English_Chamber_Santander26_d.JPG© FIS / Pedro Puente

Menos es más

Santander. 09/08/2026. Palacio de Festivales. Festival Internacional de Santander. Obbras de Haydn, Mozart y Schubert. English Chamber Orchestra. Elisabeth Leonskaja, piano. Marzena Diakun, dirección musical.

La propuesta del Festival Internacional de Santander para esta velada tenía algo que hoy resulta casi insólito, como se dice comúnmente no necesitaba llenar la pista para convencer. Haydn, Mozart y Schubert son nombres capaces de garantizar por sí solos una buena entrada, pero las obras escogidas están lejos de pertenecer al repertorio más trillado de las grandes temporadas. La Sinfonía n.º 44 de Haydn, el Concierto para piano n.º 12 de Mozart y la Quinta de Schubert dibujaban, en realidad, un programa de enorme coherencia musical. Tres maneras de entender el clasicismo y, sobre todo, tres momentos de una misma tradición. Es una elección que habla bien tanto de los responsables del Festival  -como de la propia English Chamber Orchestra. No hay aquí una sucesión de títulos destinados a provocar el reconocimiento inmediato. Hay música. Y eso, en un festival, es mucho.

La English Chamber Orchestra ha construido buena parte de su identidad alrededor de una idea aparentemente sencilla: menos es más. Menos masa, menos retórica, menos peso innecesario; más escucha, más transparencia, más atención al detalle. 

En Santander, bajo la dirección de Marzena Diakun, esa concepción encontró un cauce particularmente apropiado. La directora polaca no parece interesada en imponer una personalidad sobre las partituras, sino en hacer que sean ellas quienes hablen. Su gesto es fluido y enérgico, preciso sin resultar rígido, y encuentra en la orquesta una respuesta de notable disciplina camerística.

Haydn: la oscuridad también puede ser transparente

La Sinfonía n.º 44 en mi menor, Hob. I:44, conocida como Trauer o Fúnebre, pertenece a ese Haydn del Sturm und Drang en el que la aparente estabilidad del clasicismo comienza a agrietarse. La elección resulta especialmente afortunada para abrir el programa dado que frente a la luminosidad que asociamos convencionalmente con el siglo XVIII, Haydn introduce aquí tensión, oscuridad y dramatismo. El Festival la programaba en sus cuatro movimientos originales: Allegro con brio, Menue: Allegretto, Adagio y Finale:Presto

Desde el primer compás, Diakun apuesta por un Haydn enérgico, pero nunca musculado. El Allegro con brio avanza con nervio, dejando respirar las frases y permitiendo que los contrastes dinámicos construyan el carácter dramático. Las trompas son magníficas y el empaste de la orquesta, soberbio. Hay una atención especial a las líneas interiores y, sobre todo, un maravilloso legato del oboe que contribuye a suavizar la aspereza de la tonalidad menor.

Es un Haydn en el que los claroscuros del Sturm und Drang aparecen sin necesidad de subrayarlos. No hay romanticismo anticipado ni dramatización retrospectiva. El vibrato es el adecuado, suficientemente presente para proporcionar calidez, pero nunca ampuloso. La música respira dentro de su propio tiempo histórico.

El Menuet. Allegretto llega como una especie de cambio de perspectiva. La nostalgia no está tanto en el tempo como en la manera de frasear. Las texturas aparecen perfectamente delineadas y el ritmo conserva la condición danzable de la música. Diakun encuentra un tempo elegante, casi aristocrático, que evita tanto la rigidez historicista como la tentación de convertir el minueto en un episodio sentimental.

Después, el Adagio. Quizá el momento más delicado de la sinfonía. Un pianísimo maravilloso, sostenido con una concentración extraordinaria. Los primeros y segundos violines establecen un bello diálogo de melodías que obliga a escuchar no solo lo que suena, sino también aquello que queda suspendido entre una frase y la siguiente. La claridad de las texturas permite apreciar la arquitectura interna de la música. Podría reclamarse algo más de riesgo en el fraseo. Es cierto. Pero esa sería, en realidad, otra elección estética. Aquí se opta por desarrollar el clasicismo antes que pisotearlo con posturas románticas o historicismos convertidos en dogma. Probablemente porque Haydn no necesita ser disfrazado para resultar expresivo.

