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200 millones

Madrid. Auditorio Nacional. 21/06/26. B. Britten: War Requiem. Nicole Heaston, soprano. Andrey Staples, tenor. Stephane Degout, barítono. Coro de la Comunidad de Madrid, Pequeños cantores de la ORCAM, Orquesta y Coro Nacionales de España. David Afkham, director.

Impresionan los datos recogidos en el programa de mano del concierto de la OCNE sobre las muertes violentas provocadas por decisiones políticas a lo largo del siglo XX: probablemente más de doscientos millones de personas. A todas ellas va dirigido mi recuerdo. Cuando Benjamin Britten escribió su War Requiem, a comienzos de los años sesenta, aún no se había completado el terrible balance de aquel siglo. Sin embargo, pocas obras como esta han sabido expresar con tanta hondura el dolor de las víctimas y la inutilidad moral de la guerra, hasta el punto de que hoy pareciera igualmente alzar su voz por todas ellas. 

Compuesto entre 1961 y 1962 para la consagración de la nueva catedral de Coventry, levantada junto a las ruinas del templo destruido durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, el War Requiem es una de las grandes creaciones corales del siglo XX. Su relevancia trasciende lo puramente musical: Britten transforma la tradición litúrgica del réquiem en una reflexión universal sobre la guerra, la memoria y la condición humana.

Uno de los rasgos más originales de la obra es la superposición de dos universos aparentemente incompatibles. Por un lado, el texto latino de la misa de difuntos; por otro, los poemas antibelicistas de Wilfred Owen, soldado británico muerto pocos días antes del final de la Primera Guerra Mundial. De este encuentro surge una tensión permanente entre la dimensión ritual y la experiencia concreta del sufrimiento humano. Britten no busca reconciliar ambos planos ni ofrecer una síntesis tranquilizadora; al contrario, mantiene vivo el conflicto entre ellos. La liturgia apunta hacia la trascendencia y la redención, mientras que la poesía de Owen confronta al oyente con la violencia física y moral de la guerra. De esa confrontación nace el auténtico núcleo dramático de la obra.

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Desde el punto de vista musical, Britten alcanza un admirable equilibrio entre modernidad y capacidad comunicativa. Sin renunciar a los recursos armónicos y contrapuntísticos característicos del siglo XX, construye un lenguaje de enorme fuerza expresiva y notable claridad. La orquestación constituye uno de los mayores logros de la partitura. La distribución de las fuerzas musicales —gran orquesta, orquesta de cámara, coro mixto, coro infantil y tres solistas— responde a una concepción simbólica cuidadosamente elaborada. Cada conjunto habita un espacio sonoro propio. El coro y la gran orquesta representan la dimensión colectiva y litúrgica; la orquesta de cámara acompaña los poemas de Owen con una intimidad casi teatral; y el coro infantil, situado en un plano distante, aporta una sonoridad etérea que evoca la inocencia perdida y una posible trascendencia. Esta arquitectura sonora, de extraordinaria complejidad, revela la maestría de Britten en el manejo de grandes masas musicales y en la construcción de un discurso de profunda intensidad emocional. 

David Afkham afronta la recta final de su etapa como director titular de la Orquesta y Coro Nacionales de España con la interpretación de este War Requiem. Tras este compromiso le esperan aún dos hitos especialmente significativos: su despedida madrileña al frente de la OCNE con la Novena Sinfonía de Mahler, obra que también dirigirá en el Festival de Granada, y el esperado debut de la formación en los prestigiosos Proms londinenses. 

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Interpretar el War Requiem de Britten es toda una declaración de intenciones aunque sorprendió la no del todo total concentración primera al comenzar la obra. El matiz piano/pianisimo no estaba del todo conseguido (sobretodo en los graves), la textura era más gruesa de lo debido y el carácter suspendido y misterioso, tan característico del principio de esta obra, no se realizó como se debería en este concierto en la mañana del domingo. Incluso el ajuste y la afinación general de la orquesta no resultaron sobresalientes. En contraste, los dos coros —el Nacional y el de la Comunidad de Madrid— sí lograron sumergirse desde el primer momento en la atmósfera mágica de la obra. Ya desde las primeras sílabas del «Réquiem», emitidas casi en un susurro, construyeron un clima de gran belleza y recogimiento. Lo mismo puede decirse de los extraordinarios niños cantores de la ORCAM, que desde su primera intervención exhibieron una afinación impecable y una capacidad excepcional para crear la atmósfera requerida.

