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Óperas de camuflaje

Bilbao. 19/06/2026. Teatro Arriaga. Dimitri Shostakovich: Sinfonia nº 14 en sol menor, op. 135, para soprano, bajo y orquesta. Annete Dasch (soprano), Leigh Melrose (bajo), Leioa Kantika Korala y Orquesta Sinfónica de Bilbao. Dirección de escena: Calixto Bieito. Dirección musical: Alejo Pérez.

Calixto Bieito es el director artístico del Teatro Arriaga y como tal, el principal responsable de integrar en la programación de la entidad, dentro del apartado de ópera, esta propuesta, la escenificación de la 14ª sinfonía del genio soviético Dimitri Shostakovich. Ello no obsta para que todos los melómanos sepamos tanto que esta obra no es una ópera como que el género –la ópera- está bastante arrinconado en los últimos años dentro de la programación general de este teatro.

Bilbao se considera a sí mismo una plaza operística de relevancia, cosa que he puesto en duda en más de una ocasión. Lo ideal sería que teniendo la conservadora temporada de ópera de la ABAO, el Arriaga ofreciera espectáculos de tono alternativo que pudieran complementar la programación de la primera. También podría preocuparse por la zarzuela, antaño pilar del teatro y hoy en día que duerme el sueño de los justos. La ABAO deja demasiados huecos para que Arriaga pueda entrar en ellos y hacer propuestas modestas pero valientes: la ópera barroca, la ópera vasca, la del siglo XX, la ópera contemporánea, compositores ignotos o ignorados, las obras de compositoras, la ópera centroeuropea no germana, … y así hasta el infinito. Y, sin embargo, hace apenas dos semanas se presentaba la programación 2026-2027 y solo aparece Lamiako 1979, un estreno de Jon Sáenz para febrero –miel sobre hojuelas- pero que para doce meses parece propuesta muy escasa; y a la zarzuela, ni está ni se la espera. Si, se va a escenificar la Pasión según San Juan, de Johan Sebastian Bach pero… ya sabemos que no es una ópera.

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Lo he dicho varias veces: no hace tantos años aparecían en el Arriaga óperas de Vivaldi, Henze, Usandizaga, Sciarrino, Lehar, Ades, Poulenc, Glass, Kaminsky o Weill pero desde la pandemia la oferta lírica se ha reducido de forma evidente, sin perjuicio de haber vivido de vez en cuando espectáculos de calidad. Creo, sinceramente, que este es el camino que debería seguir el Arriaga y no el recurrir a oratorios u obras sinfónico-corales escenificados a modo de alternativa. Porque la Sinfonía nº 14 de Shostakovich, por mucho que se escenifique, no es una ópera.

Dicha esta perorata, el espectáculo ha tenido sus pros y sus contras, tanto musicales como escénicos. Entre lo muy positivo, la posibilidad de escuchar esta magna obra, la penúltima sinfonía de uno de los más grandes de la historia del género y que por su complejidad, no es programada como se merece. Esta obra está basada en la palabra, en poemas de García Lorca, Apollinaire, Rilke y Küchelbecker y el tema que une a estas elegidas rimas es la muerte. Por ello la puesta en escena se fija en el hecho de morir, en el significado del último acto de cualquier ser humano. Por cierto, Bieito, en contra de lo dispuesto por el compositor, apuesta por el idioma original de cada poema y así se utilizó en el concierto castellano, francés, alemán y ruso, aunque en algunos casos la pronunciación de los dos cantantes era indescifrable.

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Entre los discutible, la propuesta escénica: al levantarse el telón una pareja, uno enfrente del otro, lee cada uno algo distinto; están físicamente cerca pero parecen estar mentalmente alejados. Les rodea un jardín florido, en el cual la soprano irá colocando múltiples cruces blancas hasta convertirlo en un cementerio. Súbitamente, la plataforma central donde se encuentran la mesa, sillas y utensilios de la pareja se eleva hasta situarse en plano casi vertical, lo que provoca que los humanos caigan a tierra, en una de las típicas apuestas de Bieito por el esfuerzo físico. Más tarde, esa misma plataforma dará la vuelta completa hasta enseñarnos un enorme espejo, en el que, en la escena final, nos reflejaremos los espectadores. Decenas de adolescentes, chavalas la inmensa mayoría, irán paulatinamente apareciendo en el escenario hasta ocupar las tumbas marcadas por cada una de las cruces. El cementerio está lleno de juventud. Los dos adultos, embadurnados de la pintura blanca con la que ella decoraba las cruces del cementerio, acaban abrazados, esperando la muerte.

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La propuesta es muy Calixto Bieito: esfuerzo físico, apuntes eróticos, vestuario proletario, exigencia escénica,… y tanto Melrose como Dasch se implicaron como es habitual. Annete Dasch tiene una voz áspera, intensa pero ya tremolante aunque como actriz está muy implicada; Leigh Melrose está lejos de ser ese típico bajo eslavo, tipología vocal tan unida a esta obra, y mostró carencias en las notas más graves aunque solventó la papeleta mejor de lo que me esperaba. Ambos son de los que se apuntan a un bombardeo escénico con Bieito y se les notó dispuestos a todo.

Entre lo menos positivo, la utilización del escenario. Nos gusta llamar a la batuta maestro concertador y también nos gusta hablar o escribir eso de que el director respira con los cantantes, canta con ellos desde la batuta. Pero si todo el escenario está situado a la espalda de Alejo Pérez no sé yo cómo se podrá respirar al alimón. Parecían dos mundos separados: complementarios pero ignorándose mutuamente. Sí, ya sé que detrás de eso hay trabajo y ensayos pero lo visualmente trasladado al espectador no es positivo. En algún momento, por necesidades escénicas, Pérez se volvía a ver la colocación, la situación de los solistas para luego continuar dándose la espalda. Es una circunstancia cada vez más frecuente y que me llama poderosamente la atención.

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Eso sí, nada que reprochar a la Orquesta Sinfónica de Bilbao que, a pesar de su colocación al fondo del escenario, no perdió calidad de sonido. Es sabido que Shostakovich limita la plantilla a cuerda y percusión y, en este sentido, la primera sonó dúctil y cálida mientras que la percusión, quizás algo predominante, supo datarse del realce que le otorga el compositor, con una quinta parte, allegretto, singular y hermosa.

Al final de la obra la respuesta popular fue efusiva sin llegar al clamor. Eso sí, los adolescentes que, silentes, estuvieron en el escenario, cubrieron toda la herradura de la platea y nos cantaron una obra coral en euskera simpática aunque sin relación alguna con lo vivido en el escenario. Eran las componentes de Leioa Kantika Korala, una agrupación dirigida por Basilio Astúlez y de relevante importancia en la música coral vasca. Ya antes del concierto ofrecieron su música en las escalinatas del teatro. La interpretación de la obra parecía más tratar de sacar rendimiento a su presencia que otra cosa. Eso sí, a estas alturas del siglo XXI me parece muy feo que una chica del coro saque a saludar al director; de verdad, ¿no se puede terminar ya con ese gesto tan “vasallesco”, si se me permite el palabro?

Gracias por poder escuchar una obra tan interesante; gracias por el esfuerzo, pero algunos preferiríamos las sinfonías al modo tradicional y que Arriaga nos ofreciera alguna píldora que otra en forma de ópera infrecuente, que en esta plaza hay donde elegir y no recurrir a las óperas de camuflaje.

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Fotos: © E. Moreno Esquibel | Teatro Arriaga