El Finale. Presto termina siendo, seguramente, lo mejor interpretado de la sinfonía. Vibrante, incisivo, con una energía perfectamente controlada. El diálogo entre maderas y cuerdas adquiere una vivacidad extraordinaria y la música recupera aquella dimensión de tensión que había aparecido al comienzo. La orquesta demuestra entonces hasta qué punto su reducido tamaño no es una limitación, sino una forma distinta de hacer música, dodne cada voz importa porque cada voz puede ser escuchada.

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Mozart: la inteligencia de la elegancia

El Concierto para piano n.º 12 en La mayor, K. 414 cambia radicalmente el paisaje. Mozart abandona la oscuridad de Haydn y nos conduce hacia una música luminosa, elegante y aparentemente sencilla. Pero el K. 414 no es un Mozart superficial. Es precisamente una de esas obras en las que la naturalidad puede resultar más difícil de conseguir que el virtuosismo.

Y entonces aparece Elisabeth Leonskaja. Su presentación de los temas en el Allegro es magnífica. Las violas responden con extraordinaria naturalidad y la relación entre piano y orquesta se establece desde el primer momento como una conversación. Quizá podría pedirse algo más de vitalidad en determinados pasajes, pero la opción de Leonskaja y Diakun es otra, la elegancia antes que la velocidad, la articulación antes que la exhibición.

El piano es cristalino, presente y de una elegancia deslumbrante. La digitación aparece nítida; la mano derecha enuncia y canta, mientras la izquierda no se limita a acompañar, sino que participa activamente en el discurso. Leonskaja escucha a la orquesta como quien escucha música de cámara. Y ahí reside uno de los grandes valores de esta interpretación: el empaste entre piano y orquesta es de libro.

No es un Mozart de salón. Tampoco un Mozart almibarado. Es un Mozart serio y profundo, juguetón a la vez, interpretado con una inteligencia musical que nunca necesita demostrar que está ahí. Los juegos de pedal de Leonskaja son soberbios, utilizados no para engordar el sonido, sino para darle continuidad y profundidad.

El Andante es otra cosa. Solemne, con peso, pero sin gravedad artificial. El sonido del piano alcanza una belleza casi irreal; por momentos parece imposible que aquello esté sucediendo en una sala y no proceda de una grabación cuidadosamente editada. Pero lo más admirable es precisamente su naturalidad.

Diakun y la orquesta se pliegan al piano sin desaparecer. Existe un entendimiento mutuo extraordinario, allí donde Leonskaja deja una frase en pianísimo, la orquesta la recoge; donde el piano respira, las cuerdas esperan; donde una melodía parece concluir, otra voz la continúa. Es una conversación permanente.

La cadencia constituye uno de los momentos culminantes de la velada. Leonskaja despliega acentos, adornos, respiraciones y juegos entre ambas manos con una libertad enorme, pero siempre dentro de la lógica del discurso. No hay exhibición gratuita. Cada recurso tiene una función musical. Es, sencillamente, una maestra.

El Allegretto final devuelve la sonrisa a la obra. El bajo de la mano izquierda de Leonskaja es cristalino mientras la melodía aparece cantada con una naturalidad extraordinaria. La orquesta responde en el mismo plano de escucha y las escalas del piano se suceden portentosas, nítidas, limpias, sin convertir la precisión en frialdad.

En Leonskaja conviven dos cualidades que no siempre aparecen juntas: autoridad y humildad ante la partitura. Algo que encaja con la trayectoria de una pianista cuya aproximación al repertorio ha sido frecuentemente reconocida por su inteligencia estructural y su capacidad para encontrar conexiones profundas entre las obras. De ahí la lógica de la propina que nos brindó: la primera de las tres piezas para piano D. 946 de Schubert, en mi bemol menor, cuyo acercamiento fue profundo, directo, y musicalmente estupendamente interpretado. 