Tampoco la primera intervención del tenor, quizá la más demandante de éste en cuanto a carácter y sonoridad, alcanzó esa último grado de convicción, pero afortunadamente las cosas fueron mejorando a continuación, hay ocasiones en las que la maquinaria musical necesita algo más de tiempo para ponerse plenamente en marcha.

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Las trompetas, trombones, trompas y tuba elevaron de inmediato el nivel expresivo con su extraordinaria intervención inicial en el Dies Irae. Su entrada fue realmente impactante, imponiendo desde el primer momento una atmósfera de implacable energía. Pronto se instaló en el ambiente esa maquinaria orquestal casi mecánica y despiadada que caracteriza el número, con una violencia rítmica y una dureza sonora que evocan con claridad una máquina bélica incesante. Este carácter se proyectó con fuerza hacia el oyente, generando una sensación de tensión constante.

Las intervenciones de la soprano solista en el Liber scriptus resultaron igualmente vibrantes y penetrantes, especialmente en los saltos de octava hacia el la agudo, que funcionan como una llamada insistente. El movimiento culmina en un Lacrimosa de gran belleza, de carácter ondulante, construido a partir de células breves y suplicantes, admirablemente expuestas tanto por la soprano como por el coro.

El inicio del Offertorium volvió a poner de manifiesto el extraordinario nivel de los Pequeños Cantores de la ORCAM. A continuación, el carácter fragmentado del discurso —con frases cortadas, alternancia de compases de 6/8 y 9/8, entradas escalonadas, acentos marcados y un tratamiento esencialmente homofónico del coro— fue expuesto con gran claridad, alcanzando uno de los puntos culminantes de la interpretación.

Resultó especialmente destacable la percusión al inicio del Sanctus, de gran plasticidad y expresividad, en diálogo con la soprano. Asimismo, la progresión posterior —que recorre los doce sonidos de la escala cromática— estuvo muy bien conseguida, aunque habría admitido un arco dinámico algo más amplio. El Hosanna in excelsis fue especialmente impactante, desplegando una explosión de brillantez y un clímax de gran efectividad.

El clima inquietante y “arrastrado” del Agnus Dei estuvo bien resuelto, al igual que la intervención de los contrabajos y la percusión al inicio del Libera me. Se logró un crescendo muy convincente hasta el clímax posterior, con la participación conjunta de solistas, coro y orquesta en un equilibrio sólido. La obra concluye con el coro a cappella entonando el “Requiescant in pace”, seguido de ese último acorde que se disuelve en un campo armónico suspendido, dejando una sensación de inestabilidad interrogante muy particular.

Comentario aparte merece la actuación de la pequeña orquesta que interviene cuando tenor y barítono entonan los versos de Wilfred Owen. Cada uno de sus integrantes dio muestra de un sobresaliente nivel solista, sin que ello impidiera alcanzar una labor conjunta de absoluta cohesión e irreprochable calidad.

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Magnífica estuvo la soprano Nicole Heaston, poseedora de un material vocal atractivo y rico, capaz de afrontar con ello una parte especialmente comprometida y de dotarla, además, de una notable intensidad expresiva. El tenor Andrey Staples fue de menos a más, pero pronto afloraron una musicalidad intachable y una capacidad conmovedora para el fraseo, manejando con total naturalidad un falsete perfectamente integrado en un discurso vocal siempre atento a la palabra. Por su parte, el barítono francés Stéphane Degout se mostró quizá un paso por detrás en cuanto a familiaridad con el texto musicado por Britten, pero compensó esa circunstancia con la nobleza de un bello timbre, no especialmente caudaloso, aunque sí bien proyectado y de gran calidad, además de una excelente compenetración con el tenor en los pasajes compartidos.

Britten convierte el género del réquiem en una meditación contemporánea sobre la violencia organizada y el sufrimiento humano. No es únicamente una obra sobre la guerra; es una obra sobre la imposibilidad de justificarla. Más de seis décadas después de su estreno, conserva intacta su capacidad para conmover, inquietar y hacer reflexionar, lo que constituye quizá la prueba más sólida de su grandeza artística, y David Afkham, ha triunfado con su programación, y ha convertido en hito su interpretación ante su próxima despedida como titular. Ojalá el mensaje de Britten siga encontrando oídos receptivos y contribuya a que la barbarie de la guerra resulte cada vez más difícil de justificar, más difícil de aceptar y más imposible de contemplar con indiferencia.

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Fotos: © Jose Luis Pindado