Dusseldorf_Filarmonica26_b.jpg© Susanne Diesner

El arte de contener la emoción

Madrid. 22/10/2026. Auditorio Nacional de Música. Tercera Sinfonía de Gustav Mahler. Orquesta Sinfónica de Düsseldorf, Pequeños cantores de la ORCAM, Coro de la Comunidad de Madrid. Catriona Morison, mezzosoprano. Ádám Fischer, dirección musical.

La temporada 2026-2027 de La Filarmónica se presenta como una de las ediciones más heterogéneas y ambiciosas de su trayectoria. Con motivo de su decimoquinto aniversario, la entidad ha reunido a algunas de las figuras más destacadas del panorama musical internacional, proponiendo, además, un programa inusual que trasciende el gran sinfonismo europeo. Así, su nueva serie de conciertos combina las mayores joyas de Mahler, Beethoven o Chaikovski con otras obras que extienden un diálogo entre esta tradición centenaria y otros lenguajes musicales vinculados al jazz, o a la cultura norteamericana. 

Esta edición también propone un recorrido por las distintas corrientes y perspectivas interpretativas que conviven en la música clásica actual, como puso de manifiesto su concierto inaugural, en el que se interpretó la Tercera sinfonía de Gustav Mahler por parte de Ádám Fischer y su Orquesta Sinfónica de Düsseldorf. En este sentido, la elección de Fischer por parte de La Filarmónica ha sido una gran declaración de intenciones. Aunque el maestro húngaro no se considere a sí mismo un especialista en Mahler, su trayectoria y los excelentes resultados cosechados en este campo demuestran lo contrario. Sus singulares lecturas de las nueve sinfonías (todas ellas grabadas con la competente formación de Düsseldorf) se han convertido en versiones de referencia para melómanos, puesto que se sitúan a las antípodas de las tendencias dominantes actuales. 

Una vez más, Fischer buscó rehuir de la exageración expresiva, sin caer en una frialdad y mesura excesiva. Su forma de abordar el célebre himno panteísta que escribió Mahler entre 1895 y 1896 privilegió la claridad y la transparencia de la arquitectura musical, permitiendo escuchar texturas (especialmente en los pianissimi) que pocas veces han irrumpido en el Auditorio Nacional de Música. Tal y como se esperaba, su enfoque de la Tercera sinfonía fue minucioso y analítico; dispuesto a reflejar cada detalle, transición y contaste descrito en los compases, sin perder la visión global de la partitura. Asimismo, el maestro nacido en Budapest no sucumbió, como tantos otros, a la tentación de sobredimensionar los clímax. Más bien, los esculpió con una extraordinaria graduación controlada, la cual provoca en el oyente un impacto más profundo que el frenesí decibélico comúnmente extendido.

El monumental primer movimiento al que Mahler sobretituló 'Pan despierta; llega el verano' es la mayor prueba de resistencia a la que debe hacer frente el maestro. La férrea batuta de Fischer logró representar y ordenar esa gran riqueza tímbrica, permitiendo que cada familia encontrara su lugar en el conjunto. Especialmente logrado fue el diálogo entre la cuerda y el metal, cuya sonoridad se integró con naturalidad gracias a la intervención de las maderas, enriqueciendo la textura sin restarle amplitud. El refinado tratamiento de las dinámicas fue otro de los aspectos más destacados de este movimiento inicial. Los pianissimi de la cuerda alcanzaron una sutileza excepcional, generando una atmósfera de suspensión en la que los sonidos más tenues evocaban los murmullos íntimos y misteriosos de la naturaleza: aquellos que casi escapan a la percepción humana. Sobre este punto, cabe elogiar el trabajo de los ocho contrabajos que, en determinados pasajes, parecían alejarse hasta perderse en la distancia.

Dusseldorf_Filarmonica26_a.jpg

El segundo movimiento, en el que Mahler da voz a las flores, volvió a deslumbrar por su refinamiento. Desde los primeros solos del oboe se estableció un clima de ligereza y distinción que se extendió durante el exquisito diálogo entre la concertino y la flautista. El único aspecto discutible fue el carácter contenido de la danza. Pues la búsqueda de la elegancia y la atención al fraseo parecieron primar sobre el impulso danzante de este “Tempo di Minuetto”. Por su parte, el tercer movimiento sí plasmó el sentido juguetón del “Scherzo”. Como imaginó el compositor, los animales del bosque parecían revolotearse sobre el escenario del Auditorio en el instante en el que la luz del día cedía paso a la oscuridad de la noche. Las intervenciones del posthorn (no siempre del todo uniformes) evocaron aquellas llamadas lejanas con las que Mahler buscaba sosegar a las criaturas traviesas. 

En el cuarto tramo, la incorporación de la voz humana abrió un nuevo horizonte sonoro a la sinfonía. La mezzosoprano escocesa Catriona Morison cantó los ambiguos y sugerentes versos de Friedrich Nietzsche, elegidos por Mahler para ilustrar la experiencia del ser humano en el mundo. El discurso de Zaratustra adquirió una fuerza conmovedora gracias al timbre cálido y aterciopelado de Morison, su afinación impecable y su riqueza expresiva. La parte vocal cobró mayor protagonismo en el quinto movimiento, con la grata participación de los Pequeños cantores de la ORCAM y el Coro femenino de la Comunidad de Madrid. La oscuridad del lied nietzscheano dio paso al destello pueril y luminoso con el que los ángeles cantan sobre el arrepentimiento de Pedro. El gesto claro de Fischer propició un ensamblaje sin fisuras entre las dos formaciones, la mezzosoprano y la masa orquestal. 

Dicha pulcritud sonora preparó el camino hacia el esperado último movimiento. El Adagio se desplegó con una arquitectura impecable, sostenida por el ya mencionado control de las graduaciones dinámicas desde la primera a la última nota. Los crescendos dosificados con inteligencia evidenciaron el dominio incuestionable que posee Fischer sobre este repertorio. Su elección alimentó una tensión contenida que desembocó en un final de intensa carga emocional, llamado a perdurar en la memoria de quienes fueron testigos de ese acontecimiento.

Fotos: © Susanne Diesner