
© David Mudarra
La música después de las notas
San Lorenzo de El Escorial. 19/09/2026. Teatro-Auditorio San Lorenzo de El Escorial. Obras de Schubert, Wagner y Schumann. West-Eastern Divan Orchestra. Daniel Barenboim, dirección musical.
Barenboim, el mito y la música que todavía puede cambiar el mundo
Hay artistas a los que uno va a escuchar. Y hay artistas a los que uno va, además, a ver pasar por delante de la historia. Daniel Barenboim pertenece, desde hace décadas, a esa segunda categoría. A sus 83 años, con una fragilidad física que ya no permite esconder el paso del tiempo, conserva intacta algo mucho más difícil de preservar que la fuerza: el aura.
Quizá por eso había algo de peregrinación en subir una vez más a San Lorenzo de El Escorial. Como quien asciende la colina verde de Bayreuth no solamente para asistir a un concierto, sino para participar de un rito. Hay noches en las que la música comienza mucho antes de que el primer músico entre en el escenario y esta era una de ellas.
Porque, ¿qué se puede decir de un concierto de Barenboim a estas alturas? Habrá que reseñarlo, precisamente porque es necesario contar las cosas que suceden. Incluso cuando uno sabe que, en ocasiones, la crítica musical se queda corta ante determinados acontecimientos. Incluso cuando el protagonista de la noche ya no necesita demasiadas explicaciones por no decir ya ninguna.
Barenboim ha construido una trayectoria que pertenece a la historia de la interpretación musical del siglo XX y que continúa proyectándose sobre el XXI. Niño prodigio, pianista, director, hombre de ópera, intérprete de Beethoven, Mozart, Schubert, Brahms y Wagner; director en París, Chicago, Berlín, La Scala y Bayreuth; músico de una amplitud intelectual extraordinaria. Su biografía artística es, por sí misma, desmesurada.
Y después está el Diván.

El hombre, el mito
La palabra mŷthos, antes de convertirse en sinónimo de leyenda, significaba relato, palabra, aquello que se cuenta. Con el tiempo se fue contraponiendo a lógos, la razón, el discurso argumentado, la explicación. Y pocas veces la oposición entre ambos conceptos resulta tan pertinente como al hablar de Daniel Barenboim. Algunas trayectorias que pueden explicarse, sin embargo la de Barenboim, además, debe contarse.
El mito no consiste solamente en haber debutado como pianista siendo un niño y haber llegado a dirigir las grandes orquestas del mundo. Tampoco en sus décadas de relación con Wagner, en Bayreuth, ni en su larga asociación con la Staatskapelle de Berlín. Consiste en la suma de todas esas vidas musicales y, sobre todo, en haber entendido que un músico puede aspirar a algo que está más allá de la excelencia interpretativa.
En 1999, junto a Edward Said, fundó la West-Eastern Divan Orchestra. Desde entonces, jóvenes músicos israelíes, palestinos y de otros países árabes y norteafricanos han compartido atril, ensayo, discusión y escenario.
Nos hemos acostumbrado. Y no deberíamos. Que un grupo de músicos pueda sentarse hoy con aparente naturalidad a tocar Schubert, Wagner o Schumann puede hacer que olvidemos lo extraordinario del hecho que tenemos delante. No deberíamos normalizar la genialidad social del Diván. Que algo haya sucedido durante más de veinticinco años no significa que haya dejado de ser excepcional.
Mahler decía que la música es todo aquello que no está en la partitura, que había que ir más allá de las notas. Barenboim y Said entendieron que hacer música juntos exigía algo previo y algo posterior a la música, esto es, escucharse, aceptar al otro, compartir un espacio y asumir que la convivencia no significa pensar igual, sino ser capaz de construir algo común sin borrar las diferencias.
Es, en definitiva, una manera de llevar la música más allá de la música. Y quizá ahí esté una de las claves para entender al Barenboim de esta noche.
Un Barenboim mermado físicamente. El aura, intacta
El cuerpo ya no acompaña como antes. La entrada al escenario es más lenta. El gesto es más pequeño. La batuta ya no describe aquellos grandes arcos con los que Barenboim parecía dibujar físicamente la arquitectura de una obra. Pero reducir su presencia a su fragilidad sería equivocarse.
Porque quizá Barenboim ya no necesite mover los brazos para mover una orquesta. Dicho en el lenguaje de los jóvenes: a Barenboim no le hace falta ni farmear. El aura viene de serie.
Y la West-Eastern Divan lo sabe. Hay una relación que no necesita demasiadas instrucciones. Una mirada, una respiración, un pequeño movimiento de la mano pueden contener décadas de experiencia compartida. Eso no significa que todo sea perfecto. Ni debería serlo. El mito no convierte a un intérprete en infalible. Precisamente por eso resulta más interesante, porque estamos ante un músico, no ante una estatua.

