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Mucha historia

Madrid. 19/03/17. Teatro Real. Obras de Caccini, Vivaldi, Mozart, Rossini, Puccini, Tosti o Modugno, entre otros. Sergio Ciomei, piano. Cecilia Bartoli, mezzosoprano.

Cecilia Bartoli ya es conocida por todos, y por méritos propios. Muchos méritos. Con una carrera espectacular, además de ser una cantante con todo el pescado vendido, atrae a un público ya convencido de casa. Con esas premisas, hace el canasto que le da la gana. Ha venido a divertirse a Madrid, a cantarnos con cierto aire de bolo y a hacernos divertir a nosotros también.
     En el programa nada menos (nada más no, porque es prácticamente imposible) que 400 años de música. Mucha historia. Mucha tela que cortar y el miedo sobre el papel de utilizar para todo el mismo patrón. No fue así.

En la primera parte, centrada en el barroco, con apenas cuatro canciones dedicadas al Romanticismo y el Parto, ma tu ben mio de La Clemenza mozartiana, Bartoli sólo tuvo que luchar contra sí misma, contra el espejo del tiempo. Y sorprendentemente el espejo nos devolvió una Bartoli excelsa más allá de las agilidades que le dieron fama. Magnífica en el canto desplegado de conocidas arias como la haendeliana Lascia la spina o el Selve amiche de Caldara, de expresividad recogida y delicadeza en las formas y el decir. No tan resueltas quedaron algunas otras, como las agilidades en Nobil onda de Porpora o la Gelosia, tu già rendi l’alma mia, de Vivaldi.

En el cierre, con canciones de Rossini, Bellini y Donizetti que tanto recordaron a anteriores apariciones suyas en el Real, se mostró un tanto de lo que vendría tras el descanso. Daba la sensación de que Bartoli salía y sólo entonces decidía qué hacer, por donde ir, cómo llevar la música. Es evidente que esto es imposible, pues ahí está la encomiable labor de Sergio Ciomei al piano (con la tapa casi cerrada) para atestiguarlo, pero tal es la frescura y atractividad de la cantante, que dota a todo lo que canta de una dosis mágica de espontaneidad. Así, cantó una Danza rossiniana directamente alocada, pandereta en mano, y deconstruyó el fraseo del Me voglio fa’na casa donizettiano para acelerar un tanto el fraseo en Vaga luna de Bellini. Y con todo, fueron piezas disfrutables que convencieron al respetable.

Ya en la segunda parte, tras una serie de pequeñas canciones puccinianas y su O mio babbino caro, que increíblemente enganchó a quien escuchaba de principio a fin, llegaron las napolitanas. Bien resueltos los “tostis”: Ninna nanna, Aprile y la complicada ‘A vucchela, la mezzo hizo maravillas con Donaudy, en O del mio amato ben. Espectacular. Napolitana, sí, pero espectacular en la concepción y la resolución, en un abandono alejado de lo acostumbrado. Vinieron después hits tales como Santa Lucia, O sole mio (en las propinas) o Nel blu dipinto di blu, llevadas siempre a su manera. Del mismo modo que hicieran Di Stefano o Pavarotti por ejemplo, quienes fraseaban siempre a su propio gusto y levantaban grandes lecturas. Bartoli no dispone de la mediterraneidad de estos, pero en ocasiones se mostró incluso mucho más inteligente.

El público, entregadísimo, le arrancó cuatro propinas, Carmen incluida, cerrando con La Cenerentola, donde demostró por qué es una grande de hoy en día. Sí, hemos venido a divertirnos, pero no os olvidéis de lo que realmente soy capaz, que es mucho, muchísimo.

 

 

 

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