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Buenos augurios entre el desorden

Barcelona. 12/06/2026. Auditori de Barcelona. Stravinski: El pájaro de fuego. Ravel: L'enfant et les sortilèges. Chloe Briot (el niño),  Rihab Chaieb, mezzosoprano (La madre, la taza china, la libelula), Liv Anna Redpath, soprano (El fuego, la princesa, el ruiseñor), Rinat Shaham, mezzosoprano (La gata, la ardilla), Sylvia Schwartz, soprano (La poltrona de Luis XV, la lechuza, una pastorcilla, el murcielago), Jean-Sébastien Bou, baríton (El reloj de pared, el gato), Nicolas Courjal, baix (La butaca, el arbol), Martin Bakari, tenor (El viejecito, la rana, la tetera), Aniol Botines, tenor (Un pastorcillo). Orfeo català y OBC. Ludovic Morlot, dirección.

Una vez más una voz en off nos asaltó cuando creíamos que íbamos a un concierto, pero esta vez hubo fenómenos paranormales que anunciar. Al parecer, sucesos ajenos a la voluntad, la responsabilidad o lo que sea, de la organización había que cambiar el orden de ejecución de las obras. Primero sería El pájaro de fuego y luego el niño y sus chaladuras. No me impresionó porque yo había llegado con la idea equivocada de que eso iba a ser así. pero sí me afectó porque había que cambiar la disposición de sillas y atriles. En un alarde de celeridad la cosa costó ni más ni menos que media hora o casi. Y nos hicieron un favor porque el partido del Mundial de las 9 era infumable como la mayoría de ellos y nos pudimos saltar esa obligación religiosa.

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Como es sabido desde que Stravinski la estrenó y publicó, la obra (el ballet, no la suite en este caso) arranca con un rumor en forma de tresillos de cellos y contrabajos. Ahí ya empezó la cosa bien porque nuestros amigos de las cuerdas graves nos brindaron una estupenda atmósfera. Y no solo eso, el crescendo de violines y violas (senza sordina, sul ponticello) fue verdaderamente bello. Pero no todo iban a ser loas al señor, puesto que el desorden consignado al inicio tuvo como resultado dos apariciones de músicos incorporándose a la orquesta con la sesión ya comenzada. 

Sin embargo los buenos augurios se fueron confirmando en los números sucesivos. El fraseo de las maderas en las Súplicas del pájaro de fuego pudo ser más claro, pero tuvimos un buen solo de flauta en la Aparición de las trece princesas encantadas y grandes prestaciones de las cuerdas en general. Entonces irrumpió la realidad con una estraña apertura de las puertas laterales para el interno de los metales en que vivimos las tribulaciones de los regidores, que resultaron más estresantes que las de Iván Tsarévich. 

Pero nuestra orquesta siguió impertérrita, brillante en los momentos agresivos y delicada en los más líricos, como la Nana, con preciosos aportes de las maderas. Como podrá haber comprobado quien haya leído la última reseña que escribí sobre esta orquesta y este maestro, la verdad es que las sensaciones que da la OBC en estos momentos son muy buenas. Espero poder seguir mandándoles buenas noticias.

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La segunda parte consistía en L'enfant et les sortilèges (El niño y los sortilegios) de Maurice Ravel, una extraña Fantasía lírica (ópera corta para los amigos). En esta obra la orquestación es de lo más original, permitiendo a la sección de vientos unos curiosos solos "jazzísticos" (o muy Weill, según se mire) a pelo, todo lujo de recursos tímbricos y en general una partitura que la OBC siguió con las prestaciones ya consignadas anteriormente. Tenemos además la aparición del Orfeó Català, muy delicado en su entrada (Adieu, pastourelles) y muy sutil creando atmósferas. La verdad es que tanto el coro general como el de niños tuvieron una actuación muy satisfactoria.

En lo que respecta a los solistas las cosas no fueron tan halagüeñas. El papel principal corresponde al niño que da título a la obra. Chloe Briot no solo tuvo que luchar contra una orquesta un tanto invasiva (no fue la única que tuvo que hacerlo, y por lo tanto hay que pedir cuentas al maestro por eso) sino que tampoco ofreció un canto particularmente bello, con la única excepción de la escena con la princesa, mejor resuelta. Mejor fueron las cosas con Rihad Chaieb en el papel de madre y luego como taza y como libélula. Voz amplia y sonora con buen fraseo. 

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Lo más destacable del reparto fue Liv Anna Redpath, que no solo resolvió bien las dificultades de su solo (Arrière!), las coloraturas, los trinos y el difícil agudo (Gare à toi) en el papel de fuego, sino que exhibió un centro carnoso aquí y en sus apariciones como princesa y como ruiseñor. Del resto no se puede decir que Martin Bakari ofreciera un canto bello en términos ortodoxos pero si ofreció, al menos, una notable habilidad para los extraños efectos que pide la partitura. También merece mención el bello y amplio timbre de Nicolas Courjal como butaca y como árbol, pero la partitura no le da mucho margen para lucir. Del resto hay que tener en cuenta la extraña escritura vocal de Ravel y sus exigencias rítmicas, que dan poco para belcantar y el hecho de que en muchos casos sus voces quedaron ahogadas por el sonido orquestal, como ya he dicho anteriormente. Fue, en cualquier caso, una velada satisfactoria en conjunto, que es nueva fuente de buenos augurios.