Schubert: lo trágico y lo amable
La Sinfonía n.º 8 en si menor, D. 759, la célebre Incompleta de Franz Schubert, abrió el concierto. Es difícil resistirse a la paradoja de una obra que, estando incompleta, parece una de las piezas más completas de todo el repertorio romántico. Dos movimientos bastan para construir un universo.
El primero, Allegro moderato, se planteó como un discurso suspendido entre lo trágico y lo amable. Desde el comienzo, la cuerda de la West-Eastern Divan buscó un empaste extraordinariamente sutil, sin dureza, sin ansiedad. El lirismo estaba a flor de piel. Todo parecía orgánico. No había una voluntad de subrayar cada acontecimiento, sino de permitir que la música respirara. El célebre contraste entre la oscuridad del comienzo y la aparición posterior del tema lírico se convirtió en una conversación entre dos mundos: uno amenazante, otro casi pastoral. Pero en Barenboim ambos pertenecen al mismo organismo.
Hay un carácter sombrío, y quizá el tempo lento podía producir cierto alisamiento del discurso, pero también es cierto que esa concepción encontraba una traducción particularmente convincente. La orquesta llegaba allí donde posiblemente a la batuta le costaba llegar. Era la paradoja de la noche: el hombre disminuía físicamente mientras la música parecía agrandarse.
El Andante con moto profundizó esa impresión. La melodía se desplegó con naturalidad, sin sentimentalismo. La cuerda sostuvo una línea cálida y respirada, mientras las maderas aportaban ese carácter casi conversacional tan schubertiano. No era un Schubert ingenuo. Tampoco un Schubert trágico a la fuerza. Era un Schubert consciente de que la belleza y la amenaza pueden convivir en una misma frase.
Wagner: cuando el deseo se convierte en sonido
El Preludio y la Muerte de amor de Tristán e Isolda son, probablemente, dos de las páginas que mejor permiten comprender la relación de Barenboim con la música. Su trayectoria wagneriana está ligada a Bayreuth desde 1981, donde dirigió durante casi dos décadas.
El Tristán de Barenboim y el Diván posee una dimensión que trasciende el mero repertorio. La música de Wagner, con su cromatismo, su deseo suspendido y su incapacidad para encontrar reposo, adquiere otra resonancia cuando quienes la interpretan pertenecen a comunidades atravesadas por uno de los conflictos políticos más dolorosos del presente. No hace falta convertir el concierto en un manifiesto. Precisamente ahí reside su fuerza.
En el Preludio, Barenboim no busca precipitar el deseo. Lo prolonga. Lo deja suspendido. La tensión nace precisamente de aquello que no termina de resolverse. Las cuerdas construyen una materia sonora densa y sensual, mientras los distintos grupos instrumentales parecen respirar dentro de una misma frase.
La Muerte de amor es otra cosa: el movimiento hacia la disolución, hacia un lugar en el que el individuo deja de existir como entidad separada. Y quizá sea aquí donde el Diván encuentra su significado más profundo. Porque toda la trayectoria de la orquesta consiste, en cierto modo, en demostrar que la diferencia no tiene por qué terminar en separación.

Schumann: volver a Europa después de haber atravesado el abismo
Después del intervalo, la Sinfonía n.º 3 en mi bemol mayor, op. 97, Renana, de Robert Schumann. Después de la introspección de Schubert y del vértigo metafísico de Wagner, Schumann devuelve la música al paisaje, a la arquitectura, a la comunidad.
La Renana nació de la impresión que produjo en Schumann el paisaje y la cultura del Rin. Su estructura en cinco movimientos rompe, además, con la tradicional sinfonía en cuatro tiempos. No necesita, por tanto, una dramaturgia externa, su propio diseño contiene una narración.
El primer movimiento, Lebhaft, posee una energía expansiva que contrasta con el mundo cerrado de la Incompleta. El segundo, Sehr mäßig, introduce esa mezcla tan schumanniana de danza, intimidad y movimiento. El tercero, Nicht schnell, parece detener el tiempo antes de conducirnos al corazón espiritual de la obra.
Y ahí aparece el cuarto movimiento, Feierlich. La solemnidad no es aquí una simple cuestión de volumen. Es una transformación del tiempo musical. Schumann contempla la catedral de Colonia y convierte esa impresión en sonido. La música se hace vertical.
Finalmente, el Lebhaft devuelve la obra al movimiento, a la vida, a la celebración. Hay algo profundamente coherente en colocar esta música después de Wagner. La Renana no reniega de la herencia wagneriana, pero tampoco se entrega a ella. Es otra forma de romanticismo: menos abismal, más humana.
Y en manos de Barenboim y su Diván adquirió una dimensión añadida. No porque haya que convertir cada compás en una alegoría política, sino porque resulta difícil escuchar a una orquesta nacida del diálogo entre pueblos sin pensar en lo que significa tocar juntos una obra construida precisamente alrededor de la idea de pertenencia.

La música después de las notas
La noche terminó y, con ella, la primera edición de Escena Escorial. No podía haber mejor broche para una idea que ha exigido tenacidad: convertir San Lorenzo de El Escorial en un lugar de encuentro cultural de dimensión internacional. El festival, impulsado por la Fundación ORCAM, con el respaldo de la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial, ha reunido durante estas semanas música sinfónica, ópera, danza y otras propuestas escénicas en distintos espacios del municipio.
Y terminar con Barenboim y la West-Eastern Divan no es solamente programar a una figura universal. Es cerrar el festival con una idea. La de que la cultura no debe limitarse a decorar la realidad, sino que puede interrogarla. Que una institución cultural puede ser algo más que un lugar donde suceden cosas. Que una orquesta puede ser también una forma de pensamiento.
Barenboim ha dedicado buena parte de su vida a demostrarlo. Quizá por eso, al final, importa menos si esta noche el gesto fue grande o pequeño. Si el cuerpo respondió como hace veinte años. Si la batuta dibujó con precisión cada transición. Lo verdaderamente importante es que, cuando terminó la música, seguíamos escuchando algo.
El eco de Schubert. El deseo interminable de Wagner. La humanidad de Schumann.
Y, detrás de todo ello, la figura de un hombre que lleva más de siete décadas intentando demostrar que la música puede ser mucho más que música. Eso es el mŷthos de Barenboim.
Y por eso uno vuelve a casa después de subir a El Escorial con la sensación de haber asistido, una vez más, no solamente a un concierto, sino a un capítulo de una historia que todavía no ha terminado porque perdurará en nuestros corazones eternamente.

Fotos: © David Mudarra

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