© Alfonso Suárez
De Asturias al mundo
Oviedo. 15/06/2017. Teatro Campoamor. XXXIII Festival de Teatro Lírico Español. Guillermo Martínez: Maharajá. Beatriz Díaz (soprano, Vanessa), David Menéndez barítono, Mishka), Serena Pérez (mezzosoprano, Ana), Juan Noval-Moro (tenor, Velino), Francisco Sánchez (tenor, Orlando), Martina Bueno (mezzosoprano, Concha), Antón Caamaño (bajo, Celes), Roca Suárez (actor, Amador) y otros. Orquesta Oviedo Filarmonía. Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo. Dirección musical: Julia Cruz. Dirección de escena: Maxi Rodríguez.
Supongo que para alguien como yo que no es asturiano, vivir esta función de una zarzuela indo-asturiana tiene su hándicap pero también me permite obtener la suficiente distancia para vivirla sin prejuicios. Porque Maharajá, estrenada en este mismo festival y teatro en 2017, es fundamentalmente una obra asturiana, que juega con los clichés más habituales del asturianismo, a saber, la sidra, el paisaje verde, el orbayu, el cachopo y la fabada; pero también la minería, la tradición de lucha de los trabajadores y, ¡cómo no!, la rivalidad Oviedo-Gijón. Frente a todo ello la súbita aparición de hindús en esta tierra habrá de provocar las inevitables situaciones de desencuentro cultural, dificultad en la comunicación y risas sinceras.
Quizás en primera lectura Maharajá sea una mirada caústica sobre Asturias y escuchadas las risas del público, desde el texto parece que se ha conseguido conectar con el espectador autóctono, que identifica sin problema las chanzas y dobles sentidos. Sin embargo he de reconocer que a mí, que seguro se me han escapado bastantes segundas intenciones, malas leches y retrancas, Maharajá me ha trasladado una mirada sobre Asturias impregnada sobre todo de tristeza. Quizás toda esa impresión se resuma en la frase que la protagonista dice en el momento de regresar a su tierra: ¿Asturias o trabajas? Y es que detrás de esta frase tan cruda está el fin de la minería, la crisis de la siderurgia y, en definitiva, el fin de una Asturias que durante generaciones para muchos se pensó sería eterna.

Los personajes asturianos transmiten desesperanza: una, porque ha de ir a la India para encontrarse a sí misma; otra, porque casi arruinada con su negocio de restaurante hindú, sueña con salir corriendo sin mirar atrás y salir del enclaustramiento que le produce la patria chica; otro, porque el posible cierre de su empresa le coloca al borde del paro y la desesperación; y un cuarto, porque queriendo vivir en la Asturias de siempre, es consciente que las cosas están cambiando muy deprisa, y no solo en su círculo personal más cercano. Y en esa Asturias cambiante parecen quedar solamente los viejos, los prejubilados de la minería, los que, en definitiva, apenas pueden aportar futuro.
Maharaja ya la pude vivir en su estreno de 2017; ahora la zarzuela ha visto aumentada su duración en unos veinte minutos. Guillermo Martínez ha trabajado sobre todo en los interludios sinfónicos que dan más empaque a la zarzuela hasta llevarla casi a las dos horas de duración. Y así, aunque en su temática y estructura pueda pensarse que es una obra propia del género chico, en su dimensión estamos ante una zarzuela grande, eso sí, en acto único y con escenas sucesivas que gracias al planteamiento escénico de Maxi Rodríguez, transcurre con agilidad, porque pasamos en un suspiro del Ganges al Nalón, del Taj Mahal al Carlos Tartiere y todo ello con una propuesta sencilla pero muy efectiva y con una iluminación de Juanjo Llorens muy acertada. Esta zarzuela recoge también la costumbre de citar distintas obras populares y/ clásicas e introducirlas sin complejos en la trama: así, podemos vivir una cita casi literal de La verbena de la paloma, el uso de la marcha nupcial del Lohengrin wagneriano, el inevitable Asturias, patria querida y, seguramente, otras más que se me han escapado por razones obvias.

Con respecto a los cantantes de esta función podemos observar que con una salvedad, coinciden todos lo que estuvieron en el estreno de 2017 con la excepción del papel de Ana, entonces María José Suárez y ahora Serena Pérez. El resto, salvo error u omisión, son los mismos, eso sí, nueve años más experimentados. El protagonismo vocal se lo lleva el papel de Vanesa, la chica que huye a la India buscándose a sí misma, Beatriz Díaz, de agudos robustos y audibles, aunque en la parte central su voz se perdía en el escenario y costaba encontrarla desde mi privilegiada butaca. La ya mencionada Serena Pérez ha asumido con acierto la grave tesitura de Ana, la chica desesperada por la falta de clientela en su restaurante indio, desenamorada de su novio de siempre y ensoñadora de una India utópica. El papel es vocalmente denso y exigente pero la mezzo superó todas las dificultades.
En el caso de ellos, David Menéndez es el maharajá del título y su voz fue, con diferencia, la más rotunda y mejor proyectada de la noche. El personaje no canta mucho pero hay que reconocer la habilidad de Menéndez para caracterizar al hindú perdido en el centro de Asturias. Finalmente, Juan Noval-Moro enseñó su voz de peso representando al obrero luchador, que no se resigna al cierre de su empresa tanto por su trabajo personal como por lo que ello significaría a toda Asturias. Estas dos voces masculinas fueron las más brillantes de la noche.

El resto de los cantantes fueron, sobre todo, actores y asumieron las partes cómicas, porque Maharajá, como toda zarzuela que se precie, alterna lo dramático con lo cómico sin solución de continuidad. Francisco Sánchez cuadra un Orlando impagable, vocalmente algo justo pero su personaje, el asturiano que reniega de lo foráneo, está muy bien construido. Martina Bueno y Antón Caamaño son los padres de Vanesa, los personajes que rondan la ancianidad, ajenos a todas las modernidades y que representan la Asturias rural que está desapareciendo. Y para terminar, enormes Roca Suárez, Fernando Marrot y Carlos Mesa en sus respectivos papeles, llevando al público a la risa permanente.
El Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo ha estado muy acertado y quiero subrayar el valor de Julia Cruz a la batuta llevando con pasión y resolución a la Orquesta Oviedo Filarmonía. La directora musical recibió la principal ovación del público.
Así, con Maharajá, ha concluido la XXXIII Festival de Teatro Lírico Español pero también, una época, la de Cosme Marina como principal responsable del mismo, tal y como se supo en el momento de la presentación de estas dos funciones y se ha reflejado en Platea Magazine. Me ha tocado vivir estos últimos años como espectador y cronista y solo puedo decir que este Festival es hoy en día referencia absoluta del género y, quizás, la segunda cita más relevante tras la temporada del Teatro de la Zarzuela madrileño. Esperemos que los futuros responsables no hagan decaer el interés que despierta hoy en día este festival.

Fotos: © Alfonso Suárez