© Ryan Hunter
Inspiración
Algunos conciertos nacen para llamar la atención de una causa y terminan recordándonos en muchas ocasiones algo más profundo, puesto que la música, cuando alcanza su plenitud, habla de la condición humana con una claridad que pocas disciplinas consiguen igualar. El extraordinario concierto ofrecido por la Orquesta Sinfónica RTVE bajo la dirección de Gustavo Dudamel con motivo del Día Mundial del Cáncer de Próstata perteneció a esa categoría. Un programa íntegramente beethoveniano compuesto por la obertura Egmont y la Séptima Sinfonía, dos obras separadas por apenas unos años, pero unidas por una misma pulsión, que sin duda venían al caso de la temática del evento: la afirmación de la vida frente a la adversidad.
Dudamel sube al podio sin partitura. No la necesita. Hay directores que marcan el compás y directores que construyen edificios sonoros; él parece pertenecer a la categoría de los que dibujan la música en el aire. Su dirección es física, casi escultórica. Todo el cuerpo participa en el discurso. Los brazos modelan las frases, las manos subdividen cuando es necesario, el torso acompaña cada respiración de la orquesta. Hay flexibilidad en el gesto, pero también firmeza; elegancia y, cuando Beethoven lo exige, una fiereza casi primitiva.
Quizá por eso resulta difícil comprender la dimensión de Gustavo Dudamel únicamente desde los parámetros habituales del mundo musical. Para el ámbito hispanoamericano, y muy especialmente para Venezuela, su figura trasciende la del director de éxito internacional. Es el rostro más visible de una generación formada en el milagro educativo y social de “El Sistema”, el proyecto impulsado por José Antonio Abreu quien convirtió la música en una herramienta de transformación colectiva y abrió horizontes impensables para miles de jóvenes venezolanos. Dudamel es, para muchos de ellos, la demostración tangible de que el talento, la disciplina y la cultura pueden cambiar una vida.
Lo recordé al terminar el concierto. En una pequeña taberna cercana al Monumental, mientras comentábamos la velada, una camarera reparó en el programa de mano. Al ver el nombre de Dudamel, su rostro cambió inmediatamente. «Yo soy chelista», nos dijo con un orgullo imposible de fingir. Había trabajado con él en Venezuela durante sus años de formación. Lo contaba con una mezcla de admiración y gratitud que iba mucho más allá del prestigio profesional. «Ensayar con él es otro mundo», explicó. «Te hace descubrir la música desde otro lugar, desde otra dimensión». No hablaba de técnica, ni de tempi, ni de afinación. Hablaba de inspiración. Y mientras la escuchaba, resultaba inevitable pensar que aquello mismo que describía era precisamente lo que acabábamos de presenciar sobre el escenario.
Desde los primeros compases de Egmont quedó claro que Dudamel no pretendía ofrecer una lectura académica ni distante. La célebre obertura, concebida por Beethoven como un himno a la resistencia frente a la tiranía, encontraba aquí una intensidad contagiosa. Los contrastes aparecían perfilados con nitidez, los distintos temas emergían elevados por un impulso teatral que convertía la música en relato. El mensaje de libertad que atraviesa toda la obra no era una abstracción meramente intelectual pues estaba presente en cada acento, en cada crescendo, en cada gesto.
Dudamel evitó cualquier exceso retórico. La introducción apareció oscura, contenida, casi como una amenaza que se aproxima desde la distancia. El sonido de la Sinfónica RTVE mostró una densidad poco habitual, especialmente en las cuerdas graves, construyendo una atmósfera de tensión latente que el director fue administrando con admirable paciencia.
Lo más interesante fue quizá la manera en que la narrativa emergió sin necesidad de subrayados. Dudamel parece confiar plenamente en la capacidad expresiva de la propia arquitectura beethoveniana. Cada crescendo encontró su lógica natural, cada contraste surgió con una organicidad que hacía innecesario cualquier gesto enfático. Cuando llegó la célebre Siegessymphonie final, ese estallido luminoso que transforma la tragedia en victoria moral, la música no sonó como una proclamación heroica sino como una conquista colectiva. Una diferencia sutil pero significativa.
La Séptima Sinfonía ocupó la segunda parte y confirmó que esta obra sigue siendo uno de los territorios más afines al director venezolano. Desde la solemne introducción del primer movimiento se percibió una idea clara: todo debía avanzar. No hubo contemplación ni solemnidad excesiva. La música parecía impulsarse constantemente hacia delante, como si cada motivo contuviera ya el germen del siguiente. Dudamel encontró un equilibrio particularmente logrado entre claridad estructural y espontaneidad, evitando que la energía derivara en precipitación.
La cuera se mostró extraordinariamente concentrada, dialogando desde la tensión contenida hasta desplegar una construcción orgánica de admirable naturalidad. El nacimiento del tema principal resultó particularmente revelador y surgía casi imperceptiblemente para acabar imponiéndose con una fuerza irresistible.
