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SteinbergAngelich

Pongan un Steinberg en su orquesta

Barcelona. 24/01/16. Auditori. Granados: Goyescas (Intermezzo). Liszt: Concierto para piano núm. 2. Mahler: Quinta Sinfonía. Nicholas Angelich, piano. Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Dirección: Pinchas Steinberg.  

Como se ha dicho hasta la saciedad, la OBC tiene mucho trabajo por delante para llegar a desarrollar y consolidar el potencial que tiene. La etapa con Kazushi Ono acaba de comenzar y los síntomas son positivos, pero no es todavía tiempo de balances. En este sentido, esperamos que esta temporada sea una transición hacia apuestas más arriesgadas, lo que seguro le proporcionaría a la orquesta los desafíos que necesita. No era este el caso del programa que nos ocupa –después de una Novena de Beethoven dirigida por de Vriend que en general convenció– y sin embargo, nos reafirma en la opinión porque la orquesta, de menos a más en correspondencia con el programa, tuvo momentos de auténtica excelencia, con un gran desempeño del director invitado Pinchas Steinberg, que ya había dejado un buen sabor de boca en 2012 cuando vino a dirigir la fascinante partitura de El castillo de Barbazul en versión concierto y una Décima de Shostakovich. Gran sabor de boca y butacas semivacías entonces, porque no hay remedio: el público se mueve en general por el tirón mediático de intérpretes o buscando el repertorio que ya conoce, lo que nos hace pensar que quizás quien necesita más desafíos son los asistentes. Con la misma impresión positiva, la Quinta de Mahler acercó más gente esta vez, aunque el plato fuerte del día en la ciudad se sirviera por la tarde, con la visita de John Eliot Gardiner.  

La inclusión del conocido Intermezzo de las Goyescas se nos antoja un compromiso con el expediente a cumplir con el gran compositor ilerdense (aunque nos queden tantos expedientes por cumplir con Granados y con tantos otros). En todo caso, un gesto simbólico con el que se quiso conmemorar el centenario de su muerte y del propio Intermezzo, último fragmento escrito por Granados en enero de 1916. Tras la partitura de Granados, que aunque resuelta con suficiencia francamente sirvió más bien de calentamiento a orquesta y auditorio, llegó el Segundo Concierto para piano de Liszt, pieza de virtuosismo y exuberancia orquestal, con gran interés desde el punto de vista formal y de una íntima sustancia romántica. Nicholas Angelich abordó una obra característica de un repertorio, el romántico, en el que se siente particularmente cómodo. Apareció en el escenario como si fuera un paciente que despertaba de una larga convalecencia, pero despejó las dudas tras los arpegios que irrumpen entre los vientos en el adagio que inicia la obra, mostrando carácter en los pasajes agresivos, eligiendo un rubato muy acorde con el espíritu del concierto, aunque la excesiva premura en algunos pasajes y finales de frase presentara algunas dificultades en la relación con la orquesta. En este capítulo merece una mención destacada el solista de violonchelo José Mor, muy inspirado en el diálogo con Angelich, con un fraseo bien administrado y un sonido espléndido.

Una de las virtudes indiscutibles de Steinberg es la capacidad para conseguir una gran implicación de los músicos. Con autoridad marcial el director fue alineando cuerdas, vientos y percusión en una misma dirección, y la orquesta comenzó a desplegar una expresividad algo atenazada en el pasaje orquestal de Granados. Rápidamente se puso de manifiesto una sintonía entre orquesta y director que llegó a su punto culminante en el último movimiento de la Quinta Sinfonía. Como decíamos antes respecto a Angelich, la OBC también abordó una obra propicia para su bagaje. 

Como en otras partituras, Mahler utiliza la forma fugada y el juego de planos asociado a ella, donde siempre hay varios planos detrás del primero: si desaparece esto, no hay perspectiva, no hay alma. Por eso, con gran acierto Steinberg afrontó el monumento sinfónico de la Quinta mostrándose preocupado por el control del equilibrio sonoro (siempre difícil de conseguir en el Auditori) y lo logró sin duda casi siempre. Aún cuando en alguna ocasión la “marcha fúnebre” fue más “marcha” que “fúnebre”, nos reveló un trabajo exigente en ese sentido para equilibrar las maderas con el discurso de una cuerda muy expresiva. El director israelí encontró algún escollo para administrar los pianissimo de vientos en los segmentos camerísticos que penetran el segundo movimiento, pero los superó sin grandes contratiempos. Con gran administración de contrastes y matices, se atravesó el tercer y cuarto movimiento. El solista de trompeta en esta ocasión –Ángel Serrano– resolvió con suficiencia la papeleta, incluido en la desnudez a la que Mahler lo arroja en el inicio. Con gran brillantez lo hizo Juan Manuel Gómez, en el comprometido Scherzo para la trompa.

El Adagietto exige fluidez, redondez, una mirada global y meditativa. No siempre sucede, por eso lo subrayamos: Steinberg perfiló los detalles, y dio relieve a la sustancia que late en el fondo de la sinfonía. Sin la batuta, gestionó equilibrio y dinámicas para transmitir con sinceridad el doloroso adagietto. La imbricación tímbrica entre secciones en el complejo paisaje sonoro del rondó final exige lo contrario: detallismo sin perder de vista la unidad. Con sabiduría, la batuta del veterano director fue haciendo florecer los temas esbozados que van asaltando el discurso musical. Toda la paleta sonora de Mahler salió a relucir en este heterogéneo microcosmos sinfónico. Steinberg, ovacionado por público y orquesta, firmó una lectura de oficio, de aquellas que hacen que uno ruegue por que cada año visite el Auditori.

Scherchen decía que “lo mismo que el relámpago y su resplandor son una misma y sola cosa, y no dos aspectos separables de un mismo fenómeno, así han de formar también en el acto de dirigir una indivisible unidad la representación mental de la imagen sonora, por parte del director, y su proyección efectiva, por parte de la orquesta”. Respaldado en una sólida técnica que se tradujo en una inequívoca claridad plástica, Steinberg consiguió esa unidad en muchos momentos. Incluso en aquellos en los que Mahler hace caminar a toda la orquesta por un desfiladero. Hagan la prueba: pongan un Steinberg en su orquesta.

 

 

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