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El retorno de la lírica

Santander. 03/08/2017. Palacio de Festivales. LXXV Festival Internacional de Santander. Wolfgang Amadeus Mozart: Die Zauberflöte. Emily Pogorelc (soprano, Pamina), Kathryn Lewek (soprano, Reina de la Noche), Javier Camarena (tenor, Tamino), Theodore Platt ( barítono, Papageno), Franz-Josef Selig (bajo, Sarastro), Sofía Esparza (soprano, Papagena), Daniel Domínguez (tenor, Monostatos), Mercedes Arcuri (soprano, primera dama), Sofía Gutiérrez-Tobar (mezzosoprano, segunda dama), Marina Pardo (contralto, tercera dama) Valeriano Lanchas (bajo, orador) y otros. Orquesta Sinfónica Freixenet, Academia Vocal de Cantabria. Dirección musical: Rolando Villazón. Dirección de escena: David Afkham.

Salvo error, han sido quince años de ausencia de la ópera, desde aquel pretérito Otello verdiano que en 2011 abrió la edición del Festival Internacional de Santander (FIS), tal y como Die Zauberflöte ha hecho este año. Ya en una entrevista realizada a este medio en agosto de 2016 el anterior responsable del FIS, Jaime Martín, reconocía que la antes habitual ópera santanderina solo volvería cuando la situación económica así lo permitiera, dado el volumen de la deuda acumulada por el festival en años anteriores. Por ello hemos de deducir que ahora bajo la responsabilidad de Cosme Marina, el FIS goza de un equilibrio financiero que permite estos dispendios. No deja de ser curioso que en la prensa guipuzcoana hayamos leído esta misma semana a su director artístico, Patrick Alfaya, la inviabilidad económica de la ópera en la Quincena Musical donostiarra. Se me hace música conocida.

La obra elegida para este reencuentro ha sido uno de los pilares básicos del este género: Die Zauberflöte (La flauta mágica), de Wolfgang Amadeus Mozart, ofrecida en una versión escénica reciente del Mozartwoche salzburgués, estrenada este mismo enero y responsabilidad del otrora tenor reconocido Rolando Villazón. Y antes de entrar en materia permítanme una digresión: muchas personas críticas con las propuestas escénicas más novedosas acusan a los directores de escena no amar la ópera, supeditar el arte musical a su ego y/o pecar de ignorancia para con el género y no dar al canto la predominancia que se le debe. Supongo que tratándose de la idea de Rolando Villazón algunas de estas argumentaciones no tendrán cabida, lo que no obsta para que se pueda afirmar que su puesta en escena es provocadora y, aún más, ataca a uno de los pilares “sagrados” del desarrollo de una ópera cual es el respeto a la integridad de la partitura. Y, sin embargo, a mí me ha gustado… casi todo.

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La idea de Villazón es que toda la acción transcurre en los últimos días de vida del compositor, que está omnipresente en escena junto a Constanza y su hijo, representados por tres actores. Este Mozart interactúa con los cantantes y es ora participe de la dramaturgia ora compositor agónico y sufriente. El momento más proclive a ser discutido es el siguiente: Mozart muere justo al final de la ópera, mientras se desarrolla la escena en la que la Reina de la Noche, Monostatos y las tres damas se acercan al templo de Sarastro con la intención de recuperar el poder. Mozart está escribiendo en papel pautado, tiene una convulsión y fallece ante la desesperación de su mujer; en ese momento, y aprovechando la coincidencia de un acorde, se interpreta el Lacrimosa de la Misa de Requiem para, sin solución de continuidad, recuperar la ópera y culminar la misma. ¿Es esta alteración aceptable? ¿Puede Villazón cometer semejante tropelía? Pues qué quieren que les diga: me parece muy bien traído y de ser una provocación, al menos tiene buen gusto. De acuerdo, que hay otras cuestiones de peor gusto: que el grupo de Monostatos sean cabezudos que representan al mismo Mozart es una boutade, como lo es el que los dos sacerdotes salgan a escena con un bombo y una carraca, como si estuvieran anunciando el comienzo de una verbena de pueblo. Pero la idea fundamental me ha parecido interesante. Bien trabajado el vestuario y espectacular la aparición de la Reina de la Noche en el acto II.

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Vocalmente no puede hacerse, prácticamente, ningún reproche. El FIS puede decir alto y claro que el retorno de la ópera lo ha sido por la puerta grande. El reparto es muy largo pero no hay falla alguna. De forma telegráfica apuntemos la voz redonda y plena de estilo de Javier Camarena, un Tamino elegante y matizado; impecable la Pamina de Emily Pogoralc, dueña de una voz densa, muy bien proyectada y que dio al personaje bastante más enjundia vocal de la que suele ser habitual.

Theodore Platt hizo un Papageno de manual y se llevo la principal ovación del designio popular, como casi siempre ocurre con este papel. De Kathryn Lewek solo puedo decir que dio todas las notas y las dio con suficiencia; creo que es muy difícil poder escuchar por estos lares una Reina de la Noche mejor.

A Franz-Josef Selig se le notan tanto los años como su capacidad de demostrar desde la primera nota que es un señor cantante; sí, el vibrato le puede al inicio pero en cuanto calienta muestra la voz que siempre tuvo y unos graves que muchos jóvenes quisieran. Sofía Esparza fue una Papagena coqueta y pizpireta, además de muy bien cantada, quedándosele el papel pequeño. Más que suficientes las tres damas, subrayando el papel de Mercedes Arcuri y sin desmerecer sus dos compañeras, Sofía Gutierrez-Tobar y Marina Pardo.

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Daniel Domínguez apostó por un Monostatos caricaturizado en exceso aunque su arieta se dijo con personalidad y Valeriano Lanchas pudo darle más solemnidad a su Orador, aunque la voz le respondió bien. Muy bien los dos sacerdotes, Javier Alonso y Esteban Jesús Serrano y las tres chicas que interpretaron a los genios terminaron bien, aunque al principio del acto II las pasaron canutas. Para terminar, largo y bien culminado el trabajo del actor Vitus Denifl como Mozart, además del de Patricia Cercas y Gabriel García como esposa e hijo.

Uno de los puntales de la velada ha sido el trabajo de David Afkham, auténtico lujo ante la Orquesta Sinfónica Freixenet, insultantemente joven y muy bien llevada. Soberbia obertura y aunque en algunos momentos pudo la languidez, las más de las veces el tempo fue pleno de dinamismo. La Academia Vocal de Cantabria, en su escaso trabajo, no se quedó a la zaga.

En definitiva, que quienes amamos este género y añorábamos las óperas santanderinas estivales siempre podremos decir que, vista la función, la espera ha merecido la pena. Solo falta que se cumpla el vaticinio de Cosme Marina, a la sazón director artístico de FIS y se confirme que la ópera ha vuelto para quedarse. Y que sea con este nivel, si ello es siempre posible.

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Fotos: © FIS / Pedro Puente