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arcadivolodos Marco Borggreve 

Contrastes y anécdotas

Barcelona. 12/3/17. Auditori. Parra: Fibrillian. Sinfonía de cámara, núm. 2 para orquesta de cuerda. Beethoven: Concierto para piano y orquesta núm. 3. Arcadi Volodos, piano. Schreker: Obertura para un drama. Bartók: El mandarín maravilloso (suite). Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Dirección: Josep Pons.  

En los pequeños detalles, en lo aparentemente anecdótico, se esconde toda la sintomatología profunda de una época y un lugar. El estreno nacional de la obra de un compatriota en un país como el nuestro –por parte de la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya– importa tan poco como para que no se le dedique ni una sola palabra en el comentario incluido en las notas al programa. Quizás sea eso, o quizás provoque tanta perplejidad que se decida ignorarla. En cualquier caso, una falta que no comprendo a qué se debe. Más allá de todo juicio para el que necesitamos siempre una perspectiva histórica, el compositor catalán Héctor Parra no necesita ser reivindicado por nadie y menos por un servidor: pese a su juventud su obra tiene una gran presencia ya no por esta larga residencia en el Auditori barcelonés que afronta su recta final, sino porque ha recorrido media Europa. Pero esta sinfonía de cámara Fibrillian es una partitura que merecía alguna atención. Una obra encargo de la Orquesta de Cámara de Breslavia dirigida por Ernst Kovacic y estrenada hace nueve años en Varsovia (por cierto la misma cantidad de años que los trabajadores del Auditori y la orquesta afirman estar esperando que se les pague el 1% de aumento que se les debe, y que ha desembocado en una huelga que provocó la cancelación del concierto previsto para el viernes) y donde como sucede en otras creaciones de Parra, la organización de las distintas dimensiones sonoras parte de una inspiración de raíz biológica. En este caso, las fibras musculares del corazón. La obra se encuentra emplazada en su catálogo entre el primer cuarteto de cuerda Leaves of reality (2007) y su segundo Fragments on fragility (2009) donde si bien la inspiración inmediata es la física de partículas, ésta se articula como en este caso a través de una intensa expresividad evocadora. En Fibrillian Parra convierte una orquesta de cuerda en un inmenso tejido sonoro que late a través de una polifonía no basada en la combinación de melodías –como explica el compositor– sino de “fibras”, líneas de gravedad si se quiere. La escritura orquestal en esta pieza no carece nunca de interés ni ideas, y a lo largo de sus doce minutos de duración mantiene una tensión creciente, sin que exista no obstante un desarrollo narrativo lineal. El tratamiento de Josep Pons, de gran claridad y preciso criterio, favoreció una buena versión de la obra, fiel a la agresividad con la que se abre, con largos pasajes meditativos que demandan un buen ajuste e implicación en todas las secciones. La meticulosidad endiablada que –a través de saltos, armónicos o pizzicati Bartók entre otros– dedica Parra a dos contrabajos flotando sobre la marejada de cuerdas, encontró en ambos un desempeño admirable. 

Aunque parezca que estos días en Barcelona descubramos de pronto a Beethoven, como sucede en la aportación de los nombres verdaderamente grandes el envoltorio de su obra sólo esconde lo esencial, aquello que es tan difícil de alcanzar siquiera a rozar y menos a describir en palabras. Es precisamente eso lo que logra el piano de Arcadi Volodos con este tercer concierto para piano, sometido por el compositor de Bonn a un tortuoso proceso de creación, como todo punto de inflexión creativo. En este caso, el tratamiento que recibe la orquesta demanda una consistencia que se logró –a excepción de vientos algo inestables, que no ofrecieron el buen nivel al que estamos acostumbrados– aunque se hiciera en muchas ocasiones al precio de la aventura, siendo la batuta de Pons cautelosa y excesivamente conservadora en el Rondo final. El resultado global fue sin embargo, de altura. Como es sabido, Volodos es un magnífico gestor de atmósferas y relieves tímbricos canalizados con una fluidez asombrosa, como se pudo comprobar en el Allegro con brio de pasmosa agilidad y equilibrio entre ambas manos, en un Largo antológico donde fue capaz de dotar de una trascendencia metafísica a los pianissimo, sintonizando perfectamente con la flauta en los pasajes arpegiados, o en un rondó de personalidad y precisión deslumbrante en los ataques. No hay en las manos del ruso ningún juego de prestidigitación, sólo una profunda comprensión de la música articulada mediante una espléndida capacidad comunicativa: la misma que eligió para que resplandeciera la música y no él –qué poco usual en estos tiempos– en las dos propinas, particularmente en un Rachmaninov de fiel ensoñación romántica. 

En la segunda parte, la Obertura para un drama de Franz Schreker, que no es más que una versión del preludio a su ópera Los estigmatizados, multiplicaba los efectivos de una orquesta algo atenazada por momentos y fue tal vez un entrante excesivamente grande para el plato que cerraría el programa. De grandilocuencia sinfónica y texturas gruesas, sirvió para poner de manifiesto el buen momento de las cuerdas graves de la orquesta, sólidas y compactas, y algunos detalles de calidad en el solo de viola, si bien no oímos el grado de implicación en todas las secciones como sí sucedería con Bartók, y la dirección estuvo algo acusada de falta de tensión. Fue en la asombrosa suite de El mandarín maravilloso cuando Pons pudo desplegar en más ocasiones su detallismo, buen criterio estilístico y comprensión interna de la música. A través de una dirección de gesto preciso y vigoroso, logró el empaque necesario en las cuerdas, poco flexibles en el inicio, y mantuvo a raya siempre que pudo el control de las estridencias y los matices en las dinámicas: la respuesta y soltura de la orquesta fue de menos a más, y encontró en los solistas, particularmente en un trombón espléndido, las pinceladas precisas sobre ese gran lienzo expresionista de resonancias telúricas que Bartók arroja sobre la tragedia de la miseria humana contemporánea. Pons agradeció el esfuerzo, como también lo hizo la buena acogida de un Auditori que tuvo en la batuta catalana un invitado de altura que maximizó los recursos de los que dispuso.  

 

 

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