sonido tiende a quedarse en el escenario y le cuesta superar el foso. En cualquier caso, dibujó un Conte de canto aristocrático con un fraseo siempre intencionado. En cambio, la Contessa de Annet Fritsch constituyó el punto más débil del reparto. Cierto es, como se ha mencionado, que hizo gala de recursos y gracia en los recitativos, pero su primera aria, “Porgi amor”, ya le planteó evidentes dificultades, mientras que en “Dove sono” se estrelló irremediablemente, acabando el aria a duras penas. El quinteto protagonista lo completaba el Cherubino de Mercedes Gancedo, que cantó con su habitual elegancia y una voz atractiva que ha ganado rotundidad en el centro, pero ha perdido seguridad en el registro agudo.
Completaron el reparto una eficaz Mireia Pintó como Marcellina, el correcto Bartolo de Alejandro López, el siempre excelente Moisés Marín como Don Curzio, el dinámico y juguetón Basilio de Roger Padullés, el sonoro Antonio de Luís López Navarro y Lucía García, ideal y encantadora Barbarina. Todos ellos bajo una dirección de Giovanni Antonini que cada día va a más y consigue sacar mayor y mejor rendimiento de una Orquestra del Gran Teatre del Liceu que, si hace unos años nos dicen que ofrecería un Mozart de este nivel, ni los más optimistas del lugar lo creeríamos.

Fotos: © David Ruano