© Enrico Nawrath
Un clásico
Bayreuth. 29/07/26. Bayreuther Festspielhaus. R. Wagner: Der Fliegende Höllandert. N. Brownlee (Höllander), M. Kares (Daland), E. Teige (Senta), B. Bruns (Erik), N. Weismann (Mary), K. Carrel (Marinero). Dir. Esc.: D. Tcherniakov. O. y C. del Bayreuther Festspielhaus. Dir. Coro.: T. Eitler-de Lint. Dir. Mus.: O. Lyniv.
Último verano de la producción de Dmitri Tcheniakov para Der fliegende Höllander convertida ya en una de las producciones clásicas y más exitosas de la era Katharina Wagner en el Festspielhaus.
En su quinta edición, el trabajo del director de escena moscovita demuestra la claridad de ideas de una dramaturgia creada sobre el libreto de Wagner, construida sobre la liberación de una mujer outsider y rebelde. Si bien las libertades narrativas e interpretativas de Tcherniakov pueden no gustar a todo el mundo, la verdad es que su lectura convence, funciona y se resuelve de manera efectiva, efectista y teatralmente resolutiva.
No ha perdido vigencia, la dirección de actores es milimétrica y orgánica, los movimientos se resuelven con naturalidad al ritmo de la música, con un coro que funciona como una máquina engrasada al milímetro. La escenografía móvil, firmada por el propio Dmitri, juega con el espacio deslizándose con una facilidad pasmosa al ritmo de un Lego infantil pero que encierra una cárcel existencial donde una sociedad cerrada y pueblerina asfixia a sus protagonistas femeninas. En este sentido el peso de Mary, aquí convertida en madre de Senta, es esencial y sobre ella, su educación a Senta y la sorpresiva liberación final de Senta a manos de su propia madre no deja lugar a dudas. Un acierto en todos los sentidos que además ayuda a los cantantes a interpretar de manera muy catártica esta ópera llena de música tempestuosa y deslumbrante.
Oksana Lyniv, quien ya ha pasado a la historia por ser la primera batuta femenina en el Wagner Festival, firmó una lectura poderosa, de una firmeza sonora casi militar. Su control de la partitura deja pocas posibilidades a matices o ribetes más coloristas, ensoñadores o fantasiosos. Su visión severa del drama, su lectura in crescendo, con un final explosivo que deja sin aliento al espectador, es de una inevitable rotundidad, pero casa perfectamente con la régie sobre el escenario y remarca la brusquedad de un Wagner todavía joven y con ganas de decir muchas cosas.
Tanto el Das Festspielorchester como Der Festspielchor, sonaron precisos, implacables y con un riqueza de harmónicos de primer nivel, como solo parece ocurrir en este maravilloso festival. Aquí nunca se tapan las voces, el equilibrio foso, escena y la recepción del sonido al espectador sigue siendo un milagro sonoro que sólo se puede experimentar en vivo. He aquí uno de las razones que hacen asistir al Bayreuther Festspielhaus con la adicción de un peregrino de la acústica año tras año.
En el reparto brillaron, como merecen, los dos roles principales. El primer Höllander en el Festspielhaus del bajo-barítono Nicolas Brownlee se saldó con el éxito de las grandes voces. Su color, vocalidad ideal, presencia y medios sobrados lo convierten en un protagonistas ideal al que solo le falta encontrar los resortes, contrastes y riqueza del fraseo que llegará con el tiempo.
En contraste, la luminosa Senta de la soprano noruega Elisabeth Teige firmó la mejor Senta desde que la cantó aquí por primera vez en 2022. El instrumento es rico en color, fácil en toda la tesitura, y ha sabido pulir un vibrato y sonidos fijos que ahora han desaparecido, dejando un dominio del fraseo, control de la emisión y una elegancia nórdica ideal para el personaje. Un merecido triunfo personal que la convierten en la mejor Senta escuchada en el Festspielhaus de los últimos años.
Efectivo, con un humor escénico sorpresivo que llamó la atención, el Daland de Mika Kares. Si por color, oscuridad de la emisión y potencia, su instrumento lo convierten en ideal Hunding o Hagen, aquí se destapó como un notable actor-cantante con dotes a explotar en el repertorio bufo. Daland bebe de esa tradición y aquí la definición actoral de Tcherniakov nos descubrió otra cara de Kares que merece explotarse en su futuro como solista en otros repertorios. La voz siempre presente, mórbida y atractiva no tuvo ningún problema con el rol y sentenció una gran actuación.
El atractivo color, punzante e incisivo en la franja aguda, del Erik de Benjamin Bruns, fue un hallazgo en la paleta de colores del reparto. Un cantante muy seguro técnicamente, con un instrumento que ha crecido con los años y que apunta a mayores roles que con el tiempo puede asumir aquí en el Festspielhaus.
También destacó el color, posición y luminosidad tímbrica del Steuermann del tenor germano-británico Kieran Carrel, quien se destapó con tablas, fluidez en la dicción y una frescura muy acorde al rol. Un interesante debut en el Festival.
La mary de la mezzo Nadine Weismann sonó matronal, destimbrada por momentos y con una emisión velada que casó con naturalidad con su personaje resabido y descreído. Una madre que no quiere que su hija repita el matrimonio fracasado que ha sufrido, y que obtiene un protagonismo final digno de una robaescenas de manual.
Una función que se saldó con un éxito unánime recibido por un público eufórico para una producción de éxito merecido y contrastado.
Fotos: © Enrico Nawrath