© Jean Louis Fernandez
Leyendas sardas
8/7/2026. Aix-en-Provence. Théâtre du Jeu de Paume. Filidei. Accabadora. Noa Frenkel (Tzia Bonaria), Rachel Masclet (Maria), Lodovico Filippo Ravizza (Nicola Bastíu, Coro), Hugo Brady (Andría Bastíu, Coro), Victoire Bunel (Maestra Luciana, Giannina Bastíu, Una Voce, Coro), Francesco Leone (Santino Littorra, Antonio Vargiu, Dottor Mastinu, Coro). Orquesta de la Ópera de Lyon. Valentina Carrasco, dirección escénica. Lucie Leguay, dirección musical.
El mundo de la tradición y la leyenda de los pueblos que de alguna manera han vivido aislados del progreso que se extendió por Europa en los siglos XIX y XX sigue arraigado en muchas memorias colectivas. Además nos permite identificarnos de manera diferente, marcar la distancia con un mundo que cada vez está más globalizado, en donde las diferencias particulares e identitarias nos permiten sentirnos distintos. El compositor italiano Francesco Filidei ha buscado en las historias contadas por su familia, originaria de Cerdeña, una conexión con lo misterioso, lo inexplicable, lo que hunde sus raíces en tradiciones más antiguas que el cristianismo. Y, sobre todo, una identidad propia que se refleja en el mismo libreto cuando uno de los personajes reivindica el uso del sardo en el habla, y no del italiano, normalizado en todo el país después del Resurgimiento.

El resultado es Accabadora, una obra de cámara en un solo acto, con música de Filidei, al que ha acompañado Manuelle Mureddu en la elaboración del libreto, y que ahora se estrena de manera mundial en el Jeu de Paume, uno de los espacios más emblemáticos del Festival de Aix-en-Provence, que la coproduce con varios teatros y festivales europeos. ¿Y que es una accabadora (palabra, por cierto, que no aparece, si no me equivoco, en ningún momento de la obra?) Pues es una mujer con ciertos poderes entre misteriosos y reales, que ayudan a la gente con largas enfermedades a morir dignamente. La protagonista, Maria, es una niña que adopta Tzia Bonaria Urruti, que no tiene hijos, y que a lo largo de la obra de la ópera irá descubriendo los “poderes” de la Tzia (Tía), mezclados, a su vez, ya adolescente, con una historia de amor. Maria, cuando descubre la verdad, se marcha de la isla, a la moderna Turín, pero, finalmente, el destino le hace volver a Cerdeña, y casi de hecho, en convertirse en la próxima accabadora.

La historia discurre con claridad, sin dobleces, mezclando lo ancestral, lo onírico y lo real, y creando un ambiente que, aunque siniestro, produce una identificación del público con él, con su sencillez, con su arraigo a la tierra y a sus productos (el pan el vino y el tejer son parte fundamental de la vida en la aldea sarda). A ello ayuda sin duda un excelente dirección escénica de Valentina Carrasco, de la que esta temporada pudimos ver su Luisa Miller en el Palau de Les Arts valenciano. La directora argentina, junto a Mariangela Mazzeo, crean una escenografía sencilla pero bella, que mezcla obras de arte del tapiz con las mesas de amasar o con unas grandes parras que ocupan todo el escenario. Los movimientos escénicos están bien medidos y ayudan a comprender la acción. Gran trabajo de todos los responsables técnicos, especialmente de la iluminación de Antonio Castro.

Filidei crea una partitura ecléctica que recibe influencias tanto de la música contemporánea como de melodías folclóricas, presentes sobre todo en unos coros, que no se ven y que recuerdan los corifeos griegos. Crea un ambiente que define el escenario físico de la historia pero, sobre todo, la tensión subyacente en todo la acción con momentos de melodías repetitivas que recuerdan a su maestro el compositor Salvatore Sciarrino. La percusión tiene gran importancia y se pueden escuchar los cascabeles de las cabras sardas para definir el ambiente rural de la acción. Hay momentos también de gran lirismo como la escena de las cartas que se intercambian la maestra de Maria y ésta, que ha partido a Turín para intentar cambiar su destino. La música siempre se ajusta a estos cambios de acción y la sensación final es de una obra muy pensada y tremendamente comprometida con la historia narrada.

Vocalmente destacar el inmenso trabajo de Noa Frenkel como Tzia Bonaria. La contralto israelí tiene una voz perfecta para el papel y se mueve con facilidad por toda la tesitura, destacando una zona grave impresionante. Muy buen trabajo también de Rachel Masclet como Maria. Con un tercio agudo estimable, resuelve las tensiones de su papel con decisión tanto vocal como artística. El resto de cantantes no solo tienen papeles protagonistas sino que también forman parte del coro que oímos muchas veces entre bambalinas. Tanto Lodovico Filippo Ravizza como Nicola, como Hugo Brady (Andrea) y Victoire Brunel (una excelente maestra, pero también con otros papeles secundarios) o Francesco Leone (Santino) realizan un trabajo extraordinario que nos demuestran la versatilidad de muchos artistas cuando su trabajo lo reclama.
La dirección de Lucie Leguay fue atenta, con ritmos ágiles y en perfecta sintonía con el alma de la ópera. Dirigió a una disciplinada Orquesta de la Ópera de Lyon que desde el pequeño foso del Jeu de Paume lo dio todo para una ópera que tiene enorme interés y que debería tener un buen recorrido por los teatros operísticos de pequeño formato.

Fotos: © Jean-Louis Fernandez