Dudamel dirige desde la convicción. Hay en su Beethoven una pasión tan desbordante que, por momentos, parece rozar el límite de la exactitud. Y, sin embargo, resulta difícil reprochárselo. Porque la sensación es que no dirige la orquesta desde fuera, sino que se introduce en ella, como un músico más, impulsando desde dentro cada frase y cada transición. La respuesta de la Sinfónica RTVE fue inmediata, con una entrega absoluta que parecía llevar a los músicos más allá de sus propias posibilidades. Todo encontraba su lugar dentro de un discurso perfectamente orientado hacia el clímax. Impresionaba especialmente observar el trabajo de las violas y de la cuerda grave, proyectando un sonido denso, musculoso, de inequívoca raigambre beethoveniana.
Pocas páginas de la historia de la música poseen la capacidad de suspender el tiempo como el Allegretto de la Séptima. Por eso resultó especialmente doloroso comprobar cómo parte del público abandonaba sus localidades apenas iniciadas los primeros compases. Una falta de consideración difícil de comprender ante una de las cumbres absolutas del repertorio sinfónico. Más allá de la incomodidad que genera para intérpretes y oyentes, revela una preocupante pérdida del sentido ritual que debería acompañar a la escucha de una obra de esta naturaleza.
Musicalmente, Dudamel optó por un tempo relativamente rápido, ligero incluso para algunos gustos. Tal vez demasiado. Sin embargo, la arquitectura sonora que levantó sobre esa pulsación nunca perdió solidez. Más que recrearse en la transparencia de las texturas, el director pareció interesado en resaltar el carácter y la inexorable marcha interior del movimiento. El diálogo con las maderas estuvo lleno de intención, mientras los pizzicati de la cuerda adquirían una presencia casi hipnótica. No fue una lectura contemplativa ni elegíaca. Fue, más bien, una marcha humana, viva, impulsada por una energía interior que evitaba cualquier tentación de sentimentalismo, pero también se alejaba de la dimensión más profunda de la partitura.
Tras esa pausa suspendida en el tiempo, el Presto recuperó la vitalidad característica del director. Aquí apareció el Dudamel más reconocible: gestual, comunicativo, capaz de contagiar entusiasmo a cada sección de la orquesta, manejando con extraordinaria habilidad los abruptos contrastes que Beethoven introduce en este movimiento, alternando explosiones de energía con momentos de inesperada expansión lírica.
Quizá hubiera sido deseable un mayor equilibrio entre algunas secciones de viento y la cuerda en determinados pasajes, pero la vitalidad del discurso terminaba imponiéndose sobre cualquier reserva. Lo más admirable fue observar cómo el director sabe retirarse cuando la música ya respira por sí misma. Hay momentos en los que simplemente deja sonar a la orquesta, confía plenamente en ella, permite que la frase crezca con autonomía. Es una cualidad poco frecuente: saber cuándo intervenir y cuándo callar. Cuándo moldear y cuándo dejar cantar.
El final llegó como una liberación. El Allegro con brio desplegó toda la fuerza centrífuga de la partitura. Dudamel dirigió con esa mezcla tan característica de precisión y entusiasmo que convierte la dificultad técnica en sensación de juego. La orquesta respondió con entrega absoluta, impulsada por un ritmo que parecía no conocer agotamiento, y llegando hasta el límite de sus capacidades expresivas, exagerando acentos, forzando contrastes y buscando deliberadamente el vértigo.
Una vez más, su apuesta parecía dirigirse más hacia el espíritu que hacia la perfección analítica de cada detalle. No perseguía tanto la claridad microscópica de las texturas como la fuerza elemental que habita en esta música. Hay directores que iluminan cada rincón de la partitura; Dudamel prefiere encender el fuego entero.
Y lo cierto es que el resultado termina siendo profundamente convincente. La música avanza impulsada por una energía casi física, arrastrando consigo a una orquesta completamente entregada. Cuando llegó el desenlace, la sensación no era la de haber asistido únicamente a una interpretación de la Séptima de Beethoven, sino a una celebración colectiva de esa fuerza vital incontenible que Wagner definió como la apoteosis de la danza. Pocas veces esa célebre definición ha resultado tan tangible.
Beethoven apareció, por tanto, no como un titán distante sino como un creador profundamente humano, capaz de convertir el impulso vital en arquitectura sonora.
Quizá por eso la unión entre Egmont y la Séptima resultó tan significativa. La primera habla de la libertad conquistada a través del sacrificio; la segunda celebra la energía irreductible de la existencia. En manos de Dudamel ambas parecieron formar parte de un mismo relato. Una historia sobre la resistencia, sobre la esperanza y sobre esa obstinada capacidad del ser humano para seguir avanzando incluso cuando las circunstancias invitan a detenerse.
Al concluir el concierto, la ovación fue continuada, con el público reclamando y alabando y, sobre todo, reconociendo naturalmente el éxito artístico de la velada. Pero también pareció agradecer algo más difícil de definir, la sensación de haber asistido a una interpretación donde la música no fue únicamente un objeto estético, sino una experiencia compartida, así como una gran verdad contemplada. Y quizá por tanto no exista una forma más genuina de celebrar la vida. Gracias D. Gustavo.