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Schubert: cuando el clasicismo empieza a mirar hacia otro lugar

La Sinfonía n.º 5 en Si bemol mayor, D. 485 de Schubert podría parecer, sobre el papel, una conclusión luminosa y casi despreocupada. Pero ahí está precisamente su interés. Escrita en 1816, cuando Schubert apenas tenía diecinueve años, es una obra profundamente vinculada con Mozart y Haydn, aunque ya contiene algún atisbo de lo que se avecinaba:  la conciencia romántica del tiempo y de la melodía.La propia concepción del programa permite entenderla casi como una respuesta. Después del Haydn oscuro y del Mozart luminoso, Schubert recoge ambos mundos y los transforma.

El Allegro comienza con una claridad casi mozartiana. Las cuerdas plantean el discurso con ligereza y naturalidad, pero pronto se advierte que la melodía schubertiana tiene otro tipo de respiración. En algunos momentos, el viento aparece ligeramente por encima de la cuerda y el balance no resulta siempre perfecto. Es uno de los pocos puntos en los que la transparencia de la English Chamber Orchestra encuentra alguna dificultad.

El Andante con moto recupera, sin embargo, el equilibrio. Es quizá el movimiento que mejor permite apreciar esa capacidad de Schubert para hacer que una melodía aparentemente sencilla vaya adquiriendo profundidad mediante pequeñas inflexiones armónicas. La música avanza sin dramatismo, pero nunca sin intención. Y es precisamente aquí donde la interpretación evita un error frecuente donde se acostumbra a convertir a Schubert en un romántico prematuro. Hay lirismo, sí, pero no sentimentalismo. La frase se mantiene contenida y la arquitectura nunca desaparece detrás de la emoción.

En el Menuetto: Allegro molto quizá se hubiera agradecido mayores aristas y los contrastes podrían haber sido más exacerbados. No basta con que las transiciones armónicas entre las tonalidades mayor y menor aporten elocuencia al discurso: en este movimiento existe una tensión rítmica que puede hacerse más incisiva, más áspera, más imprevisible. El Trio aporta, en cambio, el necesario contraste y recupera esa conversación entre las distintas familias que tan bien domina la formación británica.

El Allegro vivace termina siendo el movimiento más logrado de toda la sinfonía. Aquí todo encaja. El juego melódico entre primeros violines, violonchelos y viento está magníficamente elaborado. La frase es diáfana y el equilibrio entre maderas y cuerda, ahora sí, extraordinario. La música avanza con ligereza, pero no con superficialidad. Y esa distinción resulta fundamental en Schubert. El movimiento no busca una culminación grandilocuente y encuentra su satisfacción en la propia continuidad del discurso. La música parece saber adónde va sin necesidad de apresurarse para llegar.

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La inteligencia de no exagerar

Hay una cierta paradoja en esta velada. Tres compositores enormes y ninguna necesidad de convertirlos en monumentos. La English Chamber Orchestra, Marzena Diakun y Elisabeth Leonskaja han ofrecido un concierto construido sobre la proporción, la escucha y la inteligencia musical. No todo ha sido perfecto —algunos balances en Schubert y determinados pasajes del Menuetto de Haydn o Schubert podrían haber alcanzado mayor riesgo—, pero precisamente por eso el resultado resulta convincente porque no se ha buscado una perfección de superficie, sino una lectura coherente.

En tiempos en los que los programas de los festivales parecen obligados a competir por el reconocimiento inmediato, esta apuesta parece como si tuviera  algo de reivindicación. Haydn 44, Mozart 12 y Schubert 5 no son números de escaparate. Son partituras que necesitan ser escuchadas con atención.

Y creo ahí esté la verdadera lección de esta noche en Santander, que menos puede ser más cuando detrás de ese menos hay criterio. No hace falta llenar el escenario para llenar la música. Basta con escucharla. Y hacer que, durante unas horas, también la escuchemos nosotros.

Fotos: © FIS / Pedro Puente